Tras la grave crisis de la pandemia (2020), las empresas reanimaron sus ventas, márgenes y beneficios entre 2021 y 2025, cinco años de buenos resultados empresariales, a pesar de los altibajos por la guerra de Ucrania y el conflicto en Oriente Medio. En España, el margen bruto sobre ventas ha sido del 13,9% en 2025, según el Observatorio de Márgenes Empresariales (OME), siendo el beneficio bruto mucho mayor en inmobiliarias (29%), energía (28%) y hostelería (17% de margen bruto). Y otro dato: el beneficio neto de las 35 empresas del IBEX superó ligeramente los 70.000 millones de euros en 2025, más del doble de los 31.489 millones que ganaron en 2019, según sus propios balances.
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jueves, 28 de mayo de 2026
Dividendos y recompras: beneficios diferidos
Las empresas españolas llevan 5 años con un
aumento histórico de ventas, márgenes y beneficios, pero eso no
se traduce en un aumento de la inversión privada, que todavía está por debajo
de 2019. Lo que está pasando es que las grandes empresas y bancos desvían
más de la mitad de sus beneficios a sus accionistas por dos vías: unos dividendos
récord y un aumento de las recompras de acciones propias, una nueva
vía para hacer subir la cotización de las acciones y así aumentar lo que cobran
los grandes ejecutivos de bancos y tecnológicas. La recompra de acciones era
una fórmula muy usada en EEUU, pero tras la pandemia se ha generalizado en
Europa y también en España: aquí, en el primer trimestre de 2026, estas
recompras se han multiplicado por 6. Parece un tema “técnico”,
pero el problema nos atañe porque muchas empresas especulan con sus acciones y no
invierten lo que deben en sus negocios, su capital y sus empleados
(sueldos y formación), en perjuicio de todos. Recompra acciones propias en Bolsa: otra forma de diferir beneficios
Tras la grave crisis de la pandemia (2020), las empresas reanimaron sus ventas, márgenes y beneficios entre 2021 y 2025, cinco años de buenos resultados empresariales, a pesar de los altibajos por la guerra de Ucrania y el conflicto en Oriente Medio. En España, el margen bruto sobre ventas ha sido del 13,9% en 2025, según el Observatorio de Márgenes Empresariales (OME), siendo el beneficio bruto mucho mayor en inmobiliarias (29%), energía (28%) y hostelería (17% de margen bruto). Y otro dato: el beneficio neto de las 35 empresas del IBEX superó ligeramente los 70.000 millones de euros en 2025, más del doble de los 31.489 millones que ganaron en 2019, según sus propios balances.
¿Qué han hecho las empresas con estos beneficios?
Pues más de la mitad de estas ganancias las han repartido entre sus
accionistas, por dos vías: reparto de dividendos y recompra de
acciones propias. El reparto de dividendos, un pago anual
(dos veces al año) por cada acción, se disparó después de la pandemia, tras prohibir
el BCE repartir dividendo a los bancos europeos en 2020. En
Europa, las 600 grandes empresas del STOXX 600 repartieron 437.000
millones de euros en dividendos a sus accionistas en 2025, cifra que subirá
a 454.000 millones en 2026 (+4%). Pero en España, el pago por dividendos
creció mucho más (+128% entre 2020 y 2025), saltando de los 20.500
millones en 2021 a 41.503
millones en 2025. Y a esos pagos, las empresas cotizadas españolas han
destinado 155.596 millones de euros en los últimos 5 años (2021 a
2025), una cifra récord. Y este
año 2026, las empresas repartirán 25.848 millones de euros hasta junio (+17%,
cuatro veces más que en Europa).
La otra vía para “diferir” beneficios, menos
conocida, es la
recompra de acciones propias: las grandes empresas y bancos
recompran con sus beneficios una parte de sus acciones y las amortizan, es
decir, desaparecen de los balances. Consecuencia: se reduce el
número de acciones en circulación, lo que en principio aumenta su valor.
Las empresas recompran acciones como una
vía para reanimar la cotización
de las acciones, cuando creen que están infravaloradas: al
haber menos y mantenerse el valor de las empresas, debían subir. Pero la recompra
de acciones propias tiene otra justificación menos explícita: la mayoría
de los ejecutivos de las grandes empresas tienen una parte de su sueldo
ligado a la cotización de las acciones (cobran en “stock options”,
en opciones sobre acciones) y por eso su principal objetivo de gestión es conseguir que las
acciones suban (como sea). Además, una tercera razón es que los
accionistas no pagan impuestos con la recompra de acciones (sólo
si las venden, por la plusvalía), mientras si pagan impuestos por los dividendos.
La recompra de acciones tiene
una larga trayectoria en EEUU, desde 1982, cuando se aprobó un marco
normativo y fiscal favorable, que apoyaba una cultura empresarial centrada en
el valor de las acciones. Pero en Europa, la tradición eran los
dividendos y las recompras están sujetas a un marco normativo de la UE
sobre abusos de mercado (que impone límites al volumen y al precio) y se exige que
las aprueben las Juntas de Accionistas. Sin embargo, tras la pandemia, las
recompras de acciones propias también se han disparado en Europa.
En conjunto, en todo el mundo, las recompras de acciones batieron
récords en 2025: 1,46 billones de dólares en 2025, según
Capital Group. Y las ejecutaron más de la mitad de las grandes compañías
del mundo (el 52%), frente al 36% hace una década. EEUU concentra el 71%
de las recompras mundiales de acciones propias, mientras Europa
representa sólo el 10,8% de las recompras mundiales, ganando peso en
Japón (recompraron acciones el 48% de las empresas en 2025). El
protagonismo de estas recompras lo tienen los bancos y empresas
financieras (el 26%), el sector tecnológico (el 21%: Apple ha
destinado 440.000 millones de dólares a recomprar acciones propias en la última
década), la energía, el sector de medios de comunicación y los grandes
del sector minorista de la alimentación.
En Europa, aunque las recompras van muy por detrás a
las de EEUU, el salto ha sido espectacular: 182.000
millones de euros gastados por
las empresas en recomprar acciones propias en 2025, más del doble que hace 10
años (75.200 millones en 2015) y un 67% más que antes de la pandemia (109.000
millones en 2019). Entre las grandes
empresas con más recompras en 2025 destaca la suiza Novartis (9.702
millones), seguida de las francesas Prosus (9.121 millones), Total Energies
(7.030) o ASML (4.100 millones), la noruega Equinor (5.506 millones), la
británica HSBC (5.297), el banco holandés ING (4.321 millones) o el Banco de
Santander (4.073 millones), Barclays (3.859) y UBS (3.855). Algunos estiman
que los bancos europeos han recomprado un 4% de sus acciones desde 2022. Y casi
la mitad (el 44%) de las empresas europeas cotizadas
en Bolsa recompraron acciones en 2025.
España se ha sumado tarde a esta “moda” de la
recompra de acciones, pero con mucha fuerza, empujada por los bancos y las
grandes empresas. En 2025, la recompra se hizo por un importe de 12.502
millones de euros, tras una cifra superior en 2024 (15.588 millones) y 2023
(13.415 millones). Pero este
año 2026, la recompra de acciones en España se ha multiplicado
por 6 en el primer trimestre, superando los 10.000 millones de
euros. El Banco
de Santander ha puesto en marcha dos programas para recomprar 10.000
millones en acciones entre 2025 y 2026. Y BBVA
lleva más de 10.000 millones en recompra de acciones entre 2021 y 2026,
mientras CaixaBank ha lanzado un nuevo programa de recompra por 500 millones de
euros. Y del resto del IBEX 35, la mayoría tienen un programa de
recompra este año: ACS (980 millones), Cellnex (800), Ferrovial (600), Endesa
(517), IAG (500), Repsol (300), Iberdrola (200), Inditex (180), Viscofan (150)…
Recompras que se suman a los dividendos.
La Comisión del Mercado de Valores (CNMV) ya criticó
en 2023 las recompras de acciones, alertando de que las empresas
y los bancos no están sobrados de capital y por eso no deberían reducirlo
amortizando acciones, porque eso tiene implicaciones estratégicas para los sectores y la economía,
recomendándoles “reforzar sus recursos propios a medio plazo si quieren
seguir competiendo, crecer, competir internacionalmente y transformarse con
éxito frente a una transición digital y económica que exige inversiones
cuantiosas”. Y además, la
CNMV niega que la recompra de acciones cree valor para
los accionistas a medio plazo, porque las acciones suben al principio,
pero siguen cotizando igual después.
Otros expertos critican
también las recompras exageradas
de acciones propias, sobre todo en EEUU (en 2021, las 500 grandes
empresas del S&P500 destinaron 880.000 millones de dólares a recomprar
acciones propias), propiciadas por los grandes ejecutivos de las
tecnológicas y los bancos, que buscan sostenerse en el poder (y hacerse
multimillonarios) a costa de impulsar como sea el precio de la acción,
aunque sea restando
recursos para promover inversiones y programas estratégicos en sus
compañías (y a veces, a costa de recortes drásticos de plantillas para hacer
subir las acciones). Así, Apple, por ejemplo, aumentó un +107% su beneficio
neto entre 2017 y 2021, pero disparó +176% su beneficio por acción. Y los grandes
accionistas (ellos mismos muchas veces) se llevan así una parte diferida de
los beneficios sin pagar impuestos (hasta que no vendan).
El problema de fondo es que las empresas difieren más
de la mitad de sus beneficios a dividendos y recompra de acciones propias en
lugar de a invertir y fortalecer sus negocios. En España, los
datos son claros: en los últimos 3 años, las empresas
cotizadas han destinado 6 veces más a pagar dividendos y recompras que a
adquirir otras empresas o fusionarse. Así, en 2023,2024 y 2025, las
empresas cotizadas han destinado 150.601 millones de euros al pago de
dividendos (109.096 millones) y a la recompra de acciones propias (41.105
millones), mientras sólo destinaron 25.844 millones a financiar compras y
fusiones. A lo claro: su prioridad ha sido mejorar la cotización en
Bolsa y retribuir más a los accionistas (a los dueños, sobre todo) que invertir
y construir unas empresas más grandes y competitivas. Y la estrategia
sigue en 2026: el primer trimestre, las cotizadas españolas gastaron 21.000 millones de sus beneficios en dividendos (12.500
millones) y recompra de acciones propias (8.500 millones), frente a
7.350 millones destinados a adquisiciones, según London Exchange Group.
Este mismo problema sucede en Europa y explica
parte de su atraso inversor: en 2026 se esperan “salidas
de caja” por importe de 1,5 billones de euros, de los que el 23%
irán a pagar dividendos (345.000 millones) y otro 9% a financiar recompras de
acciones propias (135.000 millones más), destinando sólo el 11% a
adquisiciones de empresas (165.000 millones), que son escasas y se
circunscriben a compras de participaciones en mercados donde ya están
presentes. Y por todo esto, sólo destinan el 56% de su flujo financiero a
inversiones orgánicas, I+D, innovación y tecnología. Ante este parón inversor
en Europa, la Comisión
Europea quiere facilitar las
fusiones en Europa, para que las grandes empresas destinen sus
beneficios no a retribuir a los accionistas (a sí mismos) sino a crear “grandes
campeones europeos”, multinacionales UE que puedan competir con USA y China.
En el caso de España, el exceso de dividendos y
recompra de acciones choca con un problema grave que arrastramos tras la
pandemia: el escaso crecimiento de la inversión, uno de los tres
motores del crecimiento y el empleo (junto al consumo y las exportaciones). La inversión
total lleva 5 años recuperándose en España,
pero es por la inversión pública (ha subido un +51,7% en 2025
respecto a 2019, básicamente por el oxígeno de los Fondos Europeos), ya que la
inversión privada sigue por debajo que antes de la pandemia (-3,3 %
que en 2019), según
este estudio de Funcas. Y por supuesto, la inversión privada sigue
todavía en España por debajo de los niveles de 2007, antes de la crisis
financiera.
En resumen, nos encontramos con un panorama donde ganan
mucho las grandes empresas y los bancos (10.815 millones los 6
grandes en el primer trimestre,+27%), pero que no destinan esos mayores
recursos a invertir en proyectos de futuro (la inversión privada sigue
por debajo a la de 2019) y a afrontar un crecimiento interno y una mayor
competitividad, sino que destinan cada vez más beneficios a retribuir a sus
accionistas (y a ellos mismos) por la doble vía de unos dividendos crecientes y
la recompra de acciones propias. Se dedican más a especular con las acciones
que a buscar fusiones, acuerdos e inversiones para dar un salto estratégico que
les favorecería a ellos y al país. Son empresas, en España, en Europa y en
el mundo, que se
dedican a “la ingeniería financiera y bursátil” antes que a invertir
en sus negocios, balances (mejora de capital) y trabajadores (salarios,
formación y empleo). Como se ve, no estamos ante una cuestión “técnica”
sino estratégica y de justicia social: destinar los beneficios a
crecer y crear más riqueza y empleo, no a que haya más multimillonarios.
Tras la grave crisis de la pandemia (2020), las empresas reanimaron sus ventas, márgenes y beneficios entre 2021 y 2025, cinco años de buenos resultados empresariales, a pesar de los altibajos por la guerra de Ucrania y el conflicto en Oriente Medio. En España, el margen bruto sobre ventas ha sido del 13,9% en 2025, según el Observatorio de Márgenes Empresariales (OME), siendo el beneficio bruto mucho mayor en inmobiliarias (29%), energía (28%) y hostelería (17% de margen bruto). Y otro dato: el beneficio neto de las 35 empresas del IBEX superó ligeramente los 70.000 millones de euros en 2025, más del doble de los 31.489 millones que ganaron en 2019, según sus propios balances.
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lunes, 25 de mayo de 2026
Los cuidados, el gran reto social pendiente
Siguen las protestas de profesores y médicos por las
deficiencias en la sanidad y educación, pero nadie protesta por la
desatención de nuestros mayores, que esperan meses para recibir una
mínima ayuda o servicio para su dependencia. Y muchos se mueren antes de
recibirla. A punto de cumplirse los 20 años de la Ley de Dependencia,
el balance es muy preocupante: 3 de cada 4 mayores dependientes no
reciben una atención efectiva y tampoco 2 de cada 3 con limitaciones
severas. Los expertos reiteran que falta financiación para la
Dependencia y que para ampliar las ayudas y que sean más eficaces, habría que gastar
en los cuidados 12.000 millones más al año, el doble que ahora. Un reto
que hay que afrontar porque España es uno de las paises más envejecidos de
Europa y cada año habrá más dependientes: si ahora hay 3 millones de
personas con más de 80 años, en 2050 serán casi el doble (5,8
millones) y muchos necesitarán cuidados. No podemos dejarles tirados. Enrique Ortega
España tiene un grave problema estructural del que casi nadie habla: el envejecimiento creciente de la población, propiciado por el aumento de la esperanza de vida, que es la más alta de Europa: 84,3 años de media, frente a 81,7 en la UE-27. Y esa esperanza de vida seguirá aumentando, hasta alcanzar los casi 87 años en 2050 y los 88 años en 2071, según las previsiones del INE. Con ello, tenemos y tendremos cada vez más personas mayores, muchas de ellas dependientes y necesitadas de cuidados. Así, si hoy hay 10,2 millones de mayores de 65 años, en 2050 serán ya algo más de 16 millones. Y los mayores de 80 años, un tercio de los cuales pueden ser dependientes, pasarán de ser 3 millones ahora (2025) a ser casi el doble en 2050 (5.811.396 personas mayores de 80 años, de ellos, 95.095 mayores de 100 años).
Estas elevadas cifras de mayores y ancianos suponen un
gran reto para el país y sus familias. Desde hace décadas, todas
las políticas públicas reconocen que el cuidado de los mayores dependientes
no es una responsabilidad privada (de sus familias) sino “un derecho
social”, un servicio público para la cohesión social y el propio
funcionamiento del sistema económico. Y por eso, los paises desarrollados
han implantado “políticas públicas de cuidados”, como el cuarto
pilar del Estado del Bienestar, junto a la sanidad, la educación y
las pensiones. En España, en 2006 se aprobó la Ley de
Dependencia (295 votos a favor, 15 en contra y una abstención), que entró
en vigor el 1 de enero de 2007 y cumplirá ahora 20 años.
El balance de esta Ley de Dependencia tiene claroscuros,
siendo más negativo que positivo, según el
reciente estudio de CENIE. Por un lado, en estos 19 años largos se ha atendido
a 4 millones de dependientes (la mayoría mayores), aunque otro millón
se ha muerto antes de recibir alguna ayuda. En líneas generales, hay un
exceso de burocracia en el reconocimiento de la dependencia
y en la concesión de las ayudas (la espera media era en abril de 325
días, cuando la Ley marca 180 días), lo que provoca que muchos dependientes
se mueran antes de recibirlas (4 de cada 5 tienen más de 80 años). Y
además, las autonomías (que gestionan las ayudas a la Dependencia) ofrecen cada
vez más ayudas y servicios “low cost” (escasas y de poca calidad),
para llegar a más dependientes con un gasto que apenas crece. Y además, existen
grandes diferencias en la atención a la dependencia por autonomías,
unas con más dependientes desatendidos que otras. Como problema de fondo, los
expertos denuncian la infrafinanciación del sistema, la falta de
recursos públicos desde su nacimiento y ahora.
Los últimos datos de la Dependencia, del
IMSERSO, en
abril de 2026, concretan estos problemas estructurales del sistema. Primero,
la persistente desatención: había 268.850 dependientes
desatendidos a finales de abril (+6.897
que en diciembre), 116.762 pendientes de que se les reconozca una
dependencia y su grado (I,II y III, los “grandes dependientes”) y otros 152.088
dependientes que tienen reconocida alguna ayuda o servicio pero que están “en
lista de espera” para recibirlos (en el “limbo de la Dependencia). Una parte de
ellos mueren esperando esta ayuda que tienen reconocida: murieron esperando
8.996 dependientes en el primer trimestre de este año y 32.704 en todo
2025, según
los Directores de Servicios Sociales. El problema no es sólo que estas
“listas de espera” hayan crecido en 2026, sino que son muy
desiguales por autonomías. Primero, en el tiempo de resolución
de expedientes (325
días de media): son 551 días en Murcia, 457 en Andalucía,391 en
Asturias, 354 en Canarias o 350 en Madrid, frente a 117 en Castilla y León o
117 en Aragón. Y la lista de espera de las ayudas (esos 152.088 dependientes) se
concentra en Cataluña (48.695), Andalucía (32.888), Comunidad Valenciana
(16.129), Madrid (12.914) y Murcia (10.399).
El 2º problema de fondo, tras los retrasos y esperas, es que
las ayudas son escasas y de poca calidad, ayudas
“low cost”, para tratar de
llegar a más dependientes con poco coste. A finales de
abril, había 1.708.812 dependientes “atendidos”, la mayor cifra de estos
19 años, pero la mayoría recibía una ayuda económica escasa: 760.432
dependientes (el 30,87% del total) recibían una prestación económica
por ser atendidos por sus familias, una prestación muy insuficiente: 259,84
euros mensuales de media, según el
estudio de CENIE, pagando 180 euros a los dependientes Grado I, 315 euros a
los de Grado II y 455,40 euros mensuales a los de Grado III (que requieren cuidados
las 24 horas…). Actualmente, hay 2,1 millones de cuidadores en el entorno
familiar y el 67% (1,4 millones) son familiares, fundamentalmente
mujeres (4
de cada 5 cuidadores), que han tenido que dejar sus trabajos y reciben
estas ayudas públicas ridículas (que apenas pagan la quinta parte de una
cuidadora).
La 2ª ayuda a la Dependencia más extendida es la
teleasistencia (la recibían 659.786 dependientes en abril, el
26,78%), una forma barata (cuesta unos 30 euros al mes) de “atender”
a los dependientes y subir los porcentajes de atención (hay autonomías como
Madrid donde el 48,5% de los dependientes son “atendidos” con teleasistencia).
La 3ª ayuda más generalizada es la
ayuda a domicilio : la reciben 406.880 dependientes (el 16,52%), con
una media de 37,5 horas al mes, que suponen 1,24 horas diarias. Y encima hay
grandes desigualdades por autonomías (desde 76,9 horas al mes en Navarra a
53,5 horas en Galicia o 25,6 horas mensuales en Castilla la Mancha y Cataluña).
Y casi todas incumplen las horas mínimas que fijó un Decreto en 2023
(37 horas para Grado I, de 38 a 64 horas para Grado II y de 65 a 94 horas para
Grado III).
El 4º servicio o ayuda que reciben más dependientes es la
prestación económica vinculada a servicio, una especie de “cheque”
que reciben las familias para que luego contraten ellas el servicio que
quieran. Es una forma de “quitarse problemas” y de pagar poco
(entre 100/313 euros, 150/445 euros y 200/747 euros, según los Grados), sólo
una parte del coste real de los
servicios: el resto lo pagan las familias (son los “copagos” de la
dependencia). Reciben este “cheque”
242.168 dependientes, el 9,83% del total, aunque la fórmula ha ido
creciendo y es muy mayoritaria en Extremadura (la reciben el 45% de los
dependientes), Castilla y León (25,50%) y Canarias (36,71% dependientes). Casi la mitad
de estos cheques (106.568) son para que el dependiente se pague una
residencia, que cuesta 5 veces más.
Sigamos con otros servicios y ayudas a los dependientes, los
más caros y que menos se conceden. El 5º es la
atención residencial (que reciben 188.002 dependientes, el 7,63%), una
ayuda para que el dependiente vaya a una residencia (si
la encuentran: faltan 90.000 plazas). La ayuda supone entre 549,8 euros
al mes (Grado II) y 566,9 euros (Grado III), subvención que sólo
paga un tercio del coste real de la residencia. Y el 6º servicio más
ofrecido son los
Centros de día y noche (lo reciben 111.632 dependientes, el 4,53% del
total).
Al final, el balance de estos 19 años de Ley de Dependencia
refleja que se trata de “un derecho cojo”, que deja a muchos
dependientes desatendidos (el 11,5% esperan que les reconozcan un
grado o les llegue la ayuda reconocida, porcentaje
que alcanza al 24% en Canarias, el 19,2% en Cataluña, el 18,8% en Murcia ,
el 15,8% en Asturias y el 14,4% en Extremadura) y que concede escasas ayudas
económicas y servicios “low cost” a los atendidos. Pero lo más preocupante
es que el sistema de la Dependencia, la 4ª pata (coja) del Estado
del Bienestar deja a muchos dependientes fuera: casi las tres cuartas
partes (el 72,4%) de los mayores de 65 con alguna limitación no reciben
ayudas y 2
de cada 3 mayores con limitaciones severas (el 63,1%) carecen del
apoyo público adecuado, según el estudio de CENIE (Centro Internacional
sobre el Envejecimiento).
Esta desatención a los mayores dependientes
obliga a realizar un
enorme esfuerzo a sus familias, tanto económico como de tiempo,
especialmente a las mujeres que tienen que cuidar a sus padres,
esposos o hijos dependientes (recordemos: 4
de cada 5 cuidadoras son mujeres), lo que hunde en muchos casos sus
carreras profesionales y sus pensiones. El coste para una familia de
atender a un dependiente supone unos 10.105 euros anuales, según
un estudio de la Cámara de Comercio de Barcelona, pero el coste es mayor en
muchos casos: atender a una persona con Alzhéimer tiene un coste de 24.000
euros anuales, según
CaixaBank, que estima que las familias asumen el 87% de este gasto (20.880
euros), financiando el sistema el 13% restante. En los últimos años, las
familias con dependientes han visto que, a pesar de las ayudas, tienen
que hacer copagos más altos. De hecho, en 2025, las familias pagaron
2.356 millones, casi el 20% del coste
total de los servicios de la Dependencia (11.847 millones). Mucho
más que los copagos en educación y sanidad.
Visto lo visto, el estudio
de CENIE y los
balances de los Directores de Servicios Sociales (DGSS) coinciden en un
punto: la principal causa de la desatención a los dependientes es la falta
de financiación a la Dependencia, desde 2007 que se inició el sistema
hasta hoy (agravado por los recortes de Rajoy, -6.321 millones a la
Dependencia entre 2012 y 2020). Y como en las próximas décadas se van a
duplicar los dependientes (recordemos: habrá 5,8 millones de españoles
mayores de 80 años en 2050), hay que plantearse aumentar el gasto en
Dependencia. El estudio
CENIE propone duplicar el gasto actual en Dependencia (12.000
millones en 2025, el 0,71% del PIB) para 2030, hasta los 24.000
millones de euros anuales, el 1,3% del PIB, todavía menos de lo que
se gastan ahora en Dependencia los 38 paises de la OCDE (1,7% del PIB), en Paises
Bajos (4,1%) o en Suecia (3,7%). Y aunque supone duplicar el gasto, todavía
queda lejos de lo que España gasta ahora en pensiones (190.000
millones), sanidad (105.000 millones) o educación (75.000
millones).
Los expertos reiteran que el coste de la Dependencia
no es un gasto sino una inversión, porque tiene un
gran impacto en la economía : por cada euro destinado a la
Dependencia, el impacto en la economía (en sectores como el comercio, la
hostelería, la construcción, la industria, energía y actividades profesionales)
es de 1,6 euros, según el
estudio de CENIE. Y además, por cada euro gastado en Dependencia retornan
0,49 euros en ingresos por cotizaciones sociales e impuestos.
Actualmente, el sector de los cuidados emplea
a 770.760 trabajadores
(328.544 en atención residencial) y se estima que podría dar
trabajo a 440.000 más para 2030 si se mejora y generaliza la atención a
la Dependencia. Además, los cuidados informales (en el hogar) a los
dependientes suponen una
importante “economía invisible”, que no se cuantifica en el
PIB (aporta entre 60.000 y 79.000 millones anuales).
Pero no se trata sólo de gastar más en
Dependencia. El estudio
de CENIE y los
expertos coinciden en que urge hacer dos cambios de fondo
en el sistema. Uno, mejorar la gobernanza, reduciendo
la excesiva burocracia actual (hay dos procesos, uno para reconocer la
dependencia y otro para evaluar y aprobar las ayudas) y simplificando los
expedientes, para “universalizar” la atención, estableciendo además unos estándares mínimos
para reducir las desigualdades regionales. Y el otro, cambiar el
modelo de asistencia y ayudas, para priorizar los servicios
profesionales frente a las ayudas económicas, aumentado coberturas y calidad,
impulsando la asistencia personal y fomentando la atención en el hogar frente
a las residencias, que deben ser más pequeñas y atractivas. Y en este
camino, resulta clave reducir la precariedad y mejorar la formación, profesionalidad
y salarios del personal que atiende a los dependientes.
En resumen, ante
un envejecimiento imparable en España, urge avanzar hacia
un sistema de cuidados universal, equitativo y sostenible, lo que
exige duplicar el gasto actual y modificar
radicalmente la gestión actual de la Dependencia, para hacerla más ágil
y eficaz, un cambio que exige pactarlo entre el Gobierno y las autonomías (algo
hoy inviable). Hay que tomárselo en serio y crear un sistema de atención a la
Dependencia más eficaz, que afronte el reto de duplicarse los
dependientes para 2050. Hoy tenemos
un derecho social que no se garantiza, por falta de medios. Si
queremos reforzar el Estado del Bienestar, no sólo hay que pensar en la
sanidad, la educación o las pensiones. Hay que pensar en el futuro de
nuestros mayores. No podemos dejarles “tirados”.
España tiene un grave problema estructural del que casi nadie habla: el envejecimiento creciente de la población, propiciado por el aumento de la esperanza de vida, que es la más alta de Europa: 84,3 años de media, frente a 81,7 en la UE-27. Y esa esperanza de vida seguirá aumentando, hasta alcanzar los casi 87 años en 2050 y los 88 años en 2071, según las previsiones del INE. Con ello, tenemos y tendremos cada vez más personas mayores, muchas de ellas dependientes y necesitadas de cuidados. Así, si hoy hay 10,2 millones de mayores de 65 años, en 2050 serán ya algo más de 16 millones. Y los mayores de 80 años, un tercio de los cuales pueden ser dependientes, pasarán de ser 3 millones ahora (2025) a ser casi el doble en 2050 (5.811.396 personas mayores de 80 años, de ellos, 95.095 mayores de 100 años).
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jueves, 21 de mayo de 2026
Quedan 100 días para adjudicar Fondos UE
A partir de este domingo 24 de mayo, quedan 100 días para
adjudicar los proyectos que se financian con los Fondos
europeos, 103.000 millones de euros para el Plan de Recuperación
puesto en marcha en 2021, tras la pandemia. Y hay que correr, porque a
finales de marzo sólo se habían adjudicado 67.000 millones, el 71% de
los Fondos, y el plazo se acaba el 31 de agosto. En principio, lo
que no se adjudique se pierde, aunque el Gobierno ha pedido a Bruselas una
prórroga de 6 a 12 meses. Y además, aprobó este martes un Fondo soberano
(“España crece”), con recursos de estos Fondos UE para seguir
promoviendo inversiones después de 2026. Además, faltan
reformas por aprobar (bloqueadas en el Congreso) para conseguir el
7º pago de Bruselas, 24.166 millones, antes de finales de año. Es mucho
dinero, que debería anteponerse a las peleas políticas. Porque los Fondos
Europeos han sido y son claves para modernizar la economía,
crecer más y crear millones de empleos. Ahora, no se puede perder ni un euro. Enrique Ortega
España fue el primer país europeo en aprobar un Plan de Recuperación, el 27 de abril de 2021, para optar a las ayudas y créditos del Fondo “Next Generation EU”, unos 140.000 millones inicialmente adjudicados a España (70.000 en subvenciones a fondo perdido y 70.000 en créditos con bajo interés), con 4 objetivos básicos: la transición energética, la digitalización de la economía, las reformas económicas necesarias y la reducción de desigualdades regionales, sociales y de género. El Gobierno Sánchez envió el Plan a Bruselas el 30 de abril y un mes y medio después, el 16 de junio de 2021 lo aprobó la Comisión Europea (fue el primer Plan nacional aprobado), siendo ratificado por los ministros de Economía de la UE, el 13 de julio de 2021, “con la máxima calificación”.
A partir de ahí, el Plan de Recuperación empezó a andar
y enseguida llegaron los primeros Fondos europeos: el 17 de agosto de 2021, el
Tesoro español recibió la
primera transferencia de la UE: 9.036 millones en concepto de “prefinanciación”.
El primer
desembolso oficial condicionado (tras el anticipo de agosto) llegó el 27
de diciembre de 2021: 10.000 millones de euros, recibidos tras
confirmar la Comisión que España había cumplido 52 hitos y reformas.
El 27 de junio de 2022, la Comisión Europea aprobó un 2º desembolso oficial a España: otros
12.000 millones de euros de subvención, recibidos tras cumplir 40
hitos más. Ya en 2023, el 17 de febrero, la Comisión Europea
autorizó el
tercer desembolso condicionado para España: 6.000
millones de euros, que llegaron el 28 de marzo, tras confirmarse que España
había cumplido otros 29 hitos y objetivos en 2022. Y en pleno verano, el 26 de
julio de 2024, España
recibió el 4º pago condicionado, de 9.883 millones de euros, tras
confirmar Bruselas que había cumplidos 61 hitos y objetivos más. El 5º pago
fue el
que más tardó en llegar, el 8 de agosto de 2025, siendo el de mayor
importe: 23.100 millones de euros, 7.100 millones en subvenciones y
16.000 millones en créditos, tras solicitar España (en
las Navidades de 2022) recibir también créditos europeos, a cambio de más reformas.
El 6º pago de Fondos europeos lo
ha solicitado España el pasado 3 de marzo, por un importe de 7.256
millones de euros (6.205 millones en subvenciones y 1.051 millones en
créditos), tras justificar el cumplimiento de otros 78 hitos y objetivos. La
Comisión Europea aprobará este pago en mayo y lo ratificará el Consejo en
junio. Con ello, España habrá recibido este verano un total de 78.294
millones de Fondos europeos (60.511 millones en subvenciones a fondo
perdido y 17.783 millones en créditos), tras haber cumplido 343 hitos y objetivos
de reformas, el 70% del total, según el Gobierno. Y queda
por recibir este año el 7º y último pago, a solicitar en
septiembre, por un importe de 24.166 millones de euros (18.649 millones
en subvenciones y 5.517 millones en créditos), un pago elevado, que implica
aprobar los hitos y reformas pendientes (247) y adjudicar los proyectos en
trámite.
El problema es que Bruselas obliga a los paises a adjudicar
los proyectos del Plan de recuperación antes del 31 de agosto de 2026, so
pena de perder el dinero disponible (en el caso de España, esos 24.166
millones). Y España, como el resto, va retrasada en las adjudicaciones. Al
31 de marzo de 2026, España había adjudicado 67.000 millones de
euros, el 71% de los Fondos disponibles, según
el balance hecho por el vicepresidente Cuerpo en el Senado. Estos Fondos UE
ya adjudicados benefician a 1.460.000 adjudicatarios, entre empresas
(70% son pymes y micropymes) y particulares, habiéndose transferido
17.000 millones a las autonomías, 9.300 a las Corporaciones locales y 40.000 a
la Administración del Estado, quienes ahora deben gestionar los
proyectos. La mayoría son proyectos de digitalización, infraestructuras y
cohesión territorial (corredores Mediterráneo y Atlántico), proyectos
industriales y tecnológicos de vanguardia y proyectos de energías
renovables, transición energética y movilidad sostenible.
Como se ve, aún
quedan muchos proyectos por adjudicar (unos 27.000 millones de
euros) y poco tiempo para hacerlo, ya que el 31 de agosto es la fecha
límite para asignar todas las inversiones financiables con Fondos UE (subvenciones
y créditos) mediante la resolución de las convocatorias y licitaciones
pertinentes. Y, en paralelo, España deberá justificar ante Bruselas que ha
cumplido todos los hitos y reformas pendientes (247) que se exigen para
recibir el 7º y ultimo pago (esos 24.166 millones). Una doble carrera
contra reloj, donde la mayoría de paises europeos están retrasados,
como España.
Por eso, la propia Comisión
Europea aprobó en junio de 2025 una
Comunicación a los paises donde les pidió que agilizaran los
Planes de Recuperación, suprimieran las reformas que no se pudieran cumplir
y aumentaran los proyectos con mucha demanda. En cumplimiento de esta petición,
el Gobierno aprobó
el 9 de diciembre una “Adenda de Simplificación del
Plan de Recuperación”, para agilizar el proceso administrativo de
adjudicación, priorizando proyectos y acelerando la aprobación de los hitos
y objetivos que dan acceso a las subvenciones (79.854 millones en total),
reduciendo los créditos a pedir (iban a ser 83.200 millones y se quedan ahora
en 22.800, porque España tiene un buen acceso al crédito libre, ahora barato),
lo que permitirá reducir los hitos y reformas vinculados a estos créditos.
Tras
la Adenda de simplificación, se eliminan 17 reformas con rango de Ley
(difíciles de aprobar y que ya no se harán) y quedarán 230 hitos o reformas,
que habrá que aprobar antes del 31 de agosto. España
ya ha renegociado 5 veces con Bruselas los programas de inversión y
las reformas, con el objetivo de no perder ni un euro de subvenciones (79.854
millones), aunque podría perder algunos créditos (22.800 millones en total), o
cambiar esos proyectos por subvenciones. Por un lado, se adelantan objetivos
y se cambian unos proyectos por otros, intentando incluir programas de defensa
(como ha hecho Polonia), inicialmente fuera del Plan de recuperación. Y se
negocia que los Fondos no gastados puedan rescatarse después en forma de
Fondos estructurales, con margen hasta 2027. Y la última carta: el
presidente Sánchez
planteó en la última Cumbre informal de Chipre
(24 de abril) que el Plan de recuperación se ampliara 6 meses o un año
más, para poder adjudicar los últimos proyectos y las últimas reformas,
una prórroga que sería bien vista por otros paises.
Si es complejo adjudicar
en 100 días los proyectos pendientes (unos 27.000 millones), quizás resulta
más complicado aprobar
en este plazo los hitos y reformas pendientes, máxime cuando el
Gobierno está en una permanente “minoría parlamentaria”, con el “chantaje”
de Junts y la oposición a todo del PP y Vox. El problema (grave) es
que sin estas reformas no llegarán los Fondos UE de la 7ª entrega
(24.166 millones). Entre estas reformas
prometidas a Bruselas y que están paradas están la
subida de impuestos al gasóleo, la Ley de Industria, el proyecto de
Ley de la Función Pública, el proyecto de Ley de Familias, la Ley de mejora
de la protección del desempleo, el real decreto que refuerza la universalidad
de la sanidad, la Ley de Protección de la Competencia, el sistema de cuotas de
autónomos…Proyectos y reformas atascados en el Parlamento. Mientras, el
Gobierno busca vías para aprobar otras reformas con normas y Reglamentos que no
tengan que convalidarse en el Congreso.
Como vemos, adjudicar los últimos proyectos de inversión y aprobar
las últimas reformas en estos 100 días es una tarea gigantesca,
máxime sin la colaboración de la oposición. Pero debería ser una “prioridad
nacional”, porque España no puede permitirse perder ni un euro de los
casi 103.000 millones de Fondos europeos que nos corresponden (79.854
millones en subvenciones y 22.800 millones en créditos). Algunos
expertos estiman que, al ritmo actual de adjudicaciones y reformas, podríamos
perder el 10% (unos 10.000 millones).
El Gobierno Sánchez, además de presionar a Bruselas
para conseguir una prórroga, ha buscado una vía para recuperar el dinero que
no se gaste: este martes aprobó
la creación de un Fondo Soberano (“España Crece”) que
se financiará con 13.300 millones no gastados del Plan de Recuperación,
unos recursos que se destinarán al ICO (Instituto de Crédito Oficial, un
sucedáneo de “banco público”) para que con ellos financie proyectos de
inversión a partir de junio y, sobre todo, en 2027 y 2028. El
objetivo es que con estos “Fondos UE reciclados”, se puedan movilizar
inversiones por 120.000 millones de euros, arrastrando inversiones
privadas. El objetivo de este Fondo soberano (similar a los que
tienen Noruega y muchos paises del Golfo Pérsico) es seguir promoviendo
inversiones en sectores claves para modernizar la economía: digitalización,
descarbonización y sostenibilidad energética, tecnología, Defensa, vivienda
asequible y mejora de competitividad de las pymes. Ahora falta que la
Comisión Europea apruebe la creación de este Fondo “España Crece” con
Fondos UE.
En definitiva, España
tiene ante sí el mayor reto: cerrar en 100 días un Plan de Recuperación que
cumple 5 años y que ha transformado radicalmente la economía española,
disparando las inversiones en digitalización, energía, infraestructuras y
nuevas tecnologías. Este empujón de los Fondos europeos explica entre
el 10 y el 14% del crecimiento español entre 2021 y 2025, según
Funcas, que ha sido estos 5 años muy superior al de Europa (+21,9% creció el PIB en España, frente a +12,9% en la UE-27). Y junto al turismo, los
inmigrantes y las exportaciones, los Fondos UE han ayudado a crear
3.118.700 nuevos empleos en esos 5 años.
Ahora, no se trata de criticar si el cumplimiento del Plan
de recuperación va
lento o no (es el mayor reto inversor de nuestra historia para el
Estado, las autonomías, Ayuntamientos y empresas) y si se puede agilizar más
(hay más
de 3.700 funcionarios y empleados públicos trabajando en el Plan y se han
aportado ya más de 1,7 millones de documentos de verificación a Bruselas,
un tremendo reto burocrático). Lo importante es que hay que volcarse en estos 100
días que quedan, desde el Gobierno a todas las autonomías,
Ayuntamientos y empresas implicadas, para acelerar las adjudicaciones y
poner en marcha los proyectos. Y habría que lograr un pacto político
para que el Congreso trabajara a destajo (incluso en agosto) para aprobar como
sea las reformas que nos exige Bruselas, so pena de perder muchos millones.
Pero no parece que los políticos estén por acordar esta doble tarea, así que perderemos
dinero, proyectos y empleos. Es una “vergüenza nacional”.
España fue el primer país europeo en aprobar un Plan de Recuperación, el 27 de abril de 2021, para optar a las ayudas y créditos del Fondo “Next Generation EU”, unos 140.000 millones inicialmente adjudicados a España (70.000 en subvenciones a fondo perdido y 70.000 en créditos con bajo interés), con 4 objetivos básicos: la transición energética, la digitalización de la economía, las reformas económicas necesarias y la reducción de desigualdades regionales, sociales y de género. El Gobierno Sánchez envió el Plan a Bruselas el 30 de abril y un mes y medio después, el 16 de junio de 2021 lo aprobó la Comisión Europea (fue el primer Plan nacional aprobado), siendo ratificado por los ministros de Economía de la UE, el 13 de julio de 2021, “con la máxima calificación”.
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lunes, 18 de mayo de 2026
La inflación nos agobia
La inflación subió un +3,2% anual en abril, el
2º mes que supera el 3%, por la guerra en Oriente Medio, aunque la
subida es mucho menor a la que provocó la invasión de Ucrania (hasta +10,8%
en julio 2022). El problema es que llueve sobre mojado: en los últimos
5 años, la inflación acumulada sube un +22,9%, siendo mucho mayor la
subida de alimentos (+36,4%), alquileres (+42,8%), hoteles y
restaurantes (+30,6%) o transporte (+22,3%). Y sobre todo, los
precios han subido más que los salarios (+14,93% en los últimos 5 años),
con lo que la mayoría de familias han perdido poder adquisitivo, más que
en Europa. Por eso, aunque la economía y el empleo crecen más en España, muchos
ciudadanos “no notan” esta mejoría y más de la mitad cree que la
economía está “mal o muy mal”. Para corregir este pesimismo, sólo queda
una salida: subir más los salarios, tras varios años en que las empresas
han mejorado mucho sus ventas y beneficios. Urge repartir mejor el
crecimiento. Los alimentos han subido +36,4% en los últimos 5 años
España sigue creciendo (+0,6% el primer trimestre 2026, un +2,7% anual) y 2026 será el 5º año consecutivo en que creceremos más que el resto de Europa (+2,1%, según el FMI. Sin embargo, los españoles no tienen la sensación de que “la economía va bien”: el 52,8% opina que la economía española va “mal” (38%) o “muy mal” (14,8%), según el último Barómetro del CIS (abril 2026). Un porcentaje de “pesimistas” que es mayor al de antes de la pandemia (en junio de 2019, sólo un 39,8% veían la economía entonces mal o muy mal), aunque es mejor que la sensación negativa que tenían tras la invasión de Ucrania (el 72,6% de los encuestados veían la economía “mal” o muy mal” en abril de 2022). Curiosamente, cuando a esas mismas personas se les pregunta cómo es su situación económica particular, son muy optimistas: el 64,7% la calificaban de “buena” (60,7%) y muy buena (4%), el doble de los que pensaban así antes de la pandemia (junio 2019): 32,5% dijeron que “buena” y 1,3% “muy buena”.
La posible explicación a esta aparente contradicción
(“España va mal, pero yo voy bien”) puede estar en la caída
de la confianza del consumidor tras varias crisis (pandemia, invasión
de Ucrania, guerra en Oriente Medio) y, sobre todo, en la preocupación
por la inflación y la vivienda, los dos
problemas que más destacan los encuestados por los Barómetros del CIS.
La inflación no debería preocupar tanto,
porque bajó dos
décimas en abril (al 3,2%), gracias a la rebaja de impuestos a los
carburantes y a la electricidad (que cuesta la mitad que en Europa, por el
mayor peso de las renovables). Y ese 3,2% de inflación está muy lejos de
los precios disparados tras la crisis anterior, la que siguió a la
invasión de Ucrania (24 febrero 2022): llegó a subir por encima del 10% entre
junio y agosto de 2022 (con un
máximo del 10,8% de inflación en julio 2022) y no bajó del 4% hasta
mayo de 2023. El problema no es la inflación actual, sino que
llueve sobre mojado y los consumidores han sufrido subidas
constantes de precios en los últimos 5 años que se han comido sus ingresos
y ahorros. Veámoslo.
La inflación “acumulada” hasta abril de 2026
(desde abril de 2021) ha sido del +22,9%, según el INE, aunque hay muchas
partidas de gasto que han subido mucho más (o bastante): alimentos
(+36,4%), restaurantes y hoteles (+30,6%), bebidas y tabaco
(+25,2%), transporte (+22,3%), seguros y servicios financieros
(+20,6%), cuidados personales (+19%), gastos de vivienda, luz, agua y
calefacción (+17%) y muebles (+14,9%). Y los alquileres han subido mucho
más: +42,8% entre abril de 2021 y abril de 2026, según
Idealista. Y si nos vamos más atrás, hasta abril de 2008, los precios han
acumulado en los últimos 18 años (hasta abril 2026) una subida del +41%.
Y han
subido mucho más los alimentos (+59%), los seguros y servicios financieros (+71,9%),
los restaurantes y hoteles (+53,1%), la enseñanza (+47,5%), los gastos de la
vivienda (+45,3%) y el transporte (+42%). Y los
alquileres subieron un +76,5%...
Esta subida acumulada de los precios no
afecta a todos por igual: daña
más a las familias con menos ingresos, porque gastan más porcentualmente
en alimentación, energía, transporte y alquileres, los productos y servicios
que más se han encarecido, con lo que han tenido que modificar y recortar sus
gastos (ahorrando en carnes, pescados y verduras frescas, por ejemplo), con más
problemas para llegar a fin de mes. Y además, la
subida de precio de los carburantes les afecta más y funciona como “un
termómetro emocional” de la inflación, alimentando la creencia de que la
economía va “mal” o “muy mal”. Y encima, la subida de la inflación y la
incertidumbre geopolítica han frenado en seco la bajada del Euribor,
con lo que se les encarece la hipoteca que tienen pendiente (o
una que pensaran pedir): el
Euribor cerró abril en el 2,747%, el precio más elevado del
último año y medio, con lo que la próxima revisión de una hipoteca media (163.378
euros a 25 años, al Euribor+1%) les supondrá pagar 839 euros al mes, 52 euros
más que hace un año (+624
euros al año).
El problema es que esta
inflación acumulada en los últimos años se ha “comido” los ingresos
de la mayoría de las familias, porque los sueldos han crecido mucho menos y han
perdido poder adquisitivo, teniendo que echar mano de los ahorros o endeudándose.
En los últimos 5 años (2021-2025), los
salarios en convenio crecieron
un +14,93%, con lo que las familias perdieron un -8,8% de poder adquisitivo.
Y si nos vamos más atrás, al inicio de 2018, los salarios han subido un +47%
hasta finales de 2025, mientras la inflación acumulada subía un 41,8%. Así que
los españoles han tenido una subida
real de sus ingresos en los últimos 18 años del +5,2% (ganan 2.531
euros de media, 812 euros más que en 2008). Con razón vemos que el sueldo no
da… Y si miramos lo que pasa este año 2026, seguimos
perdiendo poder adquisitivo: los precios han subido un 3,2% anual hasta abril y
en estos 4 meses, la subida media pactada en los convenios ha sido del 2,94%
(balance: -0,26%) .
Este menor aumento del poder adquisitivo en España
tiene 2 causas. Una, que España tiene más inflación que la
media europea y que los grandes paises: en abril, la inflación anual de
España (el dato “homologado”) fue del +3,5% anual, frente al 3% de media
en la zona euro, el 2,9% de Alemania e Italia y el 2,5% en Francia, según
Eurostat. Y la otra, que los sueldos en España han subido menos,
algo que pasa desde hace décadas : entre 2000 y 2024, los salarios reales
(descontando la inflación) han subido un +5,1% en España, frente a una
media del +19,4% que subieron en la OCDE (38 paises occidentales), una subida
real del +19,7% en Francia, un +17% en
Alemania, un +2,3% en Italia o un 7,3% en Portugal.
Esta mayor pérdida del poder adquisitivo en España alimenta
el pesimismo de los que ven la economía “mal” o “muy mal”, máxime
cuando estalla otra guerra que dispara la energía y cuando siguen subiendo los
alquileres. Y esto se refleja en el índice
de Confianza del Consumidor,
que publica el CIS, que ha bajado tras la
guerra en Irán (del 79,6 en marzo de 2025 al 66,9 en marzo de 2026), aunque se
sitúa por encima de antes de la pandemia (63,3 en marzo 2020). Un indicador que
refleja que el 29,4% de las familias llegan justo a fin de mes y otro
14,9% lo tienen difícil y han de recurrir a los ahorros o a endeudarse.
Eso sí, las ayudas públicas desplegadas por el Gobierno Sánchez por la
pandemia y la invasión de Ucrania, más las reformas fiscales, han permitido que
las familias más vulnerables (el 20% con menos ingresos) hayan
mejorado su poder adquisitivo entre 2017 y 2023, según un reciente
estudio del Instituto de Estadios Fiscales, que demuestra que se ha reducido
esos años la
desigualdad, aunque todavía es elevada:
el 10% más rico ingresa 23,1 veces que el 10% más pobre.
Esta pérdida de poder adquisitivo de la mayoría de
hogares contrasta con la mejora de ventas, márgenes y beneficios de las
empresas, sobre todo a partir de 2023. Los últimos datos del Observatorio
de Márgenes Empresariales demuestran que los márgenes empresariales (el
excedente bruto de explotación) están en máximos, tanto en cifras
absolutas como en los aumentos: crecieron un +10,7% entre 2018 y 2019 y han
aumentado un +12,9% en 2024-25. Y si descontamos la inflación, los
márgenes empresariales (beneficio bruto) han crecido un +30% entre 2019
y 2025, frente al 13% que han crecido los salarios reales. A lo
claro: que en el reparto del pastel del crecimiento (PIB), las empresas han
aumentado su trozo casi el doble que los trabajadores. Y los
sectores donde ha crecido más el margen real (descontando la inflación) estos
últimos años (entre 2018-19 y 2024-25) han sido la energía (+5% de
margen sobre ventas), la hostelería y turismo (+4,6%), el comercio
mayorista de alimentos (+1,9% de margen real) y la construcción (+1,4%),
sectores donde los salarios han perdido peso real.
El bajo crecimiento de los salarios, frente a una
alta inflación acumulada, preocupa al Gobierno, porque impide
que la mayoría de las familias se beneficien más del alto
crecimiento y la importante creación de empleo (+3.326.100 ocupados entre
2020 y 2026). Y proponen qué hacer: “Que nadie nos diga que no
se pueden subir los salarios cuando los beneficios crecen”, declaró
el presidente Sánchez en febrero pasado, al firmar el nuevo salario mínimo.
Y cara al 1 de mayo, los sindicatos han reiterado a la patronal que se
siente a negociar un nuevo Acuerdo para el Empleo y la Negociación
Colectiva (AENC), tras el
V Acuerdo firmado para 2023-2025. Su propuesta es que los
salarios suban un 4% cada año, más un 1,5% adicional si se dispara la
inflación. Y subidas extras de hasta el 3% para los trabajadores que
cobran menos de la media de su sector. De momento, han pasado 5 meses y la
patronal no tiene prisa en negociar las futuras subidas, que defienden
menores.
Al final, la mayoría de las familias
están “agobiadas” por la inflación, no tanto por la subida de
cada mes sino por la acumulada en los últimos años. Aquí poco se
puede hacer, salvo vigilar los excesivos márgenes de algunos sectores,
aunque mucha inflación es importada, por el aumento de costes de la
energía y las materias primas. Donde sí se puede actuar es en los
salarios, que deberían subir más por dos razones. Una,
porque ahora pueden hacerlo la mayoría de las empresas, que
llevan años subiendo ventas y márgenes (no sólo costes, como dicen). Y la otra,
porque los sueldos en España siguen siendo de los más bajos de Europa,
según
Eurostat: 19,5 euros la hora en 2025, frente a 26,2 euros/hora de media en
la UE, 34,5 euros en Alemania, 30 euros en Francia y 23 en Italia.
España y sus empresas no pueden seguir compitiendo como la
China de Europa, a
base de salarios muy bajos que compensen la menor competitividad de los
productos y servicios. La economía española está modernizándose y ya hay
más empresas con innovación y tecnología, que exportan y mejoran sus márgenes y
beneficios, que pueden mejorar los sueldos de sus trabajadores, sobre
todo de los que menos ganan (el 40% de los asalariados ganan entre 1.582 y
2.659 euros brutos, según
el INE). Y esta mejoría salarial (nada descabellado: piden
subir los sueldos un 4%) es necesaria para que más familias se beneficien de
la buena marcha de la economía y puedan llegar a fin de mes. Y también para
que se mantenga y aumente el consumo, motor clave para crecer y crear
empleo, pero clave también para que las empresas vendan y ganen más.
Es hora de repartir
mejor el aumento del pastel entre empresas y trabajadores. Hay que subir
más los salarios para repartir mejor el crecimiento.
España sigue creciendo (+0,6% el primer trimestre 2026, un +2,7% anual) y 2026 será el 5º año consecutivo en que creceremos más que el resto de Europa (+2,1%, según el FMI. Sin embargo, los españoles no tienen la sensación de que “la economía va bien”: el 52,8% opina que la economía española va “mal” (38%) o “muy mal” (14,8%), según el último Barómetro del CIS (abril 2026). Un porcentaje de “pesimistas” que es mayor al de antes de la pandemia (en junio de 2019, sólo un 39,8% veían la economía entonces mal o muy mal), aunque es mejor que la sensación negativa que tenían tras la invasión de Ucrania (el 72,6% de los encuestados veían la economía “mal” o muy mal” en abril de 2022). Curiosamente, cuando a esas mismas personas se les pregunta cómo es su situación económica particular, son muy optimistas: el 64,7% la calificaban de “buena” (60,7%) y muy buena (4%), el doble de los que pensaban así antes de la pandemia (junio 2019): 32,5% dijeron que “buena” y 1,3% “muy buena”.
Como pasa con los precios, la pérdida de poder
adquisitivo es desigual, según las familias y sus ingresos. Tomando
los datos de 2025 (un año en que se ganó poder adquisitivo:+0,5%), hubo
2 millones de trabajadores en empresas privadas que perdieron poder
adquisitivo (porque su salario subió menos que la media), +3,5%), 4,4
millones que lo ganaron y otros 3,7 millones que lo mantuvieron. Y los 3,1
millones de empleados públicos lo mantuvieron (sin ganar ni perder). Y con
ello, en 2025, España
fue el país europeo donde menos aumentó el poder adquisitivo de los
trabajadores (+0,5%), menos que Francia (+0,8%) o Dinamarca (+0,6%), Italia
(+1,1%), Alemania (+1,4%), Irlanda (+1,8%), Paises Bajos (2,3%), Portugal
(+3,8%), Finlandia (+4,1%), Suecia (+6,6%).
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jueves, 14 de mayo de 2026
Funcionarios: 35 horas y más oposiciones
A partir del 16 de mayo, 250.000 funcionarios y empleados
del Estado pasarán a trabajar 35 horas a la semana, 2,5 horas
menos que ahora, por un acuerdo entre el Gobierno y los sindicatos. Un
horario reducido que se cumple desde hace años en 11 de las 17
autonomías y en 35 de los 56 grandes Ayuntamientos, mientras no se ha
conseguido recortar la jornada a 37,5
horas a todos los trabajadores, por el veto de Junts, PP y Vox. Pero esta
reducción de jornada a la mayoría de
trabajadores públicos choca con dos problemas: necesitamos reforzar
las plantillas del Estado (menores que en 2010, por las jubilaciones), a
pesar de las abultadas oposiciones convocadas desde 2019, y urge reducir
su precariedad: un tercio de los empleados públicos son interinos,
lo que ha provocado sentencias contrarias del Tribunal de
Justicia UE y dos dictámenes en abril de la Comisión Europea para
que España lo solucione en dos meses. El Gobierno ha convocado a las autonomías para reformarlo. Es urgente. La mitad de los funcionarios del Estado trabajan ahora 35 horas semanales
Esta jornada de 35 horas no es nueva para los empleados públicos. Empezó a aplicarse en algunas Administraciones Públicas (sobre todo en autonomías y Ayuntamientos) en los años 90, pero su aplicación se interrumpió en 2012, cuando el Gobierno Rajoy prohibió este horario (dentro de su política de “ajustes y recortes”) y estableció como norma general para todas las Administraciones Públicas las 37,5 horas semanales. Esta limitación se suprimió en 2018 y varias entidades públicas volvieron a recuperar la jornada de 35 horas. Ahora la tienen 11 de las 17 autonomías (Andalucía, Aragón, Cantabria, La Rioja, Murcia, Castilla la Mancha, Extremadura, País Vasco, Canarias, Castilla y León y Asturias) y 35 de los Ayuntamientos de las 56 grandes ciudades españolas (no trabajan 35 horas los empleados municipales de Valencia, Palma, Alicante, Vitoria, A Coruña, Vigo, Pontevedra, Albacete, Castellón, Salamanca, Huelva, León, Jaén, Lugo, Cáceres, Ciudad Real, Soria y Teruel).
Pero los funcionarios y empleados públicos de la
Administración General del Estado (AGE) no recuperaron las 35 horas
de otras Administraciones, lo que lleva años siendo un caballo de batalla de
los sindicatos de funcionarios. En 2022, el recorte de jornada en la AGE fue incluido
en el Acuerdo
Marco para una Administración del Siglo XXI, firmado entre el
Gobierno, UGT y CCOO, sin la presencia de CSIF (el sindicato mayoritario en la
Administración), que no se incorporó hasta noviembre de 2025. Y con los 3
sindicatos, el Gobierno acordó
explícitamente, el 27 de marzo de 2026, implantar el recorte de jornada
en gran parte de la Administración del Estado, con una Resolución
publicada en el BOE el 15 de abril
y que los organismos han de aplicar desde este 16 de mayo.
El
acuerdo establece una jornada de 35 horas (frente a las 37,5
actuales) para 246.500 funcionarios y empleados públicos de la
Administración General del Estado (AGE), algo menos de la mitad del total
(son 540.830 empleados públicos en la AGE), porque el acuerdo no incluye
a las Fuerzas y Cuerpos de la Seguridad del Estado, las Fuerzas Armadas,
personal de la Administración de Justicia (tendrán las 35 horas, pero tras
concretarlo en una mesa sectorial) y los
funcionarios de Prisiones (a negociar también). Los distintos Ministerios, la
Seguridad Social y los organismos públicos afectados han
tenido un mes para reajustar horarios y turnos (para asegurar la
atención al público y los servicios), de tal manera que a partir de este
sábado 16 de mayo ha de aplicarse el nuevo horario de 35 horas, con el
mismo sueldo.
La Resolución del
Gobierno concreta los
nuevos turnos para estos empleados públicos de la AGE. El horario de
mañana ya no será de 9.00 a 14.30, sino de 9.00 a 14.00. Esto suma 25
horas. “El tiempo restante hasta completar la jornada semanal se realizará en
horario flexible, entre las 7.00 y las 9.00 de lunes a viernes y entre las
14.00 y las 18.00 de lunes a jueves, así como entre las 14.30 y las 15.30 horas
los viernes”, agrega la Resolución. El horario de mañana y tarde pasa a
ser de 9.00 a 16.30 horas (antes era hasta las 18.00) y el de tarde de
15.00 a 20.00 (antes era hasta las 19.30). Además, la jornada intensiva de
verano no cambia: se mantiene en seis horas y media entre el 16 de
junio y el 15 de septiembre, “a desarrollar entre las 8.00 y las 15.00 de lunes
a viernes” en horario de mañana. En horario de tarde, transcurrirá por norma
general entre las 14.30 y las 21.30 horas. Por otra parte, los empleados
públicos en régimen de especial dedicación, con mayores
responsabilidades y, mejores salarios, empezarán a trabajar 37 horas y media,
en vez de las 40 actuales.
Además de este recorte de horario, el acuerdo
establece la flexibilidad horaria: 1 hora de margen para entrar y
salir a los empleados públicos que tengan que cuidar a niños menores de 12
años, mayores o discapacitados. Y se incluye el compromiso del Gobierno de impulsar
el teletrabajo en la Administración Pública (AGE), que se reguló en
2021 (tras la COVID) como “voluntario y reversible” pero que ahora se practica
poco y de forma arbitraria. La idea del Ministerio y los sindicatos es pactar
pronto una regulación más clara y precisa, que podría consolidar un
modelo de trabajo 3 días en remoto y 2 presenciales, siempre con
la condición de asegurar la atención al público en todos los servicios. Y en
paralelo, el Gobierno y los tres sindicatos del sector público, firmaron el
28 de noviembre un pacto
salarial para asegurar una subida del 11,4% hasta 2028 para
los 3 millones de empleados públicos (la subida del 2,5% de 2025 se abonó en
diciembre, con efectos desde enero), tras una
pérdida de poder adquisitivo del 20% desde 2010.
Este recorte de jornada ya implantado para la mitad
de empleados de la Administración General del Estado (246.500 de 540.830) podría
presionar a las autonomías (1.934.335 empleados públicos) a
rebajar la suya (en el caso de las 6
autonomías donde se trabajan 37,5 horas: Madrid, Cataluña, Comunidad
Valenciana, Galicia y Baleares) al igual que a los
21 Ayuntamientos de grandes ciudades que no la
han rebajado. Pero los expertos no creen que ayude a la
rebaja de jornada en las empresas privadas, sobre todo después de
que Junts,
PP y Vox rechazaran en el Congreso, el 10 de septiembre de 2025, debatir el
proyecto de Ley de reducción de Jornada a 37,5 horas (desde las 40 horas
actuales), aprobado
por el Consejo de ministros el 6 de mayo de 2025, en cumplimiento del pacto
de Gobierno PSOE-Sumar.
Con ello, los trabajadores de empresas privadas
trabajan ahora más horas que la mayoría de los empleados
públicos: la jornada media pactada por todos los trabajadores en
2025 (4º trimestre) era de 151,7 horas al mes (37,92 horas semanales), según el INE, pero casi
la mitad de los ocupados trabajan más de 40 horas semanales efectivas: 9,33
millones (el 41,8% de los ocupados) trabajan de 40 a 49 horas
semanales y otros 1,20 millones (el 5,4% del total) trabajan incluso
más de 50 horas a la semana, según la EPA de
marzo. Los empleados que trabajan jornadas más largas son los jóvenes
(el 55% tienen entre 25 y 34 años) y los empleados en hostelería, comercio,
construcción y algunas industrias, sobre todo en Madrid, Baleares,
Canarias, Cantabria y Galicia.
Ahora se han mejorado los horarios y los sueldos de muchos funcionarios
y empleados públicos, pero siguen con dos graves problemas de fondo.
Uno, que son
insuficientes en muchos destinos, porque su número se ha
reducido con los años, debido a que han crecido más las jubilaciones que las
contrataciones, especialmente en la Administración General del
Estado (AGE): eran 597.021 empleados en 2010, cayeron hasta
512.577 en 2018 y aunque han aumentado después, eran 540.830 en 2025,
47.000 empleados públicos (AGE) menos que en 2010, aunque la población en
España ha
aumentado en 3 millones de habitantes en estos 15 años. En los
Ayuntamientos, a pesar de ese aumento de la población censada, las
plantillas se han estancado: de 632.719 empleados públicos en 2015 a 632.030 en 2025. Donde sí han aumentado
mucho es en las autonomías y Universidades: de una plantilla conjunta de
1.450.479 trabajadores en 2015 a 1.934.335
en 2025 (+33,3%).
En conjunto, las
plantillas públicas cayeron de los 2.680.219 empleados en 2010 a
2.611.747 en 2018, para crecer luego hasta los 3.107.195 empleados
públicos que había en 2025. Un crecimiento del +19%
en los últimos 15 años, algo superior al aumento del conjunto de
trabajadores, que ha sido el +15,1%: de 18.476,900 ocupados en
2010 a 19.344.100 en 2018 (crecieron mientras bajaban los empleos públicos)
y los 22.268.000 ocupados en 2025. Con todo, el porcentaje español de
empleados públicos sobre el total de trabajadores era del 15,4% en 2024,
menos que la media OCDE (18,4%) y que paises como Suecia (28,2%), Dinamarca (27,3),
Francia (20,7%), Bélgica, Reino Unido (17,1%) y Austria, aunque más que EEUU
(14,6%), Italia (13,7%) o Alemania (11,5%) : ocupamos el puesto 25 de 38
paises en el
ranking de funcionarios en la OCDE. Así que es otro mito que “tenemos
muchos funcionarios”…
El otro problema que tenemos con los empleados públicos
(además de que son
pocos para un país que ya roza los 50 millones de habitantes) es que su
situación laboral es muy precaria, porque más de un tercio de los 3
millones son interinos o tienen un contrato temporal, debido a que
muchas Administraciones (sobre todo las autonomías, en la sanidad y educación,
y los Ayuntamientos) han cubierto las jubilaciones y nuevas necesidades con personal
temporal, que en muchos casos lleva años (y décadas)
así. Los
datos son espeluznantes: hay 1.237.526 funcionarios (904.603) y
personal laboral (332.927) con contratos temporales y de interinidad,
lo que supone que son “precarios” casi
el 40% del personal público (el 39,82%). Esta temporalidad es
especialmente preocupante en la Sanidad (334.925 interinos, el 45% de
las plantillas), en Educación (225.616 interinos, el 33%), en la Universidad
(92.345 temporales, el 48% de las plantillas), en los empleados de las autonomías (81.613
temporales, el 34%), el personal interino de la Administración Local (225.888,
el 36% de las plantillas) y los interinos en Justicia (18.786, el 34%
del personal), bajando el porcentaje de precariedad en las Agencias
estatales (3.832, el 19%) y en la Administración General del Estado
(24.976 interinos en la AGE, el 5% de las plantillas).
Unas cifras
de temporalidad espeluznante (casi 40%), muy superior al
porcentaje de asalariados temporales en el conjunto de la economía (14,77% en marzo,
según la EPA) y muy superior al tope del 8% que marca la Comisión
Europea, que obligó a reformar esta situación como condición para
pagar una parte de los Fondos Europeos (en el verano de 2025,
España no cobró 626 millones de estos Fondos UE por no haber aprobado la
reforma para reducir el porcentaje de empleados públicos temporales). Además, este
14 de abril, el
Tribunal Europeo de Justicia (TJUE) ha emitido una sentencia
considerando que las soluciones que aplica España a la alta
temporalidad de los empleados públicos (indemnizaciones tasadas, oposiciones
anuales y la figura del “indefinido no fijo”) “no son suficientes”
para evitar el abuso y reparar el daño. Tras este dictamen, el Tribunal Supremo español ha emitido una sentencia este martes donde cierra la puerta a hacer fijos a los interinos que hayan encadenados contratos temporales, salvo que aprueben una oposición, y propone una indemnización adicional (hasta de 10.000 euros) en caso de despido si ha habido abuso de la temporalidad.
Este grave problema de la temporalidad de los contratos
públicos se produce después de que distintas
oposiciones, hayan dado la fijeza a 419.000 trabajadores públicos en
los últimos 5 años. Precisamente, el Gobierno Sánchez ha convocado más
de 274.000 plazas de oposiciones desde 2019 (saltando de las 20.911
convocadas por Rajoy en 2017 a las 40.146 plazas convocadas en 2024 y las
37.017 convocadas este 2026), tanto para cubrir nuevas plazas como para
incorporar a interinos como fijos. Pero aún así, hay 1,2 millones de
empleados públicos interinos, el 60% de ellos en las autonomías, que
son las que gestionan el personal en la Sanidad, la Educación la Universidad o
la Justicia.
Así que España debe aprobar una reforma urgente para
evitar la multa europea y reducir la alta precariedad de los
empleados públicos, algo que no ayuda a que trabajen con eficacia. Además,
habrá que aumentar las próximas oposiciones, para pasar a fijos a parte
de estos interinos, lo que tendrá un coste elevado para autonomías,
Ayuntamiento y la Administración del Estado. Pero no hay otro camino, porque
necesitamos más que nunca unos servicios públicos que funcionen bien y no estén
cortos de plantillas, como ahora. Eso obliga a tener también unos ingresos
públicos crecientes, algo que choca con la rebaja de impuestos por la que
apuestan autonomías y Ayuntamientos controlados por PP y Vox. Es hora de tener unas
plantillas públicas con contratos decentes y bien pagados, porque su
trabajo es clave para que funcione mejor el Estado del Bienestar, que
debería se la prioridad de todos. A ello: es urgente.
Esta jornada de 35 horas no es nueva para los empleados públicos. Empezó a aplicarse en algunas Administraciones Públicas (sobre todo en autonomías y Ayuntamientos) en los años 90, pero su aplicación se interrumpió en 2012, cuando el Gobierno Rajoy prohibió este horario (dentro de su política de “ajustes y recortes”) y estableció como norma general para todas las Administraciones Públicas las 37,5 horas semanales. Esta limitación se suprimió en 2018 y varias entidades públicas volvieron a recuperar la jornada de 35 horas. Ahora la tienen 11 de las 17 autonomías (Andalucía, Aragón, Cantabria, La Rioja, Murcia, Castilla la Mancha, Extremadura, País Vasco, Canarias, Castilla y León y Asturias) y 35 de los Ayuntamientos de las 56 grandes ciudades españolas (no trabajan 35 horas los empleados municipales de Valencia, Palma, Alicante, Vitoria, A Coruña, Vigo, Pontevedra, Albacete, Castellón, Salamanca, Huelva, León, Jaén, Lugo, Cáceres, Ciudad Real, Soria y Teruel).
Tras la sentencia contra España del TJUE, por la
situación de los empleados públicos temporales, la Comisión Europea ha
vuelto a reaccionar, enviando
el 29 de abril 2 dictámenes motivados al Gobierno español,
instándole a que presente una reforma en el plazo de 2 meses (antes
del 29 de junio) si no quiere que abran otro expediente sancionador y lo envíen
a los Tribunales comunitarios. Ante esta decisión, el Ministerio
de la Función Pública convocó a las autonomías el 7 de mayo, para tomar
medidas (dado que la mayor temporalidad está en las autonomías y Ayuntamientos)
y evitar la multa con la que amenaza Europa (además de la
pérdida definitiva de esos 626 millones de Fondos UE). De momento, se
han creado 2 Grupos de trabajo para estudiar “posibles cambios normativos”.
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