Esta última historia empezó el 9 de septiembre, cuando un joven investigador de Anthropic (la 2ª mayor empresa USA de IA, creada en 2021) dimitió de su puesto y publicó un tuit en X donde alertó que la Inteligencia Artificial puede acabar con la civilización. “Puede matarnos a todos antes de 2030”, vaticinó. Tres días después, el 12 de septiembre, su jefe, el consejero delegado de Anthropic (que comercializa “Claude” desde marzo de 2023) , Darío Amondi, publicó un artículo (“We Must Pace the Frontier”: debemos marcar el ritmo de la frontera) donde alertaba que la IA avanza más rápido de lo que la humanidad puede comprender y controlar y proponía “desacelerar el avance a las capacidades de la IA para dar tiempo a que la seguridad y la alineación alcancen el mismo nivel”. Y siguiendo la senda, al día siguiente es Sam Altman, consejero delegado de OpenAI (la empresa pionera de la IA, que lanzó ChatGPT en 2022) anunció que retrasaba la salida a Bolsa de la empresa (a 2027) por “la inquietud sobre los riesgos de la IA”. Y ese mismo día, Demis Hassabis, líder de la IA de Google (“Gemini”) llama también a “ralentizar el desarrollo de la IA, por prudencia”.Un movimiento “coordinado” de los dueños y promotores de la IA para frenar y ralentizar su desarrollo. Y para que se viera que no sólo eran tuis y artículos, los “tecno oligarcas” USA de la IA ya habían incluido sus advertencias en los folletos de salida a Bolsa. Por un lado, OpenAI señaló que retrasaban su nueva IA (Chat GPT.6.1.Astra) porque sus ingenieros “se han dado cuenta de que no cumple con los requisitos de seguridad”. Y en el folleto de Anthropic “se advierte a los potenciales inversores que la IA avanzada podría plantear riesgos catastróficos o existenciales para la humanidad”… Además, los “tecno oligarcas” USA que promueven la IA se sentaron en la mesa circular del Consejo de Seguridad de la ONU, el 23 de septiembre, en una sesión extraordinaria dedicada a “la gobernanza de la IA”. Y allí pidieron “la colaboración internacional para controlar una tecnología” que ellos están desarrollando y que “consideran que puede ser peligrosa para la humanidad”… Alucinante.
Economía a lo claro
Información y comentarios para entender la economía nuestra de cada día
lunes, 12 de octubre de 2026
Alerta de los dueños de la Inteligencia Artificial
Mucho se ha hablado de los peligros de la Inteligencia
Artificial (IA), desde la posible manipulación a la pérdida de empleos. Ahora
hay una alerta nueva: la de los dueños de la IA, los
millonarios que la promueven y que acaban de decir en la ONU que esta
tecnología “puede ser peligrosa para la humanidad”, mientras se conocen
entradas ilegales en Australia y su utilización para armas físicas y biológicas.
Los grandes de la IA en USA piden “frenar los desarrollos”, quizás como
estrategia de marketing y para frenar a la competencia (en USA y
China). Pero siguen buscando financiación (billones) y con planes de salida
a Bolsa, lo que alimenta además la preocupación por el estallido
de la burbuja de la IA (como las
punto.com en el 2000). Con todo, la clave ahora es forzar una regulación
mundial de la IA (como tiene Europa) y controlar su desarrollo.
Porque lo peligroso no es la IA sino los tecno millonarios
que están detrás con un poder absoluto. Ellos sí dan miedo.
Esta última historia empezó el 9 de septiembre, cuando un joven investigador de Anthropic (la 2ª mayor empresa USA de IA, creada en 2021) dimitió de su puesto y publicó un tuit en X donde alertó que la Inteligencia Artificial puede acabar con la civilización. “Puede matarnos a todos antes de 2030”, vaticinó. Tres días después, el 12 de septiembre, su jefe, el consejero delegado de Anthropic (que comercializa “Claude” desde marzo de 2023) , Darío Amondi, publicó un artículo (“We Must Pace the Frontier”: debemos marcar el ritmo de la frontera) donde alertaba que la IA avanza más rápido de lo que la humanidad puede comprender y controlar y proponía “desacelerar el avance a las capacidades de la IA para dar tiempo a que la seguridad y la alineación alcancen el mismo nivel”. Y siguiendo la senda, al día siguiente es Sam Altman, consejero delegado de OpenAI (la empresa pionera de la IA, que lanzó ChatGPT en 2022) anunció que retrasaba la salida a Bolsa de la empresa (a 2027) por “la inquietud sobre los riesgos de la IA”. Y ese mismo día, Demis Hassabis, líder de la IA de Google (“Gemini”) llama también a “ralentizar el desarrollo de la IA, por prudencia”.Un movimiento “coordinado” de los dueños y promotores de la IA para frenar y ralentizar su desarrollo. Y para que se viera que no sólo eran tuis y artículos, los “tecno oligarcas” USA de la IA ya habían incluido sus advertencias en los folletos de salida a Bolsa. Por un lado, OpenAI señaló que retrasaban su nueva IA (Chat GPT.6.1.Astra) porque sus ingenieros “se han dado cuenta de que no cumple con los requisitos de seguridad”. Y en el folleto de Anthropic “se advierte a los potenciales inversores que la IA avanzada podría plantear riesgos catastróficos o existenciales para la humanidad”… Además, los “tecno oligarcas” USA que promueven la IA se sentaron en la mesa circular del Consejo de Seguridad de la ONU, el 23 de septiembre, en una sesión extraordinaria dedicada a “la gobernanza de la IA”. Y allí pidieron “la colaboración internacional para controlar una tecnología” que ellos están desarrollando y que “consideran que puede ser peligrosa para la humanidad”… Alucinante.
¿Qué hay detrás de esta alerta
de los dueños de la IA? Varias razones posibles, según los
expertos. Una, “curarse en salud”, ponerse la venda antes de una
grave herida y de posibles reclamaciones millonarias de inversores y
afectados. De hecho, la
IA ya se ha desmandado, actuando “por libre” y provocando miles
de incidentes que se conocen
ahora. El primero y más concreto, la entrada “por su cuenta y sin supervisión
humana” en
la página de la Sanidad pública de Australia, como denunció su
primer ministro en la ONU el 24 de septiembre, tres meses después de producirse
y sin que OpenAI, la responsable, les informara en su momento (sólo con un
correo a una dirección genérica 3 meses después). Y ahora se sabe que OpenAI y
Anthropic investigan
decenas de miles de ataques de agentes descontrolados de la IA, que
lo mismo han bombardeado una página de la ONU que han sido utilizados para usos
peligrosos (por parte de mafias, terroristas o políticos), como ciberataques,
utilización de armas convencionales o biológicas y operaciones para influir en
la opinión pública.
Otra razón de que ahora hablen de “frenar el desarrollo de
la IA” es intentar
frenar a la competencia, tanto en EEUU (donde OpenAI y Anthropic
llevan meses de adelanto sobre otros competidores) como a la competencia china
(DeepSeek o Moonshot AI), también retrasada. Si la ONU o los paises aprueban una
ralentización de los desarrollos, mejor para los que van liderando
el proceso y quieren hacerse con el mercado (OpenAI y Anthropic). De
hecho, China
reaccionó a las alertas USA, el
mismo 14 de septiembre, denunciando que era una “agenda oculta” de EEUU para
estrangular la IA y que estaban “usando el manual de la guerra fría para
frenar los desarrollos chinos de la IA”. Como respuesta, el presidente Trump reunió en la Casa Blanca, el 29 de septiembre, a los líderes USA de la IA y a
las grandes tecnológicas para decirles que “de frenar la IA nada”,
porque “tenemos una ventaja enorme sobre China y quiero que siga así”… Y
frente a los expertos que piden “una regulación mundial de la IA”, Trump sólo
quiere oír hablar de “autorregulación”, que se controlen ellos (?).
La tercera razón de que ahora los dueños de la IA hablen de
ralentizarla puede ser también de simple
“marketing”, para que se hable mucho de la IA ahora que
van a salir a Bolsa…La exageración de que la IA puede acabar con la
humanidad puede ser un mensaje para crear expectación y para decir “somos
tan geniales que podrían volverse peligrosos: hay que dejarnos vuestro dinero”,
señala un experto. Porque, a pesar de todos los peros, los grandes de la
IA siguen buscando financiación y preparan salidas a Bolsa. No dejan de
invertir.
Los millones captados ya por la IA son
espectaculares y explican el fuerte tirón de las Bolsas y parte del
crecimiento económico USA, a pesar de las guerras en Ucrania e Irán. En
2025, las inversiones
captadas por las empresas desarrolladoras de la IA superaron
los 200.000 millones de dólares: 122.000 millones OpenAI, 30.000 Anthropic,
20.000 xAI (la empresa de Elon Musk) y 16.000 Waymo (automóvil autónomo de
Google). Y a eso hay que sumar las inversiones de las grandes tecnológicas (Meta,
Alphabet, Amazon o Microsoft), otros
646.000 millones este año para la compra de chips (la norteamericana
Nvidia es ahora la empresa que más vale en Bolsa del mundo, 5,75 billones de
dólares y la taiwanesa TSM vale 2,01 billones), nuevos Centros de Datos y
desarrollos de IA. En total, se estima que desde 2013, estas 4 grandes
tecnológicas han invertido más de 1 billón de dólares en IA. Y espera unas inversiones
totales en la IA de 6 billones de dólares hasta 2030.
Las grandes desarrolladoras de la IA, mientras alertan sobre
su peligro, no
paran sus salidas a Bolsa, aunque alguna la retrase. Anthropic
va a salir a Bolsa en noviembre de este año, con una valoración de 2 billones
de dólares. Y OpenAI negocia con Black Rock (el mayor fondo del mundo,
Emiratos e inversores asiáticos para captar 30.000 millones de dólares,
mientras prepara su salida a Bolsa para 2027 (iba a ser en 2026, pero prefiere ofrecer
nuevos desarrollos antes). Y xAI, integrada dentro de SpaceX de Elon
Musk (que salió a Bolsa en junio de 2026 y vale ahora 2,28 billones de dólares),
quiere captar otros 40.000 millones de inversores para comprar chips de Nvidia
(uno de sus accionistas). Mientras, en
China, las empresas líderes de la IA también buscan inversión. DeepSeek
busca hasta 15.000 millones antes de su salida a Bolsa, prevista para 2027. Y Moonshot
AI ha completado su última ronda de financiación privada y quiere salir a
la Bolsa de Hong Kong a principios de 2027.
Precisamente, estos billones de inversión captada por la IA
y su elevadísimas valoraciones en Bolsa (futuras y actuales: Nvidia ha multiplicado
su cotización por 10 desde 2023, TSM por 4, lo mismo que Meta, Alphabet,
Amazon y Microsoft) provocan otro
gran miedo de la IA: que estalle su burbuja en Bolsa, que un día
se desplomen estos valores porque los retornos (beneficios) no justifiquen
las inversiones hechas y no puedan atender su elevada deuda. Muchos
expertos llevan meses advirtiéndolo y creen que si hay que ralentizar el ritmo
de la IA es más para atemperar las inversiones y evitar
un gran susto, como la debacle en Bolsa de las punto.com,
las grandes de Internet en marzo del 2000 (Terra en España).
En cualquier caso, la
alerta de los dueños de la AI debería servir para reforzar
una idea: hay que controlar más y mejor los desarrollos de la Inteligencia Artificial,
porque está demostrado que las máquinas siguen desarrollos propios que no se
supervisan y que pueden crear graves problemas. Por un lado, urge una
regulación mundial de la IA, en la que intervengan los organismos
internacionales y los Gobiernos, dado que los millonarios (“tecnooligarcas”)
que la están promocionando no parece que quieran autorregularse ni les gusten
los controles democráticos, buscando un control oligopolista del mercado.
Europa ha sido pionera, aprobando la primera
normativa “supranacional”, la
Ley de la IA (“IA Act”), que entró en vigor en agosto de 2024,
aunque en julio pasado se ha
aprobado una simplificación del Reglamento para facilitar su
avance, suavizando algunas prohibiciones y alargando los plazos de distintas
prohibiciones. La UE está muy atrasada en la IA frente a USA y China,
pero prevé abrir 15 factorías en Europa entre 2025 y 2026 para avanzar, dos
de ellas ya aprobadas y abiertas en España: el Centro de
Supercomputación de Barcelona (BSC-CNS) y el Centro de Supercomputación
de Galicia (CESGA), abierto en Santiago de Compostela. La Comisión Europea
ha aprobado una Estrategia
de digitalización cuyo objetivo es que el 75% de las empresas
europeas utilicen la IA en 2030 (ahora son el 20% de las empresas
europeas, según Eurostat). En el caso de España, en diciembre de 2020 se aprobó
la
Estrategia Nacional de IA (ENIA), un Plan para destinar 600
millones de fondos europeos a proyectos de Inteligencia Artificial. Y en 2024,
se añadieron 1.500 millones más (de Fondos UE) para potenciar los Centros de
computación españoles.
Todo indica que España no está perdiendo el tren de la
Inteligencia Artificial y que incluso somos un país “proactivo”,
que cuenta con 2.800
empresas nacidas para desarrollar esta tecnología, que emplean ya a
100.000 trabajadores especializados. España cuenta además con dos ventajas
estratégicas de partida: su extensa red de fibra óptica de banda ancha
(la
tercera del mundo, tras Corea y Japón, superior a la de Francia, Alemania y
Reino Unido juntos) y 5G, y contar con la electricidad más barata de Europa,
clave para la instalación aquí de Centros de Datos (CPDs), que ya
están proliferando. Pero falta avanzar en dos cuestiones clave:
la penetración de la IA en las empresas medianas y pequeñas, así como un
enorme esfuerzo en formación, de gestores y trabajadores. Porque si no, el
riesgo de perder empleos con la IA es enorme: 2 millones en 10
años, según Funcas.
Además de una normativa mundial sobre la IA, los
desarrollos de Inteligencia Artificial tienen dos problemas distintos,
como señala
el Nobel de Economía Daron Acemoglu. Uno es que la IA actúe por su
cuenta, fuera de control, debido a que está creciendo con demasiada prisa
(en meses) y eso distorsiona los resultados. Y el otro, asegurar que la IA
actúa en beneficio de la humanidad, no de una minoría de billonarios que
sólo buscan ganar más.
Frente al primer problema, hay expertos
que aportan soluciones técnicas, como “poner bridas” a
los desarrollos e implantar más sistemas de control externos, para frenar
los mecanismos de aprendizaje intuitivos que son imprevisibles y pueden “liarla
parda”… Otros expertos aseguran que las empresas podrían utilizar herramientas para anticipar los "malos comportamientos" de la IA. Pero, para conseguir una mayor seguridad y que la IA beneficie a la
humanidad, el verdadero problema,
otros expertos proponen “un cambio de rumbo”, pasar de
desarrollar un modelo único de IA para todo a diversificar modelos, buscando
soluciones para cada problema, más eficientes y sostenibles y sobre todo más
fáciles de vigilar y más seguros. Se trataría de desarrollar no un gran modelo
de IA (tipo ChatGPT o Claude) sino muchos
modelos de IA, diversificados, que no necesitarían tanta
investigación ni tanta inversión. Ir hacia una IA que no esté concentrada en
dos o tres multinacionales superpoderosas sino en miles de desarrollos
diversificados. Y sobre todo, que la IA pague impuestos y no manipule a los menores.
En cualquier caso, la clave de la IA es para
qué se utiliza, qué se busca, si pretende mejorar el mundo sin
destruir el empleo o maximizar el beneficio de unos pocos. Y eso exige control
de los desarrollos, de los avances, de las empresas, algo hoy impensable.
Porque lo peligroso no son las máquinas (que sólo siguen
instrucciones humanas) sino quien está detrás, quiénes
son los humanos que las programan y alimentan, muchos de
ellos poco fiables, billonarios sin control y a los que molesta la
democracia. Ese es el miedo que nos debe dar la IA, no que los ordenadores
destruyan el mundo. No se trata de frenar la IA sino de controlarla.
Esta última historia empezó el 9 de septiembre, cuando un joven investigador de Anthropic (la 2ª mayor empresa USA de IA, creada en 2021) dimitió de su puesto y publicó un tuit en X donde alertó que la Inteligencia Artificial puede acabar con la civilización. “Puede matarnos a todos antes de 2030”, vaticinó. Tres días después, el 12 de septiembre, su jefe, el consejero delegado de Anthropic (que comercializa “Claude” desde marzo de 2023) , Darío Amondi, publicó un artículo (“We Must Pace the Frontier”: debemos marcar el ritmo de la frontera) donde alertaba que la IA avanza más rápido de lo que la humanidad puede comprender y controlar y proponía “desacelerar el avance a las capacidades de la IA para dar tiempo a que la seguridad y la alineación alcancen el mismo nivel”. Y siguiendo la senda, al día siguiente es Sam Altman, consejero delegado de OpenAI (la empresa pionera de la IA, que lanzó ChatGPT en 2022) anunció que retrasaba la salida a Bolsa de la empresa (a 2027) por “la inquietud sobre los riesgos de la IA”. Y ese mismo día, Demis Hassabis, líder de la IA de Google (“Gemini”) llama también a “ralentizar el desarrollo de la IA, por prudencia”.Un movimiento “coordinado” de los dueños y promotores de la IA para frenar y ralentizar su desarrollo. Y para que se viera que no sólo eran tuis y artículos, los “tecno oligarcas” USA de la IA ya habían incluido sus advertencias en los folletos de salida a Bolsa. Por un lado, OpenAI señaló que retrasaban su nueva IA (Chat GPT.6.1.Astra) porque sus ingenieros “se han dado cuenta de que no cumple con los requisitos de seguridad”. Y en el folleto de Anthropic “se advierte a los potenciales inversores que la IA avanzada podría plantear riesgos catastróficos o existenciales para la humanidad”… Además, los “tecno oligarcas” USA que promueven la IA se sentaron en la mesa circular del Consejo de Seguridad de la ONU, el 23 de septiembre, en una sesión extraordinaria dedicada a “la gobernanza de la IA”. Y allí pidieron “la colaboración internacional para controlar una tecnología” que ellos están desarrollando y que “consideran que puede ser peligrosa para la humanidad”… Alucinante.
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jueves, 8 de octubre de 2026
Sobrepeso y doble negocio: engordar y adelgazar
España y el resto de Europa han aumentado su sobrepeso y
el porcentaje de obesos, una pandemia mundial que dispara las enfermedades, las muertes y el gasto sanitario. Y preocupa que haya más niños y
adolescentes con sobrepeso, los obesos del futuro. La OMS culpa del
sobrepeso al auge de la comida ultraprocesada, que está cambiando
los hábitos en favor de la comida basura, cuyo consumo se ha triplicado este
siglo en España. Lo llamativo es que el sobrepeso y la obesidad
generan un doble negocio. Por un lado, el negocio de las multinacionales
y empresas de alimentos ultraprocesados, más todas las cadenas de “comida
rápida”, que crecen imparables, también en España. Y por otro, el nuevo negocio
de algunas empresas farmacéuticas, que han lanzado fármacos para
adelgazar que se venden por millones y escasean incluso. La solución
al sobrepeso no pasa por la farmacia sino por cambiar los hábitos alimenticios
y comer dietas más saludables, que evitan enfermedades y muertes. Urgen campañas públicas contra la pandemia del sobrepeso.
Anuncio de la farmacéutica Lilly para promocionar su inyectable contra la obesidad
El mundo asiste impasible a una silenciosa pandemia: el auge del sobrepeso y la obesidad. En 2025, según el Atlas Mundial de Obesidad, casi 3.000 millones de personas en el mundo (el 36,5% de la población) tenían sobrepeso: un índice de masa corporal, IMC (que se obtiene dividiendo el peso por el cuadrado de la altura, en metros: kg/m2) de 25 a 30. Y de ellos, 1.100 millones de personas (el 13,3% de la población total) tienen obesidad: un índice de masa corporal (IMC) superior a 30, según los estándares de la OMS. Y lo más preocupante: 1 de cada 5 niños en edad escolar (5 a 19 años), 376 millones, tienen ya sobrepeso (y serán 507millones en 2040), mientras la mitad (1 de cada 10, 188 millones) padece obesidad), siendo ya más los niños obesos en el mundo que los que tienen un bajo peso.
Hasta ahora, el sobrepeso y la obesidad eran males de
paises ricos, pero en los últimos años, el problema se ha extendido también
a paises en desarrollo e incluso pobres, donde también se ha trastocado
la dieta y se consuma demasiada “comida basura”. EEUU es el paraíso de
las personas con sobrepeso (el
70% de la población adulta lo padece) y obesidad (36,4% de la
población, en torno al 20% de los niños y adolescentes), también Reino Unido
(65% de la población con sobrepeso y 28% con obesidad). Entre tanto, la
pandemia es menos grave en Europa, pero se ha estancado e incluso crecido en
los últimos años. Así, en 2025, más de la mitad de los europeos (51,7%)
tenían sobrepeso (51,1% en 2014), según
el último dato de Eurostat, mientras el 16,3% de los europeos son obesos (15,4%
en 2014).
España es el
5º país europeo con menos sobrepeso (el 51,2% de los adultos), por delante
de Italia (38,3%), Francia (48,1%),
Paises Bajos (48,6%) y Luxemburgo (49,9% sobrepeso), algo menos que la media
(51,7% UE-27) y bastante menos población con sobrepeso que Malta (62,3%), Finlandia
(61,7%), Portugal (55,2%) o Alemania (53,6%), según Eurostat. Y a la vez, somos
el
4º país europeo con menos obesidad (14,9% de los adultos), por delante
de Italia (7% población), Grecia (12,8%) y Rumanía (12,9%), pero por detrás de
la media europea (16,3% población adulta son obesos, 17,4% los hombres y 15,3%
las mujeres) y de paises como Paises Bajos (15% obesos), Francia (16,3%),
Portugal (17%), Suecia (17,5%), Dinamarca (20,5%), Alemania (20,8%) o Malta
(26,6% obesos).
Aunque los españoles estamos mejor en sobrepeso y
obesidad que la mayoría de los europeos, la gran preocupación son los niños
y adolescentes: tenemos un 20,2% de niños (6 a 9 años) con sobrepeso frente al
25% en la UE-27, pero tenemos más niños obesos, un 15,9% en
España frente al 11% de media en Europa. El último
estudio Aladino (2024) reveló que el 21,2% de los niños españoles de
12 años tienen sobrepeso y el 22,6% de las niñas, mientras a los 14 años
lo tienen el 20,10% en niños y el 19,8% en niñas. Y tienen obesidad el
8,1% de niños y el 8,7% de niñas de 12 años, manteniéndose a los 14 años el
8,4% de niños y el 6,8% de niñas. Incluso tienen obesidad severa el
1,75% de niños y niñas de 12 años.
El sobrepeso y la obesidad es un grave problema sanitario y
económico. Los expertos alertan de los 12
riesgos para la salud que comporta el sobrepeso, en especial enfermedades
cardiovasculares, hipertensión, diabetes tipo 2, dislipemia, enfermedades
coronarias y cerebro-vasculares, enfermedades renales crónicas, enfermedad de
Crohn, Parkinson y hasta depresión, según un estudio publicado en The
Lancet. Y todo apunta a que el sobrepeso está detrás de un tercio de las
muertes en Europa. Además, un
estudio de la OCDE (en 2019) sobre los costes de la obesidad en 52 paises
reveló los costes para España: supone una reducción de 2,6 años en la
esperanza de vida, provoca el 9,7% del gasto sanitario, reduce la productividad
laboral (el equivalente a 479.000 jornadas laborales anuales) y supone en
conjunto una reducción del PIB del -2,9%% (48.800 millones de euros en 2025). Y
añadían que para cubrir estos costes de la obesidad, cada español paga 265
euros al año de impuestos. Frente a estos altos costes , la
OCDE proponía tomar medidas porque es algo muy rentable: por cada
euro invertido contra la obesidad en España, recuperaríamos 6 euros…
El “motor” del sobrepeso y la obesidad en el mundo son los
alimentos ultraprocesados, que dañan gravemente la salud, según
denuncia la Organización Mundial de la Salud (OMS). Estos alimentos
ultraprocesados (“comida basura”) son “aquellos que han pasado
un proceso de transformación industrial muy intensivo donde se añaden
conservantes, colorantes, saborizantes, edulcorantes, emulsionantes y otros
compuestos para mejorar su aspecto y hacerlos más atractivos al paladar, más
fáciles de consumir o para alargar su vida útil”, según
la Academia Española de Nutrición. A menudo, estos alimentos tienen un alto
contenido de azúcares añadidos, grasas saturadas o grasas trans,
“los 3 jinetes del Apocalipsis” relacionados con la obesidad, la
diabetes 2 y las enfermedades cardiovasculares.
Cada vez que vamos a la compra, cargamos el carrito con más alimentos
ultraprocesados, que llenan
las estanterías de los supermercados: cereales de desayuno azucarados o
chocolatados, bollería industrial, snacks fritos, productos cárnicos envasados
(salchichas o hamburguesas), salsas industriales (kétchup), bebidas
refrescantes, yogures y leches fermentadas, muchos platos preparados y bebidas
alcohólicas. Sólo en España, el
consumo de alimentos ultraprocesados se ha triplicado en los últimos 30 años
y ya suponen casi un tercio de la ingesta diaria de calorías de los españoles,
con el consiguiente abuso de grasas, azúcares y sales a lo que nos hemos acostumbrado
en los últimos años.
Lo más grave es que estos alimentos ultraprocesados y
procesados suponen ya el
40% de los ingresos totales de la industria alimenticia mundial, un
gran negocio que en los paises desarrollados representa hasta el 70% de las
ventas de los supermercados (en EEUU y en Reino Unido) y más de la mitad
de la ingesta de la población en Occidente. En los paises en
desarrollo, su peso es menor, pero es la comida que más crece, desplazando a la
comida tradicional. Y como muchos de estos alimentos los producen y
comercializan multinacionales, el comercio
mundial de ultraprocesados se ha triplicado en las últimas décadas
y los paises desarrollados destinan el 48% de su gasto alimenticio a
importarlos.
El negocio mundial de los alimentos ultraprocesados mueve 8,2
billones de dólares anuales en el mundo, sin que nadie proteste por los
daños que provoca impunemente, como pasó durante años con la industria del tabaco.
El negocio se basa en la producción y comercialización masiva de alimentos
ultraprocesados diseñados para generar un consumo repetitivo y muy
rentable a través de estrategias científicas y de marketing. Una
producción muy rentable porque tiene costes de producción
bajos (se utilizan ingredientes de menor calidad, producción en cadena y
que se pueden almacenar mucho tiempo, facilitando el transporte), porque las
empresas calculan exactamente en laboratorios la combinación exacta de sal,
azúcar y grasas para maximizar su atractivo para el consumidor y porque el uso
de aditivos y potenciadores de sabor enmascaran la baja calidad de los
ingredientes y los hacen atractivos al paladar.
Se estima que el negocio de los ultraprocesados y la comida
basura mueven más de 3
billones de dólares anuales, repartiéndose entre los ultraprocesados
(que mueven entre 2,18 y 2,20 billones de dólares anuales), controlados por
multinacionales como Nestlé, PepsiCo (Lays, Doritos Cheetos, Pepsi), Coca-Cola,
Mondelez Internacional (Oreo, Milka, Tobletone, galletas, confitería), Mars Inc.
( M&M´s, Snickers, barras de chocolate…) Kraft Heinz o Unilever, y las
cadenas y restaurantes de comida
rápida, que mueven un negocio
anual de 800.000 a 940.000 millones de dólares anuales y que está controlado
por multinacionales y franquicias como McDonalds, Yuml Brands (KFC, Pizza Hurt,
Taco Bell), Brands International (Burger King y Popeyes), Dominós Pizza, Pizza
Hut o Subway.
En España, la industria ha conseguido que los
consumidores apuestan cada vez por los ultraprocesados: se estima que el
23% de todos los alimentos son ultraprocesados y en las últimas décadas, el
consumo de ultraprocesados ha pasado de representar el 11% al 32% del aporte
calórico diario, según un estudio de 43
expertos publicado en The Lancet. Y este tipo de “alimentos” está
desplazando cada vez más a la comida tradicional, mientras los españoles
apuestan también por la comida rápida, tanto la preparada que venden los súper
como la que consumen o se llevan de los restaurantes y tiendas de comida
rápida. En España, además de las grandes multinacionales, el mercado de
ultraprocesados lo controlan empresas como El Pozo, Campofrío, Corporación
Alimentaria Guissona (BonÁrea) o Mondelez Internacional. Y la comida
rápida movió en España 6.100 millones de euros en 2025, con 6.000
establecimientos, controlados por McDonalds (2.000 millones de facturación),
Burger King (1.520 millones), KFC (408 millones) Dominós (294 millones) y Telepizza(150 millones).
Como se ve, fabricar y proveer al mundo de alimentos
ultraprocesados es un gran negocio y va a ir a más, dado que los
expertos estiman que habrá 4.000 millones de personas con sobrepeso en el mundo
en 2035 (el 45% de todos los habitantes). Pero en los últimos años, el
sobrepeso y la obesidad están alimentando otro
negocio, el farmacéutico: en 2024, la venta de medicamentos
para adelgazar supuso unos ingresos de 15.000 millones de dólares, pero se
doblaron en 2025 y para 2035 podría suponer ya 150.000 millones de dólares de
ventas, según Morgan Stanley. La multinacional danesa Novo Nordisk se ha hecho con una parte de este mercado con
sus inyecciones Ozempic, que han estado 3 años en falta en España, por
la alta demanda para adelgazar aunque sea un medicamento para los enfermos de
diabetes 2. La norteamericana Eli Lilly ha seguido sus pasos y otros
laboratorios van a la zaga, en un negocio que ha movido ya 61.800 millones de
dólares en compras e inversiones.
Los “productos
milagro” para adelgazar son el penúltimo descubrimiento de negocio
de la industria farmacéutica, que aprovecha el auge del sobrepeso y la
obesidad. En España hay múltiples ofertas en las farmacias, aunque sólo un
producto está financiado por la sanidad pública, las inyecciones de Ozempic
(ojo: con receta y visado, teóricamente sólo para enfermos de diabetes
2), pero se puede comprar (con receta) si se encuentra (177,89 a 204,83 euros).
El mismo laboratorio, Novo Nordisk vende Wegovy (inyecciones con receta
y no financiado: 179 a 223 euros) o Saxenda (inyecciones, con receta y
no financiado: 170 a 190 euros), mientras Eli Lilly comercializa Mounjaro
(inyecciones con receta y no financiado: 207 a 446 euros) y otros laboratorios
comercializan Xenical (Orlistat), unas cápsulas que inhiben la absorción de la grasa intestinal
(con receta y no financiadas: de 50 a 75 euros) o Rybelsus, otras pastillas
de Novo Nordisk (con receta, no financiadas salvo para diabetes 2 y con un
precio de 123 euros). Actualmente, todos estos medicamentos “se venden
mucho”, según algunos farmacéuticos, sobre todo para pacientes entre 35
y 60 años que buscan adelgazar.
El auge de los medicamentos para adelgazar dibuja, según la
revista Science, un
futuro distópico, dominado por los intereses cruzados de dos poderosas
industrias: la alimenticia, que dispara sus beneficios con los alimentos
ultraprocesados y la comida basura, y la industria farmacéutica, que nos vende
la posibilidad de adelgazar si engordamos demasiado, un parche individual para
atajar una enfermedad compleja y peligrosa, el sobrepeso, el “atajo” de
picharse frente a llevar una dieta sana y hacer ejercicio.
La solución al sobrepeso y la obesidad que asola el
mundo no
está en las farmacias sino en los supermercados, en dejar de
comprar productos ultraprocesados y comida basura (que nos crea “dependencia” y
apostar más por los alimentos frescos y naturales, aunque sean más caros. La receta
de la OMS y los expertos es clara: mejorar nuestra dieta con
un consumo adecuado de proteínas y fibra, sustituyendo los alimentos
ultraprocesados y las bebidas azucaradas por alimentos y bebidas naturales
(sobre todo a los niños y adolescentes), además de aumentar la actividad
física, reducir el estrés y mejorar el sueño (problemas que
aumentan la comida compulsiva). Y además, piden a los Gobiernos políticas
públicas de prevención y tratamiento del sobrepeso y la obesidad,
regulando el etiquetaje y la publicidad de la “comida basura” (sobre todo entre
los menores) y facilitando el ejercicio físico.
España ya aprobó en 2022 un Plan
nacional 2022-2030 para la reducción de la obesidad infantil, con el
objetivo de reducir el sobrepeso de los menores un 25% para 2030. Es un Plan
con 200
medidas, que van desde la enseñanza de nutrición en la escuela al aumento
de zonas deportivas o la reducción del uso de “pantallas” (que favorecen el
sobrepeso). En 2021, el Gobierno
subió el IVA de las bebidas azucaradas del 10 al 21% y en 2026 aprobó
la prohibición
de bebidas azucaradas y bollería en comedores escolares, ampliando después la
prohibición a desayunos
y meriendas escolares, así como la venta de ultraprocesados en
hospitales y residencias de ancianos.
El mundo asiste impasible a una silenciosa pandemia: el auge del sobrepeso y la obesidad. En 2025, según el Atlas Mundial de Obesidad, casi 3.000 millones de personas en el mundo (el 36,5% de la población) tenían sobrepeso: un índice de masa corporal, IMC (que se obtiene dividiendo el peso por el cuadrado de la altura, en metros: kg/m2) de 25 a 30. Y de ellos, 1.100 millones de personas (el 13,3% de la población total) tienen obesidad: un índice de masa corporal (IMC) superior a 30, según los estándares de la OMS. Y lo más preocupante: 1 de cada 5 niños en edad escolar (5 a 19 años), 376 millones, tienen ya sobrepeso (y serán 507millones en 2040), mientras la mitad (1 de cada 10, 188 millones) padece obesidad), siendo ya más los niños obesos en el mundo que los que tienen un bajo peso.
Son avances, pero la gravedad del
problema exigiría un gran acuerdo con la industria alimentaria para
reducir el peso de los alimentos ultraprocesados y la comida basura en las
tiendas, además de exigir un etiquetado más estricto, que señale claramente los
productos que más engordan. Y nosotros, que ya los sabemos, deberíamos cambiar
de hábitos de compra, sobre todo por los niños y jóvenes. Porque estamos
alimentando una epidemia peligrosa y costosa, el sobrepeso y la
obesidad. Hagamos algo.
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lunes, 5 de octubre de 2026
Decreto de vivienda: las derechas se retratan
Finalmente, Junts se sumó al PP y Vox para
rechazar el primer Decreto de vivienda, un “parche” de mínimos
que pretendía resolver los dos problemas más urgentes de los inquilinos: frenar
desahucios y ampliar dos años los alquileres que terminan en 2027 y
2028. Las distintas derechas han boicoteado las 12 medidas del Decreto,
mostrando a quien apoyan: a los 2,8 millones de caseros y miles de
inmobiliarias y Fondos buitre, que buscan ganar más, frente a 5,2 millones de inquilinos, que
piden más protección. Realmente, la estrategia de Junts es cargarse la
Legislatura para buscar futuros acuerdos con PP y Vox. En el fondo, la
vivienda les da igual a todos: las autonomías del PP (con la gestión de
la vivienda) no han hecho nada y han
boicoteado todas las medidas del Gobierno, incluido el último Plan de
Vivienda. Ahora, con elecciones cerca, las derechas apuestan por
seguir con la inacción y la especulación inmobiliaria, mientras millones de
jóvenes y familias siguen sin techo. Decidirá el voto. Junts, PP y Vox han antepuesto tumbar al Gobierno a resolver problemas urgentes de los inquilinos
Todo lo que está pasando con la vivienda en España es la resaca del estallido de la burbuja inmobiliaria, en 2008. En los años 90 y a principios de este siglo, se produjo un “boom inmobiliario”, alimentado por la banca y el Gobierno Aznar, que multiplicó las grúas y el número de españoles propietarios: en 2007 hubo 829.283 compraventas, sólo un 7% de extranjeros. Pero en 2008, estalló la crisis de las hipotecas basura y se desplomaron las construcciones y las compraventas: 299.383 en 2013, el peor año de la crisis. A partir de ahí, con precios de saldo (la vivienda cayó un -51% entre 2008 y 2013), la vivienda empezó a recuperarse, de la mano de bancos, inversores y Fondos de inversión, que aprovecharon los precios de saldo. Y en 2025 ya se compraron 746.944 viviendas (casi como el año récord de 2007), el 17% (1 de cada 5,5) compradas por extranjeros. Y en 2026, España es el país europeo con más inversión extranjera en inmuebles, “el Dorado del ladrillo”.
Mientras, este salto de la burbuja a la crisis y luego
a la recuperación se ha traducido en unos
precios disparados, tanto de la vivienda (el precio de compra ha
subido un +80% entre 2015 y 2025) como del alquiler (+87% de subida estos 11
años). La causa está en el enorme déficit de viviendas para comprar o
alquilar. Por un lado, se ha disparado la demanda, debido al aumento de
población (+3 millones de habitantes entre 2015 y 2026), que se traduce en 225.000
nuevos hogares cada año. Y por otro, apenas se han construido
viviendas estos años: sólo 93.650
viviendas construidas en 2025 (de ellas, sólo 11.104 viviendas protegidas), con una media de 93.000 viviendas nuevas totales al año en esta década y otras 99.000 en la década de 2010 (con un mínimo de
44.630 viviendas construidas en 2016), cuando se habían construido 540.000
viviendas de media anual entre 2000 y 2010 (con un máximo de 658.510 construidas en 2006).
El resultado de esta fuerte demanda y la escasa oferta es
que se han disparado los precios de las viviendas (2.355
euros/m2, +35% desde 2022, aunque son 4.089 euros/m2 en Madrid, 3.980 €/m2 en
Baleares, 3.102 €/m2 en País Vasco o 2.752 €/m2 en Cataluña, según
el INE) y los alquileres (15,1 €/m2, +104% de subida sobre
2025, que sube a 23,4 €/m2 en Madrid, 19,6 €/m2 en Palma, 18,4 €/m2 en San
Sebastián o 16,5 €/m2 en Málaga, según
Idealista). La consecuencia es que caseros, inversores y Fondos se
lanzan a especular con sus viviendas (escasas), subiendo precios
cada mes, mientras las familias y los jóvenes no pueden comprar un piso (con
las hipotecas subiendo) ni alquilarlo (se lleva del 30 al 50% de un sueldo),
porque apenas hay oferta (41
inquilinos por cada nuevo alquiler) y les “seleccionan”. Eso explica
que el 69% de los jóvenes de 18 a 34 años sigan viviendo con sus padres,
mientras sólo lo hacen el 50% de los jóvenes europeos (y el 32% de los
alemanes).
Ante este panorama, que se ha agravado con el rebrote
de la demanda tras la pandemia, poco se ha hecho desde el Gobierno y
menos desde las autonomías y Ayuntamientos. Hasta el 1 de febrero de 2022, el
Gobierno no aprobó una Ley
de Vivienda, cuya entrada en vigor se retrasó hasta el 26 de mayo de
2023. Una Ley muy intervencionista, forzada por Podemos y Sumar,
que apostaba por imponer controles a los alquileres (topes en
precios y revisiones), en lugar de intentar conciliar los intereses de
caseros, inquilinos, promotores y constructores para resolver el problema
de fondo: construir más viviendas, al menos 225.000 al año.
El primer
resultado de esta Ley de Vivienda largamente anunciada (25
meses desde aprobarse en Consejo hasta la
publicación de los índices de referencia para los topes de alquileres, el
15 de marzo de 2024) fue que hubo caseros que retiraron
sus pisos del alquiler: unos prefirieron vender y aprovechar las
enormes plusvalías, otros mantener sus casas vacías y la mayoría desviar sus
pisos en alquiler a dos nuevos destinos, que evitaban los posibles
controles de precios: convertirlos en pisos turísticos o en pisos de alquiler
de temporada (por meses o periodos inferiores a un año). O partirlos y alquilarlos
por habitaciones. Actualmente, el
INE informa que hay 341.000 pisos turísticos, la mayoría concentrados en
Málaga (45.000 pisos que no se pueden ya alquilar…), Alicante, Las Palmas,
Barcelona, Santa Cruz de Tenerife y Madrid. Y en paralelo, el 45% de los
alquileres que se anuncian en Idealista son ya alquileres
de temporada o por habitaciones (425 euros al mes, hasta 600 en Barcelona),
un total de 1.15.000 pisos que también se escapan del alquiler “normal”.
Ante este panorama, cada vez son más los inversores,
inmobiliarias y Fondos de inversión que aprovechan los altísimos precios para comprar
pisos con objeto de echar a los inquilinos y luego subir el alquiler a los
nuevos, algo que también buscan muchos caseros al final del alquiler de
sus actuales inquilinos. Precisamente, casi
2 millones de alquileres hechos tras la pandemia tenían que
renovarse este año 2027 y en 2028, lo que aprovecharán muchos caseros e
inmobiliarias para subirlos. Eso alimenta la preocupación de los 5,2 millones
de hogares que viven en alquiler y que cada vez pagan más. Eso está alimentando
los desahucios,
que han bajado a la mitad (desde el récord de 41.359 en 2021 a 20.059 en 2023 ,
27.564 en 2024 y 24.510 en 2025), pero que han
cambiado: ahora hay más desahucios por impago de alquileres
(el 75%, frente al 53% hace una década) y menos por hipotecas.
El Decreto, publicado en el
BOE del 30 de septiembre, incorpora 12
medidas que buscan resolver los problemas más graves de
los inquilinos, sin apenas perjudicar a los caseros. La primera medida
estrella es prohibir los desahucios a personas vulnerables hasta el 31
de diciembre de 2030 (ya anuló desahucios el jueves y el viernes), con la
salvaguarda (introducida por Junts…) de que las autonomías tienen que compensar
al pequeño casero afectado. Y la segunda, prorrogar hasta
2 años más los 1,9 millones de alquileres que vencen este año y en
2028, para evitar que los caseros aprovechen para subirles el alquiler a los
disparatados precios actuales (no podrán subirlos más del 2%).
Por último, el Decreto aprobado por el Gobierno el martes
pasado incluía dos
medidas “de cara a la galería”, por presión de Sumar y el Sindicato
de Inquilinos. Una, frenar la compra de viviendas por “Fondos buitre” a
un precio inferior al de mercado (tasación) hasta el 31 de diciembre de 2028,
aunque no parece fácil de implantar. Y la otra, más aplicable, la subida
fiscal del 15 al 25% a los beneficios que tienen las SOCIMIS,
sociedades de inversión inmobiliaria que han proliferado en los últimos años, especulando
con la vivienda (las 157 SOCIMIS que cotizan en Bolsa aumentaron
su valor un 18,3% en 2025).
Hasta aquí el contenido básico de este primer Decreto
(el otro, la prórroga
indefinida de los contratos, forzado por Sumar, se sabía que no iba a
convalidarse) para resolver los problemas más acuciantes de la vivienda,
aprovechando el clamor social desatado por el desahucio de Maricarmen. Pero
la sorpresa la ha dado Junts, al votar en contra de este Decreto el viernes
en el Congreso, aunque lo había negociado hasta última hora. Y junto a Junts, el
voto en contra también de PP, Vox y UPN, una mayoría que rechaza las
medidas, asegurando que no van a resolver el problema de la vivienda y que
reducirán aún más los alquileres.
El rechazo del PP no sorprende tanto como el de Junts
porque nunca ha tenido una política clara de vivienda, aunque gobiernan en
12 autonomías, que son las que legalmente gestionan la vivienda en
España. Pero apenas promueven la construcción y las ayudas a los inquilinos
que conceden (tarde) son con fondos estatales. Primero, rechazaron
en 2023 la Ley de Vivienda y sus
autonomías se negaron a aplicar los topes de alquileres en
zonas tensionadas (sólo los
aplican 302 municipios en Cataluña, 18 en país Vasco, 21 en Navarra, 5
núcleos en pueblos asturianos y A Coruña y Santiago en Galicia), topes que han
conseguido frenar los alquileres (poco), aunque a costa de reducir la oferta. Y
ante el reciente Plan
de Vivienda 2026-30, con más dinero para promover viviendas, las
autonomías del PP lo han rechazado, aunque han
aceptado el primer plazo de entrega del Plan (que contempla transferir a
las autonomías 4.200 millones del Estado a cambio de que ellas pongan otros
2.800).
Parece claro que Junts ha votado en contra del Decreto
de vivienda no tanto para “defender a sus caseros” (también) como para “cargarse esta
Legislatura”, para forzar elecciones, pensando que si las
ganan el PP y Vox, ellos podrán sacar más ventajas para Cataluña que con
Sánchez. Y al final, se trata del “cerrar el frente de las derechas”,
en defensa de la propiedad y contra “las locas pretensiones” de los
inquilinos y la izquierda”. El problema de fondo es si
un Gobierno de derechas tendrá una política de vivienda que
resuelva los graves problemas actuales o favorecerá la especulación y la subida
de viviendas y alquileres.
El problema de fondo de la vivienda, pendiente
de resolver en España, es construir mucho más para reducir el
déficit de vivienda y hacer bajar los precios: el Banco de España ha señalado
que tendremos un
déficit de 1 millón de viviendas en 2028. Así que urge
construir, construir y construir. Pero para ello urge un
gran Pacto político por la vivienda, que aborde varios frentes. Uno, la
falta de suelo: hay mucho suelo, pero poco suelo urbanizable (hay que
invertir más para conseguirlo). Y además, hay un exceso de burocracia y
demasiados Planes parados en los Juzgados, para los que el Gobierno propuso una
reforma de la Ley del suelo (que tumbaron Junts y PP, con Podemos). El segundo
frente es conseguir más
financiación para la promoción pública y privada de vivienda, con un
mayor gasto público del Estado, autonomías y Ayuntamientos, más créditos de los
bancos y el ICO. Y el tercero es implicar a promotores y constructores
en construir más de 200.000 viviendas al año, facilitando su trabajo. Y en
paralelo, pactar con caseros e inmobiliarias para que pongan más
viviendas en alquiler para familias y jóvenes, con ayudas y beneficios
fiscales, no con topes y controles.
Estamos ante una
“emergencia nacional” en la vivienda, que hay que resolver innovando y negociando entre los actores implicados (lean lo que está haciendo Illa en Cataluña), no con prejuicios
políticos que busquen favorecer a los caseros (2,8 millones de
propietarios, el
15% son Fondos y otro
60% son particulares con 2 o más viviendas en alquiler) frente a los
inquilinos (5,2
millones de hogares en alquiler) ni viceversa. El problema de la vivienda sólo se
puede resolver con financiación, suelo, acuerdos y ayudas, no con
ideología ni politiqueo. Eso es lo que pide el clamor social que se desató
en España tras el desahucio de Maricarmen. Pero se ha frustrado al rechazarse
el Decreto, un sinsentido social. Ahora habrá que votar (en generales y autonómicas) y decidir quien lo
resuelve o lo obvia en unos meses. No se ve otro camino.
Todo lo que está pasando con la vivienda en España es la resaca del estallido de la burbuja inmobiliaria, en 2008. En los años 90 y a principios de este siglo, se produjo un “boom inmobiliario”, alimentado por la banca y el Gobierno Aznar, que multiplicó las grúas y el número de españoles propietarios: en 2007 hubo 829.283 compraventas, sólo un 7% de extranjeros. Pero en 2008, estalló la crisis de las hipotecas basura y se desplomaron las construcciones y las compraventas: 299.383 en 2013, el peor año de la crisis. A partir de ahí, con precios de saldo (la vivienda cayó un -51% entre 2008 y 2013), la vivienda empezó a recuperarse, de la mano de bancos, inversores y Fondos de inversión, que aprovecharon los precios de saldo. Y en 2025 ya se compraron 746.944 viviendas (casi como el año récord de 2007), el 17% (1 de cada 5,5) compradas por extranjeros. Y en 2026, España es el país europeo con más inversión extranjera en inmuebles, “el Dorado del ladrillo”.
Frente a esta situación, el Gobierno Sánchez, presionado
por Sumar, intentó
pactar en julio un Decreto que resolviera los problemas más
urgentes de los alquileres, básicamente prorrogando los alquileres
que vencen en 2027 y 2028 y limitando los desahucios. Intentó negociarlo
con Junts y PNV y con Podemos, sin cuyo apoyo no podía aprobarse. Y como no
parecía posible, lo
dejaron para septiembre, cuando también se veía difícil
conseguirlo. Pero sucedió algo imprevisto: el 23 de septiembre, Maricarmen,
una anciana de 87 años fue desahuciada por la empresa Urbagestión de la casa
donde vivía de alquiler desde hacía 71 años. Su imagen
saliendo en camilla al hospital conmocionó al país, con
movilizaciones en media España. Y parecía que iba a conseguir que Junts y
Podemos apoyaran los cambios que rechazaron en julio, con un Decreto
de mínimos aprobado
el martes 29 de septiembre.
Otra medida
importante es que se aprueba una deducción fiscal del 10% para todos los
inquilinos (puede ser de 512 euros de
media) y mantiene la deducción fiscal del 50% para los caseros, que sube al
100% de deducción si acepta reducir la renta un 15% (y baja al 15% si n la sube
un 20%).
Otra medida importante del Decreto es que limita los
alquileres de temporada, al obligar a demostrar la causa que lo
justifica, y los alquileres por habitaciones, al poner un tope: el ingreso por
todas las habitaciones no podrá superar al de un alquiler de todo el piso (algo
difícil de controlar). Y se obliga a los pisos turísticos a pagar un IVA
del 10% (ahora no pagan nada), que no es del 21% para “contentar” a
Junts (y al PNV). También es importante en el Decreto la creación de un
nuevo préstamo público (ICO) para facilitar la compra de vivienda habitual:
préstamos del 20% del valor de la vivienda (con un máximo de 50.000 euros), al
0% de interés y que pueden empezar a devolverse hasta a los 30 años (cuando se
acabe de pagar la hipoteca por el 80% que haya concedido un banco). Además, el ICO facilitará avales públicos,
hasta 2.000 millones de euros, para facilitar la financiación de viviendas
sociales, para alquiler o venta a precios asequibles. Y toda la
vivienda protegida que se construya con dinero público pagará un IVA del 4% y será
siempre VPO (75 años).
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jueves, 1 de octubre de 2026
Tercer paquete de ayudas contra la inflación
Hoy 1 de octubre entra en vigor el tercer paquete de ayudas
para compensar las subidas de carburantes, gas y electricidad provocadas
por el conflicto en Oriente Medio: otro descuento de 20 céntimos a los
carburantes, bajada impuestos a la luz y topes al gas y al butano. El Gobierno
gastará 12.000 millones entre estas ayudas y las aprobadas en marzo y
junio, asegurando que han evitado que la inflación suba el doble. Pero el IPC sube ya +4,9% anual, la mayor
inflación desde hace 3 años y medio. El problema es que el conflicto
desatado por Trump se ha estancado y no se espera que los precios energéticos mejoren.
Y se teme que acaben contagiando a toda la economía, incluidos los
alimentos, que suben un +5,8%. Por eso, aunque la economía española sigue
creciendo y creando empleo, el riesgo es que el conflicto dañe más a Europa
y al mundo. De momento, las familias, con sueldos estancados, tienen mucho
más difícil llegar a fin de mes. Los carburantes, culpables de casi la mitad de la subida del IPC (+4,9%)
La guerra contra Irán, desatada por Trump e Israel el 28 de febrero y que ha contagiado a todo Oriente Medio y a las rutas del petróleo y el gas, la estamos pagando los consumidores de todo el mundo, desde Europa y Asia a los propios ciudadanos de EEUU, que pagan mucho más por los carburantes, el gas, la electricidad y muchas materias primas y alimentos. Y el problema es que el conflicto se ha enquistado y no se ve salida, por lo que seguiremos con la energía cara y la inflación disparada. De momento, también en España, donde el IPC anual subió un +4,9% en septiembre, según el INE, la mayor subida anual desde febrero de 2023 (+6% de inflación, un año después de la invasión de Ucrania). De esos 4,9% de subida, casi la mitad (+2%) ha sido sólo por la subida de los carburantes, que se han encarecido incluso más que el petróleo en estos 7 meses de guerra en Oriente Medio.
El petróleo ha disparado su cotización, por los
ataques a pozos, refinerías y barcos, más el bloqueo del estrecho de Ormuz
(por donde pasaba el 20% del crudo y gas): costaba 76,06
dólares/barril el 23 de febrero, antes del ataque a Irán, y saltó a
112,53 el 16 de marzo y a 109,58 dólares el 11 de mayo, para bajar en junio a
71,47 dólares (cuando se esperaba un acuerdo) y rondar los 100 dólares en julio,
agosto y septiembre, costando hoy 99,94 dólares/barril, una subida del +31,4%
sobre antes de esta guerra. Pero los carburantes han subido mucho más,
en especial el gasóleo: su cotización internacional ha subido +120%,
cuatro veces más que el crudo, pasando de 690 dólares/Tm a finales de
febrero a 1.046 dólares/Tm en mayo, 1.176 dólares/Tm en julio y 1.520
dólares/Tm a finales de septiembre.
¿Por qué sube 4 veces más el gasoil que el petróleo?
Hay varias
razones. Unas estructurales: Europa, Latinoamérica y muchos paises
han reducido en los últimos años su capacidad de refino, optando por importar
carburantes (sobre todo gasóleo) de Rusia, Oriente Medio, China y Asia. Pero además, la guerra
en Irán ha dañado muchas refinerías en Oriente Medio, reduciendo la oferta y
subiendo su precio. Y por si fuera poco, Rusia ha cortado sus exportaciones de gasóleo,
para no tener que restringir las ventas internas tras los ataques ucranianos a
sus refinerías, mientras China también ha frenado sus exportaciones ante
los recortes en la oferta mundial. Y para dar la puntilla, Trump
anunció hace unos días que cortaba
sus exportaciones de gasóleo, para intentar frenar su precio en USA,
que marca un máximo histórico en vísperas de las elecciones de noviembre: 6,50 dólares por galón, 1,51 euros/litro…, dos tercios de lo que
cuesta el gasóleo en Europa, unos 2,24 euros/litro.
Además de los carburantes, el conflicto en Oriente Medio ha disparado
el precio de la luz, porque necesitamos producir una parte de la
electricidad (casi el 20% del total este verano, por el calor) con centrales
térmicas de gas
natural, cuyo precio se ha disparado más que el del petróleo:
costaba 31,62 euros/MWh antes del ataque a Irán y llegó a cotizar a
79,35 euros el 7 de septiembre (+151%), costando hoy 72,35 euros, más del doble
que en febrero. Por culpa del gas y la gran demanda de energía (por el turismo
y el aire acondicionado), el coste de la electricidad en el mercado
mayorista se ha disparado: de 16,41 euros/MWh en febrero a 69,59 euros/MWh
en junio, 104.75 euros en julio, 118,25 euros en agosto y 143,72
euros/MWh en septiembre, más del doble que el año pasado (61,04 en
septiembre 2025). Este elevado precio en origen se traslada a los consumidores,
tanto a los que tienen contratada la luz en el mercado libre (22,2 millones con
contratos de revisión semestral o anual) como a los que tienen la tarifa regulada
(8,3 millones), cuya tarifa se revisa cada mes: de 66,63 euros
que pagaron de media en el recibo de junio a 88,81 euros que pagaron en
agosto y los 107,8
euros que pagarán en septiembre.
El tercer culpable de la elevada inflación actual
(+4,9% anual) es la subida de los precios turísticos (paquetes,
hoteles, bares y restaurantes), algo que no tiene que ver con la guerra en
Oriente Medio (salvo porque han venido más turistas). Y el resto de los servicios
ha subido menos (+3,9%). Eso sí, preocupa que los altos precios de la energía
han provocado ya una fuerte
subida de los alimentos no elaborados: +5,8% en septiembre, subida que tiene
que ver con el aumento de costes al campo (energía y fertilizantes) pero
también con el cambio climático y los daños a muchas cosechas por las lluvias
(primavera), granizo y sequía.
Frente a estas subidas por la crisis de Oriente Medio, que
ya llevamos 7 meses sufriendo, el Gobierno
ha aprobado este martes el tercer paquete de ayudas (por
5.200 millones de euros), que se suman a los que aprobó el 20 de
marzo (antes que la mayoría de Gobiernos europeos, por una cuantía de 5.000
millones) y el 29 de junio (sólo por 1.825 millones, porque se esperaba
un acuerdo). Ahora, el paquete durará hasta el 31 de diciembre y es
mayor que los anteriores, porque todos los expertos creen que la crisis va para
largo.
El primer grupo de ayudas aprobadas se dirigen a subvencionar
de nuevo los carburantes, desde hoy: una subvención de 20
céntimos en septiembre por litro de gasolina y gasóleo, que se
reducirá a 13 céntimos en noviembre y 6 céntimos en diciembre, salvo que
los carburantes suban más del 15% en septiembre (en cuyo caso volverá la ayuda
de 20 céntimos). Esta ayuda se extiende a agricultores, ganaderos, pescadores
y transportistas, y se amplía al transporte de mercancías por tren
(15.000 euros de ayuda por locomotora) y al transporte marítimo, mientras se
mantienen las ayudas a la compra de fertilizantes (600 millones) y la prohibición
de despedir por esta crisis a las empresas que reciben ayudas.
Un segundo bloque de ayudas son para
rebajar la factura de la luz: en lo que queda de año (si el IPC de la
electricidad sube un 15% en septiembre respecto a un año antes), se rebaja del
21 al 10% el IVA de la electricidad y del 5,1 al 0,5% el impuesto
especial de la electricidad, que ya se rebajaron desde el 22 de marzo al 31
de mayo (primer paquete de ayudas), así como el IVA del gas natural y de la
madera para leña. Además, se mantienen los descuentos extras vigentes desde
marzo en el bono social eléctrico y el bono social térmico (50
euros), así como la prohibición de cortar el agua, la luz y el gas
a los hogares vulnerables.
El tercer bloque de ayudas son nuevas,
para los usuarios de gas natural y butano. Por un lado, se
limita la subida del gas natural un 15% en octubre (si no se hiciera, se
encarecería un 45%), lo mismo que en enero y después, medida que beneficiará a
3 millones de hogares que tienen tarifa de último recurso (TUR), muchos de ellos
pertenecientes a comunidades de propietarios que tienen calefacción con
caldera de gas y cuya factura les subirá un máximo del 15% este
invierno, aunque el precio del gas se dispare. Y los 7 millones que utilizan la
bombona de butano pagarán un máximo de 19,55 euros hasta
junio de 2027 (desde los 18,84 euros que cuesta ahora).
Estas ayudas y las aplicadas desde marzo cuestan
12.000 millones de euros, lo que sitúa a España como el país europeo que
más ha gastado en medidas contra la inflación energética. El Gobierno pide
a Bruselas que no tenga en cuenta este gasto
(por culpa de Trump) para el tope del déficit público como ya se
hace con el gasto extra en Defensa aprobado en toda Europa. Y también propone
España que si la crisis sigue y se mantienen altos los precios del
petróleo, el gas y la electricidad, la Comisión Europea apruebe otro Plan
de ayudas y medidas extraordinarias (incluido el tope al gas) como aprobó
tras la invasión de Ucrania.
Mientras, el
vicepresidente económico indicó el martes, tras el Consejo de Ministros,
que los dos paquetes anteriores de ayudas (marzo y junio) han
evitado una inflación mayor, que han reducido a la mitad la subida de los
precios (o sea que el IPC habría subido al 10%, como lo tuvimos entre junio y agosto
de 2022). Y que, a pesar de esta crisis energética, España sigue
creciendo y creando empleo, más que el resto de Europa: la
OCDE acaba de subir un 0,4% la previsión de crecimiento de España para 2026,
hasta
el +2,6%, muy por encima del crecimiento esperado para Europa (+1%), Alemania
(+1,1%), Italia (+0,9%) o Francia (+0,4%).
La contrapartida a crecer más es que tendremos
también más
inflación: +3,7% en 2026, por delante de la inflación en la
eurozona, Francia o Italia (+3%) y Alemania (+2,9%). La preocupación
del Gobierno y de muchos expertos es que la subida de precios energéticos (petróleo,
carburantes, gas y electricidad) se acabe trasladando a los precios de
los alimentos, dañando aún más los presupuestos de las familias. De
momento, los precios de los alimentos no elaborados (“frescos”)
suben un +5,8%, pero lo preocupante es que llueve sobre mojado,
porque los alimentos se han encarecido un +35% en los últimos 5 años
(agosto 2021-agosto 2026), según el INE (y un +84% los huevos, 60% el vacuno, +53,7%
el cordero, +53% la leche, +46% el café, +40% las patatas…), mientras los sueldos
subieron un +16,43%. Y el temor es que, si la guerra de Oriente Medio
sigue, suban más los precios de los alimentos, sobre todo los elaborados, porque
un
estudio de CaixaBank (citado por el vicepresidente Cuerpo) demuestra que,
en la anterior crisis tras la invasión de Ucrania, la subida de los alimentos
tardó en aparecer de 6 a 9 meses…O sea, este 4º trimestre.
El Gobierno Sánchez ha aprobado este tercer paquete de ayudas
contra la inflación porque sabe que los aumentos de precios es lo que más
daña políticamente a un Gobierno, a cualquier Gobierno. Por eso deberían
hacer lo mismo en Europa, aprobar un paquete de ayudas y medidas
de choque, como hicieron tras la pandemia y la invasión de Ucrania, porque crece
el descontento social ante las
subidas energéticas (en
Francia vuelven a la calle los chalecos amarillos…), la subida de la
vivienda y la dificultad para llegar a fin de mes, que alimentan el crecimiento
de la ultraderecha, en vísperas de elecciones
(en 2027) en Francia, Italia,
España, Polonia, Finlandia, Grecia, Estonia y Eslovaquia…
Mientras, en España, urge tomar más medidas
frente a la inflación, vigilando que algunos sectores y empresas no
disparen márgenes y beneficios (como las petroleras y las eléctricas), que
las ayudas públicas se trasladan a los consumidores (carburantes, gas y electricidad)
y que los intermediarios, las industrias alimentarias y los supermercados no
aprovechan las subidas de la energía para subir sus precios y márgenes. Lo que
no puede hacer el Gobierno ni Bruselas es impedir que Trump y Netanyahu mantengan
el conflicto en Oriente Medio, que estamos pagando el resto del mundo.
Pero sí podrían presionarles para que se imponga la paz. Y, sobre
todo, seguir tomando medidas para que los precios (alquileres
y vivienda incluidos) no alimenten la desesperación de muchas familias y a
la extrema derecha. Está bien crecer más que nadie, pero hay
que repartir mejor el crecimiento y conseguir que muchas más familias
lleguen sin tantos problemas a fin de mes.
La guerra contra Irán, desatada por Trump e Israel el 28 de febrero y que ha contagiado a todo Oriente Medio y a las rutas del petróleo y el gas, la estamos pagando los consumidores de todo el mundo, desde Europa y Asia a los propios ciudadanos de EEUU, que pagan mucho más por los carburantes, el gas, la electricidad y muchas materias primas y alimentos. Y el problema es que el conflicto se ha enquistado y no se ve salida, por lo que seguiremos con la energía cara y la inflación disparada. De momento, también en España, donde el IPC anual subió un +4,9% en septiembre, según el INE, la mayor subida anual desde febrero de 2023 (+6% de inflación, un año después de la invasión de Ucrania). De esos 4,9% de subida, casi la mitad (+2%) ha sido sólo por la subida de los carburantes, que se han encarecido incluso más que el petróleo en estos 7 meses de guerra en Oriente Medio.
Además de caro, el gasóleo empieza a faltar en
el mercado internacional, sobre todo en algunos paises europeos, como Francia,
que importan mucho. Globalmente, Europa
refina el 75% del gasóleo que consume, pero importa el 25% (la mitad de
EEUU en agosto). Pero hay diferencias entre paises: Francia importa el
50% del gasóleo que consume (por eso hay gasolineras sin suministro), Reino
Unido importa el 55%, Alemania
importa entre el 20 y el 25%, mientras Italia y España refinan prácticamente
el 100% del gasóleo que consumen (apenas importamos e incluso exportamos
algo, gracias a que tenemos 8 refinerías volcadas en producir gasóleo). Y lo
mismo con las gasolinas y el keroseno de aviación.
A pesar de este autoabastecimiento, España y las
refinerías españolas no pueden sustraerse a la situación internacional de desabastecimiento,
por lo que también aquí se
ha disparado el precio de los carburantes muy por encima de la subida del
petróleo. La gasolina súper costaba este martes una media de 1,939
euros/litro, según el Boletín Petrolero Europeo, una subida del +31,8%
sobre el precio anterior al ataque a Irán (1.4712 euros/litro el 23-F). Y la
subida es mucho mayor para el gasóleo, porque hay mucha más demanda
(se vende 4 veces más que gasolina) y menos oferta: costaba 1,4232 en
febrero (menos que la gasolina) y ha subido hasta una media de 1,934
euros/litro este martes (+36%). Eso sí, gracias a las ayudas del
Gobierno y a que pagamos menos impuestos, los carburantes son más baratos que en Europa: las gasolinas cuestan allí de media 2,103 euros por litro
(+16 céntimos que en España) y el gasóleo 2,237 euros (+30 céntimos).
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lunes, 28 de septiembre de 2026
Universidades: otro Curso con pocos recursos
Por primera vez en España, este Curso 2026-27 habrá 1,9
millones de universitarios estudiando un Grado, un Master o un Doctorado, tras
años aumentando los alumnos. Pero quienes crecen son los
estudiantes de las Universidades privadas (47, una más este Curso),
mientras se estancan o bajan en las públicas (50 desde 1999), por falta
de medios y oferta, que les obligan a subir las notas de corte y desviar
alumnos a las privadas. Este nuevo Curso universitario, los rectores intentan
reducir la precariedad de sus profesores (el 46% tienen contratos
temporales) y buscan acuerdos de financiación a medio plazo con sus
autonomías, que aportan el 80% de la financiación pública pero apuestan (las
del PP) por las privadas. Mientras, España gasta menos que otros paises en
financiar la Universidad, con grandes diferencias entre autonomías,
lo que obliga a alumnos y familias a pagar las matrículas más altas de
Europa. Y además de recursos, urge mejorar la enseñanza para que los universitarios
trabajen más (no “sobrecualificados”) y haya menos parados. Enrique Ortega
España es uno de los paises occidentales con más jóvenes estudiando en la Universidad: están matriculados en la Universidad o en la FP Superior el 20% de los jóvenes de 15 a 19 años, casi el doble que en los paises de la UE o la OCDE (el 11%), según las estadísticas oficiales. Este mayor interés por la Universidad y el aumento de los jóvenes de esta edad ha llevado a que crezcan los alumnos que cursan en España estudios universitarios: de 1.498.369 alumnos matriculados en el curso 2015-16 a 1.875.010 alumnos matriculados en el curso 2025-2026, el último con datos oficiales. Este curso 2026-2027 serán más, porque acceden a la Universidad parte de los jóvenes nacidos en el año 2008, que fueron 519.779, 27.000 nacimientos más que en 2007 (492.527 nacimientos). Así que se esperan superar los 1.900.000 universitarios.
De esos 1,9 millones de jóvenes que estudiarán este
Curso en las Universidades españolas, la mayoría (el 76,5 % del total, 1.435.757
alumnos el curso pasado) estudiarán un Grado universitario
(generalmente de 4 años), mientras otro 17,7% estudiarán un Máster
universitario (332.713 alumnos el curso pasado) y los restantes ( el 5,6%
del total, 106.540 alumnos) estudiarán un Doctorado universitario, según
los últimos datos del Ministerio de Educación. Los estudios de Grado
han crecido poco la última década (+8,6% desde los 1.321.698 alumnos del
curso 2015-2016) y el gran salto de alumnos se ha dado en los
estudios de Master (se
han casi duplicado: de 171.043 alumnos a 332.713) y en los estudios
de Doctorado (de 55.628 alumnos a 106.540).
Con todo, el gran cambio en la enseñanza universitaria
en la última década ha sido que el aumento total de alumnos se debe
a las Universidades privadas, que han
duplicado sus alumnos desde
el curso 2015-16 (de 236.543 a 541.483 el curso pasado),
mientras las Universidades públicas estancaban sus alumnos (han pasado
de 1.311.826 en 2015-16 a 1.333.527 el curso pasado), bajando los
estudiantes de Grado (de 1.143.223 en 2015-16 a 1.084.117 matriculados el
curso pasado). Mientras, las Universidades privadas han aumentado sus
estudiantes en Grado (de 178.475 a 351.640 alumnos) y han triplicado los de
Master (de 55.634 a 182.043 alumnos) y de Doctorado (de 2.434 a 7.800 alumnos).
¿Qué está pasando? Las
Universidades públicas se quejan de que no pueden ofertar más
plazas a los jóvenes porque carecen de financiación suficiente para
contratar más profesores y mejorar las instalaciones para ampliar alumnos,
aulas y laboratorios. Y en consecuencia, cada año suben la nota de corte
en la prueba de acceso a la Universidad (PAU), para seleccionar casi los mismos
alumnos o menos. Así, este año, las notas de corte en Medicina han sido
de 13,05
(sobre 14) y en muchas carreras superan los 12 puntos, lo que deja fuera a
alumnos que sacaron bien el Bachillerato. Un ejemplo: hay 20
solicitantes que quieren estudiar Medicina en la pública por cada plaza
disponible… Y cada año más alumnos no pueden entrar en una Universidad
pública y se ven obligados a pagar una Universidad privada.
El resultado es que sigue habiendo las mismas Universidades
públicas (50, la última abierta, la Politécnica de Cartagena, en 1998) y
aumentan cada año las privadas: este curso 2026-27 habrá ya 47 Universidades
privadas (había 28 privadas en 2009), tras aprobarse la última, IE
Universidad Madrid, en diciembre de 2025. Y cada año hay nuevas peticiones de
Universidades privadas, apoyadas por las autonomías gobernadas por el PP. De
hecho, hay Universidades privadas en todas las autonomías españolas
(próximamente se abrirán en Asturias y Castilla la Mancha), salvo en
Extremadura y Baleares.
La mayoría de las privadas
tienen detrás a organizaciones religiosas: jesuitas (Comillas,
Deusto, Esade), Opus Dei (Universidad de Navarra, Internacional de Cataluña),
propagandistas católicos (CEU), Legionarios de Cristo (Francisco de Vitoria),
Camino Neocatecumenal (Universidad Católica de Murcia…), pero últimamente están
interesados también los
Fondos de inversión: el sueco EQT
compró en 2024 la Universidad
Europea de Madrid, el británico CVC es propietario de la Universidad
Alfonso X el Sabio, los fondos Sofina (belga) y Portobello
(español) controlan la Universidad Internacional de la Rioja y el Fondo israelí
KKR impulsa la Universidad privada online UTAMED en Andalucía.
Hace unos días, el
presidente Sánchez señaló en un acto universitario las tres razones
por las que las Universidades públicas ganan terreno (sus alumnos han crecido
un +128% en la última década, frente al +3% en las públicas). La
primera, la escasa financiación de las Universidades públicas por sus
autonomías (que aportan el 80% del gasto público universitario, según
la Fundación CYD), sobre todo en Madrid, Andalucía y Castilla y León, lo
que reduce su oferta y desvía a los alumnos a la Universidad privada. Mientras,
la financiación estatal a la Universidad ha aumentado un 78%
desde 2018, se las han transferido 600 millones para investigación y otros 150
millones para contratar profesores, más 1.300 millones para becas (+45% que en
2018). La 2ª razón, como consecuencia, es que las Universidades públicas, infrafinanciadas,
no pueden atender la demanda: en el curso 2024-25, recibieron 500.000
solicitudes para 245.000 plazas, lo que fuerza a muchos jóvenes a irse a
una privada (“una elección forzada”). Y en tercer lugar, Sánchez cree que la
proliferación de privadas lleva al aumento de ofertas universitarias
de baja calidad.
Para frenar lo que llaman “chiringuitos educativos”
(estudios universitarios de baja calidad, sobre todo cursos online), el Gobierno
ha actuado dos veces y pronto lo hará una tercera. Primero, en octubre de
2025, aprobó un
Real Decreto para endurecer los criterios para el reconocimiento de
nuevas Universidades, decreto que la Comunidad de Madrid ha recurrido al
Supremo. Segundo,
el Gobierno ultima un real Decreto para regular los centros de FP privada
(1.417 hoy, muchos promovidos por inversores y Fondos). Y el 18 de
septiembre, el
presidente Sánchez anunció que negociará con rectores y estudiantes un nuevo
Real Decreto con más requisitos (profesores, docencia, investigación) para
garantizar la calidad de los títulos universitarios, porque “no
pueden ser una franquicia expendedora de títulos”.
El problema clave de las 50 Universidades públicas
españolas es que están infrafinanciadas, sobre todo después de
los recortes aplicados por Rajoy en 2012 (unos
1.000 millones), de los que no se han recuperado todavía, porque las
autonomías les han aumentado su financiación un +4,9% desde 2009 (la inflación
ha subido un +26,3%, con lo que reciben realmente menos), por lo
que han tenido que reducir plantillas (no se sustituyen
jubilaciones) y servicios. Eso ha llevado a que España
financie menos la Universidad que otros paises. Así, el gasto total
por estudiante universitario en España era de 11.741 dólares en
2022 (último
dato de la OCDE, teniendo en cuenta la inflación), frente a 15.102
dólares en la OCDE y 15.830 dólares en la UE-27, un 25,8% más (24.044
dólares/universitario en Suecia, 19.500 en Alemania, 14.238 en Francia y 8.992 en Italia).Eso se
traduce en que Europa destina un 1% del PIB a financiar sus
Universidades, mientras España destina el 0,76%.
Pero no sólo financiamos menos la Universidad pública.
También lo
hacemos de forma diferente, con menos peso de la inversión
pública y más
aportación de los estudiantes (tasas y matrículas). Así, el
gasto público en Universidades aporta en España el 65,9% del gasto
universitario, frente al 68% en la OCDE y el 75,8% en la UE-25 (84% en
Alemania, 79% en Francia o 60% en Italia). Y con ello, el 31,8% del gasto
universitario es privado en España, frente al 28,6% en la OCDE y el 19,5%
en Europa. Y la mayoría de esta aportación privada, un 19% de la
financiación total, la hacen alumnos y familias, pagando elevadas matrículas
y tasas en las Universidades públicas: entre 1.061 y 2.052 euros anuales.
Otro problema de España es que hay una gran desigualdad
en la financiación universitaria por autonomías (que tienen la competencia
y aportan el 80%% de la financiación total). Así, hay autonomías que
transfieren a sus Universidades públicas menos
que la media (8.626 euros/universitario en 2023-24) : Madrid
(6.975 euros por universitario), Extremadura (8.069 euros), Cataluña (8.362
euros), Murcia (8.460) y Castilla y León (8.534 euros), según el Informe
CYD 2025. Y entre las autonomías
que mejor financian sus Universidades destacan Cantabria (11.680 euros/universitario), La Rioja
(11.283 euros), País Vasco (10.767 euros), Navarra (10.588 euros) y Comunidad
Valenciana (10.075 euros). En contrapartida, las que menos aportan son
las autonomías donde los alumnos
pagan más tasas y matrículas: Madrid (2.052 euros/alumno, 432 euros
más que la media), Cataluña (1.856) y Navarra (1.851) y Comunidad Valenciana
(1.792 euros). Y hay otras donde los universitarios pagan la mitad de tasas: Galicia
(1.061 euros), Baleares (1.130), Asturias (1.155) y País Vasco (1.261).
Si la situación financiera de las 50 Universidades públicas
es precaria lo
será más en los próximos Cursos, porque deben seguir aplicando la nueva Ley de Universidades, la
LOSU, (que entró en vigor en el curso 2023-24,) cuyos objetivos
aumentan los costes: tendrán que regularizar y estabilizar sus plantillas(el
49% de los docentes universitarios son temporales), cubrir vacantes y
jubilaciones, reorganizar y modernizar los programas, aumentar la investigación
e internacionalización. La propia LOSU establece que “las Administraciones
públicas dotarán a las Universidades de
los recursos necesarios, de acuerdo con las disponibilidades presupuestarias de
cada ejercicio” (artículo 55),
pero no concreta quien debe aportar esos recursos ni cuándo.
Si concreta el cuánto: “dedicar como mínimo el 1% del gasto público
en educación universitaria pública para todo el Estado”. Como ahora se
gasta en el 0,76% del PIB, subirlo al 1% supondría gastar 4.214 millones más
al año en las Universidades públicas (con el PIB de 2025).
El problema está en quien
aporta ese dinero extra. Las Universidades son una competencia de las
autonomías (otra), pero muchas llevan años frenando el gasto social
(en sanidad, educación y Dependencia) y apostando por lo privado
(en la sanidad, los colegios y en la Universidad). En el último año, algunas
Universidades públicas han logrado acuerdos de financiación a medio plazo
(para varios años) con sus Gobiernos autonómicos, pero la mayoría encuentran
poco eco y pocos recursos, mientras ven que se
autorizan nuevas Universidades privadas. En Andalucía, la Junta
firmó en 2023 un acuerdo para 2022-2026 y ahora anuncian que aumentarán
la aportación para 2027. En Madrid, Ayuso
ha firmado un acuerdo para destinar 14.800 millones a las 6 Universidades
públicas hasta 2031, pero tiene “truco”: incluye los ingresos que aportan los
alumnos... En la Comunidad
Valenciana hay un Plan financiero 2026-29, con un pequeño aumento (también
de tasas). Y en el País
Vasco se prepara un Plan 2027-30, mientras Castilla
la Mancha promete un Plan a 5 años. En las demás, la pelea financiera de
las universidades es anual, Presupuesto a presupuesto. Y para el siguiente Curso
2027-28, todo va a depender del resultado de las elecciones de mayo en
12 de las 17 autonomías.
Además de más dinero, las Universidades
públicas españolas necesitan reformas y cambios, según
refleja el último informe CYD: reducir la tasa de abandono
(el 24,6%
de los universitarios abandonan sus estudios, sobre todo en los 2 primeros
cursos y con el trabajo de fin de Grado: somos el 4º país UE con más abandono
universitario), aumentar los alumnos que estudian Ciencias (sólo el 24% se
matriculan en carreras STEM)
porque tienen más salidas profesionales, mayor autonomía universitaria
(ligada a auditorias externas), mayor internacionalización y una mejor
gestión de personal, con más profesores de fuera. Y mejorar la
inclusión social, aunque es mayor que en Europa: el 14,6% de
los universitarios procede de familias donde los padres sólo tienen estudios
obligatorios (el 7,2% en Europa) y el 29,8% tienen padres con estudios universitarios
(el 50% en Europa).
También es clave reformar los Planes de estudio
y colaborar más con las empresas privadas, multinacionales e instituciones
públicas, tanto para el contenido de los Grados como para los Master, para
conseguir así elevar la empleabilidad de los universitarios y
reducir su paro: la
tasa de empleo de los jóvenes entre 25 y 34 años (el 52% con
estudios universitarios) es del 82%, frente al 87% en la OCDE
y UE (donde sólo
el 45,4% de jóvenes tienen estudios universitarios). Y la
tasa de paro de jóvenes universitarios es del 9% en España
frente al 5% en la OCDE y la UE, el 3% en Alemania, el 6% en Francia o
el 7% en Italia. Y bajar el porcentaje de universitarios
que están sobrecualificados para los trabajos que hacen: el
34% de los que trabajan aquí, frente al 21,3% de los que trabajan en Europa.
España es uno de los paises occidentales con más jóvenes estudiando en la Universidad: están matriculados en la Universidad o en la FP Superior el 20% de los jóvenes de 15 a 19 años, casi el doble que en los paises de la UE o la OCDE (el 11%), según las estadísticas oficiales. Este mayor interés por la Universidad y el aumento de los jóvenes de esta edad ha llevado a que crezcan los alumnos que cursan en España estudios universitarios: de 1.498.369 alumnos matriculados en el curso 2015-16 a 1.875.010 alumnos matriculados en el curso 2025-2026, el último con datos oficiales. Este curso 2026-2027 serán más, porque acceden a la Universidad parte de los jóvenes nacidos en el año 2008, que fueron 519.779, 27.000 nacimientos más que en 2007 (492.527 nacimientos). Así que se esperan superar los 1.900.000 universitarios.
Y además, urge ayudar a los estudiantes a buscar una
vivienda donde alojarse mientras estudian, al haberse disparado los
alquileres. Choca que sólo
el 4.1% vivan en una residencia universitaria cuando ahí residen el
14,6% de los universitarios en Europa. Por ello, el Ministerio
de Vivienda ha destinado 45 millones a financiar 1.525 alojamientos
en Castilla-La Mancha, Andalucía, Comunidad de Madrid, Cataluña,
Castilla y León y Comunidad Valenciana, un avance insuficiente, porque el 51,2%
universitarios viven con sus padres y otro 21,7% comparten piso, con serios
problemas para llegar a fin de mes. Por eso, hay un alto porcentaje de
universitarios que no encajan y se sienten agobiados y menos felices,
según
un reciente informe de CYD. Y sus profesores y rectores también tienen
serios problemas, por su alta
precariedad y la falta de recursos y medios. Es hora de apoyar
seriamente a las Universidades públicas, como a la sanidad pública o al
resto de la enseñanza. En este caso, además, nos jugamos el futuro de la
élite que debe impulsar España este siglo.
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