El pasado 1 de enero se cumplieron 19 años de la entrada en vigor de la Ley de Dependencia, la 4ª pata del Estado del Bienestar (tras la sanidad, la educación y las pensiones), que regula las ayudas públicas a los dependientes, en su mayoría mayores. Tras estos años, el balance de la Ley es agridulce, como reflejan dos datos: se han atendido a más de 4 millones de dependientes, pero 900.000 dependientes mayores han muerto sin recibir ninguna ayuda, por el retraso en los expedientes o en la concesión de ayudas y servicios. Los expertos consideran que la Ley de Dependencia nos ha concedido un nuevo derecho pero que está pendiente de ser efectivo, por falta de financiación, exceso de burocracia, escasa cuantía de las prestaciones y servicios “low cost” de baja calidad, que además son muy desiguales por autonomías, según donde vivan los dependientes.
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jueves, 19 de marzo de 2026
Dependencia: un derecho pendiente tras 19 años
Mucha gente protesta por los problemas en sanidad, educación,
vivienda o transportes. Pero no hay un clamor social para mejorar la
situación de los mayores dependientes, que esperan años para recibir
ayudas ridículas: hay 258.167 dependientes esperando que les valoren o
recibir una ayuda reconocida. Y como son muy mayores, 32.704 fallecen
cada año sin ser atendidos (90 cada día). Un dato escandaloso,
que refleja los graves problemas de la Dependencia, tras 19 años de
vigencia de la Ley. Problemas causados por la falta de financiación del Estado y
las autonomías, que reaccionan (desigualmente) a la falta de recursos con retrasos
y ayudas “low cost” (264,55 euros mensuales de media a las familias con un
dependiente). Los Directores de Servicios Sociales proponen un Pacto
para gastar el doble en Dependencia y reducir en dos años las
listas de espera, ofreciendo ayudas dignas. Un reto urgente y
necesario, porque aumentarán los dependientes: si ahora hay 3 millones de
personas con más de 80 años, en 2050 serán 6 millones. Ayudémosles.
Enrique Ortega
El pasado 1 de enero se cumplieron 19 años de la entrada en vigor de la Ley de Dependencia, la 4ª pata del Estado del Bienestar (tras la sanidad, la educación y las pensiones), que regula las ayudas públicas a los dependientes, en su mayoría mayores. Tras estos años, el balance de la Ley es agridulce, como reflejan dos datos: se han atendido a más de 4 millones de dependientes, pero 900.000 dependientes mayores han muerto sin recibir ninguna ayuda, por el retraso en los expedientes o en la concesión de ayudas y servicios. Los expertos consideran que la Ley de Dependencia nos ha concedido un nuevo derecho pero que está pendiente de ser efectivo, por falta de financiación, exceso de burocracia, escasa cuantía de las prestaciones y servicios “low cost” de baja calidad, que además son muy desiguales por autonomías, según donde vivan los dependientes.
El gran problema de la Ley de Dependencia, que
entró en vigor el 1 de enero de 2007, es que aprobó derechos para los
dependientes y sus familias pero no aseguró la financiación necesaria
para cumplirlos. Y tras la crisis financiera y de la deuda, los dependientes
sufrieron duramente los recortes impuestos por Bruselas y Rajoy: se
estima que la financiación a la Dependencia se redujo -6.321 millones entre
2012 y 2020, con una baja aportación del Estado central y las autonomías.
En 2021, el Gobierno Sánchez aprobó un Plan de choque para la
Dependencia, aportando 600 millones extras al año en 2021, 2022 y 2023, además
de aumentar los Presupuestos: la inversión del Estado en Dependencia
alcanzó los 3.478 millones en 2024, el triple que en 2014 (1.130
millones). Las autonomías aumentaron algo su aportación, pero varias
aprovecharon el aumento del Estado para aportar menos. Y en 2025, tras dos años
sin Presupuestos, la financiación pública a la Dependencia apenas aumentó: se
destinaron 13.506 millones de euros, el 0,8% del PIB, la mitad del
gasto medio que hacen los paises europeos, según
los Directores de Servicios Sociales (DGSS).
Casi dos tercios de esta financiación pública a la Dependencia
(el 60,5%) procedió en 2025 de las autonomías, mientras el Estado central
aportó el 39,5% restante, aunque la Ley fijaba que el reparto iba a ser 50%/50%
(en 2009, antes de los recortes, el Estado central aportaba el 52,5%). Pero la
mayoría de las autonomías no tienen a la Dependencia como una prioridad
y por eso gastan poco y de forma muy desigual. De hecho, en 2025,
hubo
9 autonomías que recibieron del Estado Central menos recursos
que en 2024 porque incumplieron los compromisos de gestión acordados:
Aragón (-8,3 millones), Castilla y León (-5,8), Madrid (-3,6), Canarias (-2,3),
Castilla la Mancha (-1,3), Cataluña (-1,18), Baleares (-899.000 euros), Asturias
(-363.000 euros) y Murcia (-323.000). Y hay una gran diferencia regional en el gasto
en dependencia por habitante: gastan más que la media (6.015
euros anuales) la Rioja (7.537 euros/habitante), País Vasco
(6.567) y Castilla la Mancha (6.432 euros), mientras están a la cola
del gasto Aragón (4.020 euros/habitante), Asturias (4.045),
Ceuta y Melilla (4.418) Castilla y León (4.418), Madrid (5.821) y Cataluña
(5.918 euros/habitante).
Ante una escasa financiación, mientras crecen los
dependientes (por el envejecimiento de la población), las autonomías
(que gestionan la Dependencia) llevan
casi dos décadas utilizando 2
vías de salida, dos “trucos” para conseguir que el sistema medio
funcione: retrasar la concesión de las ayudas y dar servicios más
baratos (“low cost”) para atender con poco dinero a más dependientes:
en
2025 había 1.677.042 dependientes atendidos
con ayudas, más del doble que en 2011 (752.005). Veamos cómo lo hacen.
Por un lado, retrasan la entrada de nuevos dependientes,
multiplicando
la burocracia en un proceso larguísimo para reconocer las ayudas:
revisión documentos e informes, valoración de cada persona, valoración
provisional, resolución de grado de dependencia (I, II y III, los dependientes
más graves), trámite para proponer una ayuda o servicio, cálculo de los
ingresos y lo que tendrá que pagar el dependiente (copago), resolución y
entrega de los servicios, que aún se retrasan porque los han de prestar los
Ayuntamientos (más demora). En total, la tramitación de un expediente, desde
que se solicita la ayuda hasta que se concede son 341 días de media, según
los Directores de Servicios Sociales, cuando la Ley fija un plazo máximo de
180 días. Y hay una gran desigualdad de plazos por autonomías: tres superan
el año (559 días Murcia, 496 días Andalucía y 430 días Canarias),
mientras sólo 6 autonomías cumplen la Ley (113 días tardan los
expedientes en Castilla y León, 129 en el País Vasco,141 en Aragón, 151 en
Ceuta y Melilla, 165 en Castilla la Mancha y 174 en La Rioja).
Pero los retrasos no acaban ahí. A veces, las autonomías
revisan un expediente ya aprobado, para modificar el grado. En total, a finales
de 2025 había 109.260 expedientes pendientes de valoración, con los
dependientes y sus familias esperando… Y hay otro retraso posterior, también
para reducir el gasto: no dar las ayudas a los dependientes que las tienen
reconocidas: a finales de 2025 había 148.907 dependientes (+6.461 que en
2024) “en lista de espera” para recibir una ayuda o servicio que ya tienen
reconocido. Es lo que se llama “el
limbo” de la Dependencia y afecta al 8,3% de los dependientes
reconocidos, un porcentaje que es mucho mayor en algunas autonomías, las peor
gestionadas: Canarias (28,6% de los dependientes con derecho reconocido
no reciben ayudas ni servicios), País Vasco (15%), Cataluña (13,4%),
Murcia (13,3%), Extremadura (11,9%), Baleares (10,1%) y Ceuta y Melilla (10,6%).
Y que es bajo en Aragón (sólo el 1,3% dependientes en el limbo),
Galicia (1,5%), Cantabria(2,3%), Navarra (3,4%), Asturias (3,9%) y Castilla y León
(4%).
Sumando los expedientes pendientes de valoración (109.260) y
los dependientes reconocidos que esperan la ayuda o servicio (148.907 en el
limbo), da un total de 258.167 dependientes “desatendidos” a finales de 2025,
según
el estudio de los Directores de Servicios Sociales (DGSS). Una cifra que baja
algo cada año pero que se mantiene demasiado alta. Y la peor consecuencia es
que muchos de los dependientes desatendidos son muy mayores (4 de
cada 5 tienen más de 80 años) y se mueren antes de que les reconozcan
las ayudas o se las concedan: el
reciente estudio de DGSS cifra en 32.704 los dependientes que
murieron en 2025 esperando que les valorasen (17.994) o que les llegue la ayuda o
servicio reconocido. Son 90 muertes diarias, el gran
fracaso del sistema de Dependencia.
El otro camino (junto a los retrasos) que utilizan
las autonomías para afrontar la falta de financiación es conceder
ayudas y servicios baratos (“low cost”) para poder “atender” así a
más dependientes (en las estadísticas). La principal ayuda que conceden son
las prestaciones económicas por cuidados familiares, que reciben ahora
728.851 familias (el 45% de los dependientes atendidos) por cuidar ellos a sus
dependientes en casa. Y la ayuda es ridícula: 262 euros al mes
de media (385 para los Dependientes de Grado III, que necesitan ayuda 24 horas…).
Y encima, hay varias autonomías que pagan mucho menos de media: 171
euros Navarra, 185 Asturias, 200 euros Castilla y León, 203 Cantabria, 221
Aragón, 223 euros mensuales Extremadura. Y la que más paga Galicia, son 377
euros.
La 2ª ayuda más concedida es la
teleasistencia, la más barata, que reciben 628.736 dependientes, el 55%
de los dependientes atendidos en su domicilio (hay autonomías como Madrid
donde el 51% de los dependientes graves son “atendidos” con teleasistencia).
Además de ser “vergonzoso” que la teleasistencia se considere como una “ayuda”,
en 2023 se aprobó un Decreto para que la teleasistencia llegara al 100%
de los dependientes, pero todas las autonomías lo incumplen.
Otro servicio que se concede es la
ayuda a domicilio (71.028 prestaciones), más una ayuda sobre el
papel que real, por su escasa intensidad: la media son 37,5horas al mes,
lo que supone una media de 1,24 horas diarias (2 horas y 15 minutos diarios
para los grandes dependientes…). Y aquí hay también una gran desigualdad en
las autonomías: en Navarra se ofrecen 76,9 horas al mes o 53,5 en Galicia,
mientras sólo se conceden 18,6 horas al mes (37 minutos diarios) en Aragón,
24,8 en el País Vasco o 25,6 en Castilla la Mancha y Cataluña. Y casi
todas las autonomías incumplen las horas mínimas que fijó el Decreto de
2023 (37 horas para Grado I, de 38 a 64 para Grado II y de 65 a 94 para Grado
III).
Seguimos con otros
servicios, los más caros y que menos se conceden. Uno son los centros
de día (que sólo se conceden a 33.701 dependientes). Y el otro, la
atención residencial (la tienen 108.015 dependientes), una ayuda para que
el dependiente vaya a una residencia (si la encuentra: faltan 90.000 plazas). La
ayuda supone entre 549,8 euros al mes (Grado II) y 566,9 euros
(Grado III), subvención que sólo paga un tercio del coste real de la
residencia. Y lo mismo pasa con otras prestaciones por servicio:
la autonomía da una ayuda (un cheque) y las familias “se buscan la vida” para
contratar el servicio con una empresa o cuidadora y paga la diferencia. Son los
famosos “copagos” que pagan las familias. En conjunto, del
coste total de los servicios de la dependencia (11.847 millones en
2025, el resto hasta los 13.506 millones es el coste de gestión), las
familias pagan ya 2.326 millones, casi el 20%.
Como se ve, tras 19 años, el sistema de la dependencia “hace
aguas”: mantiene a muchos dependientes en lista de espera y los que
reciben ayudas, son mínimas y sus familias tienen que buscarse ayuda por
su cuenta (contratar una cuidadora) o dejar de trabajar para
atender a padres, hijos o familiares dependientes (el 72,3% de los
cuidadores familiares son mujeres), lo que trunca sus carreras
profesionales. Por eso, expertos como los Directores de Servicios Sociales
(DGSS) dicen
que la Dependencia “es un derecho pendiente”, que está
sobre el papel (la Ley) pero que no se cumple con eficacia tras 19 años. Y
que a este ritmo, tardaríamos 20 años en acabar con las listas de espera
de la Dependencia.
En diciembre de 2016, los Directores de Servicios Sociales (DGSS) consiguieron que la mayoría del Parlamento (salvo el PP y PNV) firmaran un
Pacto por la Dependencia, para mejorar su financiación y sus resultados.
Pero ha sido papel mojado. En febrero de 2025, el Gobierno aprobó
una reforma de la Ley de Dependencia que está parada en el
Congreso. Esta reforma mejora algunos de los problemas actuales de la
dependencia, según reconocen los expertos de DGSS, pero tiene un problema de
fondo: no asegura más financiación para la Dependencia. Por eso, los
Directores de Servicios Sociales hacen
varias propuestas: duplicar la financiación a la Dependencia
(aportar a medio plazo el 2% del PIB, 32.000 millones frente a los 13.500 millones
de gasto en 2025), simplificar los trámites y la burocracia, mejorar la
calidad y cuantía de las ayudas y servicios, universalizar la teleasistencia,
reformar las residencias y mejorar la economía de los cuidados, con más
personal y mejores salarios.
Además, lanzan otra propuesta: aprovechar que este año 2026
se cumplen los 20 años de la Ley de Dependencia para alcanzar
un nuevo Pacto por la Dependencia, con 5 puntos: aumentar la
aportación del Estado hasta el 50% del coste total, reducir a cero en dos años las listas de espera (el “limbo”
de la Dependencia), aprobar medidas para mejorar la intensidad y la calidad de
los servicios apoyando más a las familias, comprometerse a que no se recortará
la Dependencia y que los cambios se aprobarán por Ley y apostar por una mayor
transparencia, para conseguir una información actualizada y completa, con mayor
seguimiento y control.
En las actuales circunstancias políticas, será difícil conseguir
este Pacto por la Dependencia, pero es una necesidad urgente, porque
la población española envejece y aumentarán año tras
año los mayores dependientes. De hecho, hoy hay 3 millones de personas
con más de 80 años (el 6% de la población), que acabarán necesitando ayuda,
pero en 2050
habrá ya 6 millones con más de 80 años (el 11%) y necesitaremos un
sistema de Dependencia que sea eficaz y no tenga listas de espera ni servicios low
cost. O nos preparamos desde ahora, con financiación,
personal, medios, ayudas y centros de atención (distintos, por favor, a las
siniestras residencias actuales) o la Dependencia será uno de los grandes
dramas de las familias este siglo. Y, sobre todo, una losa para las
mujeres.
El pasado 1 de enero se cumplieron 19 años de la entrada en vigor de la Ley de Dependencia, la 4ª pata del Estado del Bienestar (tras la sanidad, la educación y las pensiones), que regula las ayudas públicas a los dependientes, en su mayoría mayores. Tras estos años, el balance de la Ley es agridulce, como reflejan dos datos: se han atendido a más de 4 millones de dependientes, pero 900.000 dependientes mayores han muerto sin recibir ninguna ayuda, por el retraso en los expedientes o en la concesión de ayudas y servicios. Los expertos consideran que la Ley de Dependencia nos ha concedido un nuevo derecho pero que está pendiente de ser efectivo, por falta de financiación, exceso de burocracia, escasa cuantía de las prestaciones y servicios “low cost” de baja calidad, que además son muy desiguales por autonomías, según donde vivan los dependientes.
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lunes, 16 de marzo de 2026
Otro récord de bajas laborales
La patronal está obsesionada con el absentismo,
con las bajas laborales. Los datos avalan su preocupación: 1,47 millones
de trabajadores faltaron cada día a su trabajo en 2025, 1,1 millones por
bajas médicas (+83% desde 2017). Y el coste de estas bajas (ILT) se
ha triplicado, siendo 33.280 millones en 2025: 16.616
millones pagan las empresas y 17.164 millones la Seguridad Social, el 2º mayor gasto
tras las pensiones. Estamos ante un problema grave, pero no se
puede “culpar a los trabajadores", insinuando que “se escaquean” con las
bajas, como hace la patronal. La causa de las bajas disparadas es el
deterioro de la sanidad pública, que tarda meses en atender y curar y carece
de medios para mejorar controles y reducir plazos. También ha crecido el
estrés en el trabajo y muchos trabajadores se preocupan más de su salud,
mientras los jóvenes no aceptan trabajar enfermos (como hacían
sus padres). Gobierno, sindicatos y patronal se han reunido
varias veces para reducir las bajas, pero no logran acuerdos .
Las bajas laborales vienen creciendo en España desde 2014, cuando se empieza a superar la crisis financiera de 2008, y sobre todo tras la pandemia. En 2012, la tasa de absentismo (porcentaje de ocupados que se ausentan del trabajo) rondaba el 4%, mientras las bajas por enfermedad (ILT) rondaban el 2% (el resto son ausencias por diversos motivos). A partir de 2014, sube ligeramente el empleo y también el absentismo, por encima del 5% en 2019 (las bajas por enfermedad suponen el 2,7% de las horas de trabajo). La pandemia trastoca las cifras, hasta picos de absentismo del 7% en 2021 y 2022, siendo el 5,8% por bajas por enfermedad. Y a partir de estos máximos, el absentismo ha bajado, pero poco: era del 6,6% en septiembre de 2025, un promedio diario de 1.477.549 personas que se ausentaron del trabajo, según el último estudio de Randstad. Y de ellas, el 5,2% no trabajaban porque estaban de baja médica (ILT), concretamente 1.164.129 trabajadores de baja.
Voy a centrarme en las bajas médicas (ILT), porque
son el grueso de las bajas (el 79%), en esos 1,16 millones de
trabajadores de baja a finales de 2025. La gran mayoría de estas bajas
médicas (el 91%) son por contingencias comunes, por problemas
temporales de salud (roturas y problemas de huesos y músculos,
enfermedades respiratorias, trastornos digestivos, infecciones y
problemas mentales), siendo una minoría (9%) las bajas derivadas de enfermedades
profesionales. Un reciente informe
de AIReF ha dado la alarma: las bajas médicas
por contingencias comunes se han casi duplicado, pasando de 4,7 millones
en 2017 a 8,6 millones en 2024 (+83%), mientras las bajas
por enfermedades profesionales están estables (unas 700.000). Y a la vez, esas
bajas por contingencias comunes son más largas: de 40 días en
2017 a 45,9 días en 2024.
Podría pensarse que hay más bajas médicas porque hay más
gente trabajando (+3,4 millones de ocupados desde 2017). Pero no es por eso,
como lo demuestra el dato de las bajas médicas por 1.000 trabajadores:
eran 21,4 en 2017, saltaron a 28 en 2019, a 32,8 en 2022, a 36,5 en 2024
y a 38
bajas por 1.000 trabajadores en 2025, un salto enorme (+77,5%). Un
porcentaje de bajas médicas superior al del resto de Europa: si
en España suponían el 4,5% de las horas pactadas en 2024, la media
europea era el 2,5%, en Italia el 0,7% y en Alemania
el 3,2%, frente al 3,9% en Francia, un 4,1% en Bélgica y un 3,6% en
Portugal, según
este estudio de Ivie. Y la OCDE sitúa a España como uno de
los paises occidentales con más bajas laborales, con una media de 4,9
semanas perdidas al año por enfermedad.
El problema de este alto nivel de bajas médicas no es sólo
la pérdida de jornadas y de productividad, sino también su alto coste,
no sólo para empresas y trabajadores sino también para la Seguridad
Social. Actualmente,
los tres primeros días en que no se trabaja por un problema médico, el
trabajador no cobra nada. Del 4º al 15º día, el trabajador cobra el 60% de su
sueldo (mejor, de su base imponible) y lo paga su empresa. Entre el día 16º y
el 20º de baja, cobra ese mismo 60%, pero ya se lo paga la Seguridad Social (el
INSS) y desde el día 21 en adelante, lo sigue pagando el INSS (a través de las
Mutuas), pero el trabajador cobra algo más, el 75% de su base imponible. Así
que de baja se cobra menos, aunque hay convenios que
complementan lo que se recibe (hasta el 80/91% del sueldo).
Así que las empresas pagan una parte del sueldo
del trabajador del 4º al 15º día que está de baja, unos costes que han pasado de 4.806
millones en 2015 a 16.116 millones pagados en 2025, según los datos oficiales.
Y el mayor desembolso lo hace la Seguridad Social (el INSS), cuya
factura por las bajas médicas ha pasado de 6.149 millones en 2015 a 17.164
millones en 2025, la 2ª mayor factura que paga la SS tras las pensiones. En
conjunto, el
coste total de las bajas médicas se
ha triplicado en la última década, desde los 10.955 millones que
costaban en 2015 a los 33.280 millones gastados en 2025.
Veamos el perfil del trabajador que está de baja,
según el
informe de la AIReF. Hay más mujeres (40 por 1.000
trabajadores, frente al 33,86 de media) que hombres (30), se da más entre
jóvenes (41,1 por 1000 entre 25 y 35 años, 34,4 entre 35 y 45 años,
28,7 entre 45 y 55 y 29,7 entre 55 y 65 años), aunque los más mayores están de
baja el doble de días. Cogen más bajas médicas y más largas los asalariados
(38,3 por 1000 trabajadores, con 112,5 días de media) que los autónomos (10,7
bajas por 1000, de 42,4 días de media) y más los asalariados con contrato
fijo que los temporales. Los sectores
con más bajas médicas (ILT) son la industria, las actividades sanitarias y
servicios sociales, el transporte y almacenamiento, el suministro de agua y
residuos, junto a las actividades administrativas, sin olvidar también a la
construcción y el turismo. En general, las bajas se concentran en las
grandes empresas, más que en las pymes. Y por autonomías, las que
tienen más bajas médicas son Navarra (52,2 por 1.000 trabajadores), Cataluña(49,1)
y País Vasco (42,6), aunque donde más han crecido desde 2017 han sido en
Canarias y Cantabria. Un dato llamativo
es que un 25% de los trabajadores son los que concentran el 55% de las
bajas y muchos repiten.
¿Por qué se ha disparado el absentismo laboral en España?
Para
muchos expertos, la pandemia supuso una situación disruptiva que
agravó los problemas sanitarios, laborales y sociales que ya habían elevado el
absentismo. Y sobre todo, el subsiguiente deterioro de la sanidad pública, que
ha aumentado
las listas de espera para el médico de familia, las pruebas y las
consultas de los especialistas, lo que complica que muchos trabajadores con
problemas de salud o roturas puedan volver a trabajar. Y además, la falta de
personal en la Seguridad Social ha retrasado la resolución de muchos
expedientes, a pesar de la ayuda inestimable de las Mutuas (que han de pasar
por un médico de familia para dar las altas).
También hay otros factores que explican el
aumento del absentismo, en España y en todo Occidente : el aumento de la
población ocupada (hay 4,2
millones de trabajadores más en España que en 2014), la menor tasa de paro
(11,76% frente
al 26,94% en 2013, con lo que hay “menos miedo a perder el empleo) y, sobre
todo, una “distinta
actitud ante el trabajo” de los jóvenes: muchos tienen contratos
precarios y mal pagados y tienen menos interés por su trabajo, mientras han
aumentado los problemas de ansiedad y salud mental. Y no ayuda a bajar el
absentismo la falta de conciliación familiar y los disparatados horarios
laborales.
Otro factor que cada día cobra más peso es el
aumento del “estrés” en el trabajo, que ha disparado la depresión y
los problemas mentales de muchos trabajadores, que son ya la 2ª mayor
causa por la que se pide ahora una baja laboral, según la SS. Y además,
son las bajas cuya duración más ha aumentado, de 19 días hace una década a 45
días ahora. Según
este informe de UGT, en 2025 se concedieron 420.783 expedientes de
ILT por trastornos mentales y de comportamiento, sobre todo en
comercio, hostelería, actividades sanitarias y de servicios sociales, actividades
administrativas, Administración pública y educación. Y consideran que estos problemas
mentales son culpa en muchos casos de la temporalidad y la inseguridad laboral, las largas jornadas
laborales y la presión y sobrecarga de trabajo o el trato con clientes, a los
que se han sumado los problemas derivados de la digitalización y el teletrabajo
más las negativas condiciones climáticas (olas de calor, inundaciones,
incendios…).
Al final, el elevado absentismo laboral daña la
productividad del país y de las empresas, pero también a los trabajadores,
que cobran mucho menos mientras están de baja. Por eso, el absentismo
preocupa no sólo a los empresarios (que llevan
años quejándose del aumento) sino también a los sindicatos, lo que
se ha traducido en que ambas partes dedicaran un capítulo (el
VII) a abordar el absentismo en el V
Acuerdo para el Empleo y la Negociación Colectiva, firmado el 10 de mayo de
2023. En ese documento, tanto la patronal como los sindicatos exhortaban al estudio
de las causas, incidencia y duración de las bajas laborales y estaban de
acuerdo en pedir una mayor colaboración de las Mutuas de Trabajo para
agilizar los expedientes, en coordinación con el personal sanitario del SNS. Y
además, pedían más medios para reducir las listas de espera de la sanidad
pública y medidas para proteger la salud de los trabajadores y reducir los
procesos de bajas.
En linea con estas propuestas de las fuerzas sociales, el
Gobierno anunció en febrero de 2024
que aprobaría una medida para agilizar y reducir las bajas laborales: que
las
Mutuas laborales (que son parte del sistema público de SS) controlen
las bajas laborales (ILT) de origen traumatológico, que concentran
8 de cada 10 bajas por contingencias comunes. Eso supondría que los
médicos de familia derivarán estas bajas a las Mutuas, que gestionarán el
proceso de recuperación y rehabilitación, proponiendo después el alta a los
médicos del SNS, los únicos que podrán darlas. No se trataba de
“privatizar” el proceso, que estará siempre supervisado por entidades públicas
y sujeto al consentimiento del trabajador, pero sí de aligerar de la mayor
parte de esta tarea a los médicos de los centros de salud, que hoy están
superados con el seguimiento de las bajas. Pero dos años después, la medida sólo
se aplica en 4 autonomías (Baleares, Asturias, Cataluña y Castilla
la Mancha, más Ceuta y Melilla) porque la mayoría de las autonomías (PP)
están retrasando la firma de los convenios.
Mientras, la patronal denuncia el alto nivel de
absentismo y pide
que el control de las bajas pase a las Mutuas, en tanto muchas
empresas recortan los complementos salariales que están pagando a los trabajadores
de baja. Y los sindicatos rechazan
que se “victimice” a los trabajadores y defienden que se mejore la sanidad
pública, para recortar la espera de los trabajadores para diagnósticos y
operaciones, mientras reiteran la necesidad de abordar los problemas de salud
laboral y en especial los crecientes problemas de salud mental. Y la AIReF, defiende
básicamente tres medidas: mejorar la conexión entre los
agentes que gestionan las bajas (sanidad, SS, Mutuas, empresas y trabajadores),
reducir las listas de espera en la sanidad pública y dotar de más medios a la atención primaria y
al INSS en el seguimiento y la gestión activa, con las Mutuas, de las bajas
médicas.
En resumen, tenemos un problema de demasiadas bajas
laborales que tardan en resolverse, en perjuicio de los afectados, sus
empresas y la Seguridad Social. No se trata de acusar a los trabajadores
de “escaquearse” y pedir una baja injustificada para no trabajar
(como hacen algunos líderes patronales) sino de analizar con datos y
rigor qué está pasando, por qué se han disparado las bajas y qué se
puede hacer para reducirlas y evitar su abultado coste, que perjudica al
trabajador, a la empresa y a toda la economía. Hay
que huir de soluciones “fáciles”, “populistas o demagógicas”
y pactar fórmulas para agilizar los tratamientos y los
expedientes. Y, en paralelo, avanzar en prevención y salud laboral,
fortaleciendo una sanidad pública que no se recupera. Pero, sobre todo, hay
que mejorar el trabajo en las empresas: menos “ordeno y mando” y más
integración, mejor ambiente laboral, para que ir a trabajar
no sea un tormento. Así habrá menos absentismo.
Enrique Ortega
Las bajas laborales vienen creciendo en España desde 2014, cuando se empieza a superar la crisis financiera de 2008, y sobre todo tras la pandemia. En 2012, la tasa de absentismo (porcentaje de ocupados que se ausentan del trabajo) rondaba el 4%, mientras las bajas por enfermedad (ILT) rondaban el 2% (el resto son ausencias por diversos motivos). A partir de 2014, sube ligeramente el empleo y también el absentismo, por encima del 5% en 2019 (las bajas por enfermedad suponen el 2,7% de las horas de trabajo). La pandemia trastoca las cifras, hasta picos de absentismo del 7% en 2021 y 2022, siendo el 5,8% por bajas por enfermedad. Y a partir de estos máximos, el absentismo ha bajado, pero poco: era del 6,6% en septiembre de 2025, un promedio diario de 1.477.549 personas que se ausentaron del trabajo, según el último estudio de Randstad. Y de ellas, el 5,2% no trabajaban porque estaban de baja médica (ILT), concretamente 1.164.129 trabajadores de baja.
En octubre de 2025, la Seguridad Social propuso a las
fuerzas sociales una
vuelta al trabajo “flexible (poco a poco) para los que han sufrido
enfermedades graves y se han recuperado, una medida que no gustó a los
sindicatos (“quieren poner a trabajar a personas enfermas”). Y las
fuerzas sociales no se volvieron a reunir con el Gobierno para afrontar el
problema de las bajas hasta el
pasado 9 de febrero, cinco días después del impactante informe de
AIReF. No salió nada de esta reunión, salvo la promesa del Gobierno de crear
un Observatorio para estudiar las bajas laborales. Y una semana
después, el
16 de febrero, Gobierno, sindicatos y patronal volvieron a reunirse
sin resultados: los
sindicatos se plantaron y dijeron que no negociarán sobre el
absentismo mientras el Gobierno no cierre temas pendientes (jubilación anticipada empleados públicos y penalización jubilaciones por ERE) .
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jueves, 12 de marzo de 2026
Demasiadas muertes por trabajar
Cada día mueren 2 personas en el trabajo o yendo y
viniendo de trabajar. Fueron 735 muertes por accidente laboral en 2025,
61 menos que en 2024, aunque aumentaron los muertos en la construcción (+29
fallecidos). Y España es el 6º país europeo con más muertes laborales
en relación con los que trabajan. Los sindicatos denuncian que son “demasiadas
muertes” y que muchas podrían evitarse si las empresas invirtieran
más en prevención. Además, se quejan de que hay muchas enfermedades
profesionales que no se reconocen, como algunos cánceres. En febrero de 2026, Gobierno
y sindicatos han pactado una reforma de la Ley de prevención de riesgos
laborales de 1995, para reforzar la prevención y afrontar nuevos riesgos de salud
mental, trabajo digital y cambio climático. Pero la patronal se descolgó
del acuerdo, porque no quiere más normas sino regularlo en los convenios. Ahora
falta aprobar los Decretos y la nueva Ley, algo que no será
fácil por los enfrentamientos en el Congreso. Pero hay que tomar medidas para frenar estas “muertes silenciosas”.
No puede ser que el trabajo mate. Enrique Ortega
Este lunes, un hombre de 56 años murió al caer desde el tejado de una empresa en la que estaba trabajando en Sant Fruitós de Bages (Barcelona). Es el penúltimo trabajador muerto este año por accidente laboral en España, tras los 735 fallecidos en 2025, en el trabajo (584 muertes) o yendo y viniendo de trabajar (otros 151 muertos “in itinere”), según los datos recién publicados por Trabajo. Una cifra que reduce en 61 los 776 muertos en accidentes laborales en 2024 y que es algo menor a los 721 muertos en accidente laboral en 2019, antes de la pandemia, aunque ahora hay 2,5 millones de personas más trabajando. Aún así, son muchos más que los 558 muertos laborales de 2013, el mínimo desde antes de la crisis financiera (hubo 841 muertos en 2007), y la mitad de las 1.580 muertes en el trabajo (más de 4 diarias) que se contabilizaron en España en el año 2000.
Empecemos por los
datos de los accidentes laborales, que prácticamente se estancaron
en 2025: hubo 1.163.047 accidentes declarados, un 1,5% menos que en 2024
(1.181.202). Pero algo menos de la mitad (542.661, -1,8%) fueron “accidentes
sin baja”, generalmente leves, porque muchos de estos trabajadores
prefirieron no pedir la baja, para no tener problemas laborales (los sindicatos
denuncian que estos accidentes sin baja crecen en los últimos años).
Algo más de la otra mitad fueron “accidentes
con baja”, 620.386 en 2025, casi los mismos que en 2024
(628.300), aunque muy lejos de los accidentes con baja que había en España en
plena “burbuja inmobiliaria” (1.022.067 en 2007), aunque es una cifra de
accidentes con baja similar a la que había antes de la pandemia (650.602
en 2019). Pero hay que recordar que ahora trabajan en España 2,5 millones de
personas más…
El grueso de los accidentes de trabajo con
baja se produjo en
el trabajo (529.838 accidentes,-19% que en 2024) y el resto fueron
accidentes “in
itinere” (90.548,+2,9% que en 2024), accidentes producidos al ir y
venir de trabajar, que son los accidentes que más crecen en los últimos años,
por accidentes de tráfico. La mayoría de los accidentados en el trabajo son hombres
(70,2%), pero curiosamente son las mujeres quienes tienen más
accidentes laborales “in itinere” (el 54% del total), quizás porque se
desplazan más para conciliar el trabajo con llevar a los hijos al colegio o
hacer las compras. La gran mayoría de los accidentados con baja son asalariados
(95,4%) y el resto autónomos (4,6%).
Las actividades
más peligrosas en 2025,
con más accidentes laborales en el trabajo con baja, fueron la industria
(96.068, el 18,3% del total), la construcción (78.845 bajas, el 15,06%), el
comercio y la reparación de vehículos (69.968 accidentes, el 13,20%), las
actividades administrativas y servicios auxiliares (57.030, el 10,76%), la
hostelería (50.837, el 9,59%), el transporte y almacenamiento (41.168, el
7,76%) y las actividades sanitarias y servicios sociales (40.864 accidentes, el
7,71%). Pero si tenemos en cuenta los que trabajan en cada sector, la “siniestralidad
relativa” (accidentes
por cada 100.000 trabajadores), las actividades más
peligrosas son en realidad la
construcción (5.510 accidentes en el trabajo por cada 100.000
trabajadores), la minería (5.413), el suministro de agua y saneamiento (5.136),
la industria (4.364), el campo (3.759), el transporte y almacenamiento (3.555),
las actividades administrativas y servicios auxiliares (3.473) y la hostelería (2.731),
los 8 sectores con más accidentes que la media (2.547 por 100.000
trabajadores). Y las
autonomías más “peligrosas” para trabajar son, curiosamente, Baleares
(3.791 accidentes/100.000 trabajadores), Navarra (3.655), Castilla la
Mancha (3.227), La Rioja (3.155) y Aragón (2.912), por
encima de la “siniestralidad” de Andalucía (2.720), Comunidad
Valenciana (2.509),Cataluña (2.356) o Madrid (1927 accidentes/100.000
trabajadores).
Centrándonos en las muertes
en el trabajo (584 en 2025), las actividades más letales fueron
los servicios (262 muertos, -64 que en 2024), la construcción
(164 muertos, 29 más, por lo que “alertan” los sindicatos), la industria (110
muertes laborales, -6) y el campo (48 muertos, -21). Pero si tenemos en cuenta
la “siniestralidad
relativa”, el sector con más muertes en el trabajo es la
construcción (11,32 muertes por 100.000 trabajadores), a mucha
distancia del campo (6,68 por 100.000), la industria (4,52) y los servicios
(1,61 muertos por 100.000 trabajadores, muy por debajo de la media: 2,81
muertes/100.000). Y por
autonomías, las más letales para trabajar son Andalucía
(95 muertes en el trabajo), Cataluña (91 muertes, su peor dato desde 2009),
Comunidad Valenciana (66), Madrid (55) y Castilla la Mancha (41 muertes). Pero
si lo comparamos con los trabajadores de cada región, la “siniestralidad
relativa” cambia: las más “letales” son Castilla
la Mancha (5,32 muertos en el trabajo por 100.000 trabajadores), Asturias
(5,24), Murcia (4,32), Galicia (4,23) y Castilla y León (3,98),
frente a 2,95 muertes/100.000 trabajadores en Andalucía, 2,41 en Cataluña y
1,52 en Madrid.
Los accidentes y las muertes laborales preocupan también en
Europa, donde se producen casi 2,2 millones de accidentes con baja
(2.153.161 en 2023) y 2.972 muertes en el trabajo (2023), según
los últimos datos de Eurostat. España es el 2º país europeo con más
accidentes en el trabajo en relación a los que trabajan (2.707
accidentes por cada 100.000 trabajadores en 2023), sólo superado por Portugal
(2.995 accidentes) y muy por encima de la tasa europea (1.500 accidentes por
100.000 trabajadores), cerca de Francia (2.644) y lejos de Alemania
(1.620/100.000), Italia (1.182), Bélgica (1.513) o Dinamarca (1.578). Y en
cuanto a las muertes en el trabajo, la tasa de España
(2,28 muertes/100.000 trabajadores) supera a la media europea (2,28/100.000),
a Paises Bajos (0,6), Alemania (0,91) o Bélgica (1,67), pero es menor que la
mortalidad laboral en Francia (4,42 muertes/100.000) o Italia (2,62).
El trabajo no solo provoca accidentes y muertes, también enfermedades
profesionales que en muchos casos acaban inhabilitando o matando al
trabajador en unos años. Y están creciendo: en 2024 (último
dato oficial) se contabilizaron 26.803 partes de enfermedades
profesionales,+4,6% que en 2023 y menos que antes de la pandemia (27.392 en
2019). De este total, la mayoría son partes sin baja (15.269), alcanzando los 11.534
con baja. Más de la mitad (54%) los dan las mujeres y por tramos de edad,
la mayoría (19,84%) los dan las mujeres de 50 a 54 años y los hombres de 45 a
49 años (otro 19,7% de los partes).Por autonomías, las que concentran
más partes por enfermedades profesionales en relación a sus trabajadores son Murcia (362 por 100.000 trabajadores),
Navarra (336), La Rioja (260), País Vasco y Comunidad Valenciana
(162/100.000 trabajadores). Y las actividades
con más bajas por enfermedad profesional son la minería (368 por
100.000 trabajadores, sobre todo en Extremadura y Galicia), la industria
(301/100.000 trabajadores, sobre todo en Murcia, Navarra, la Rioja y País Vasco),
la construcción (118), las actividades sanitarias (107) y
administrativas (107) y la hostelería (106,99 partes/100.000 trabajadores).
Las causas que provocan estos partes de
enfermedades profesionales son los agentes físicos (81,2% del total, la
mayoría por posturas forzadas y movimientos repetitivos), los agentes
biológicos (el 6,4%, sobre todo infecciones), las enfermedades de la
piel (5,6%), la inhalación de sustancias (3,8%), los agentes químicos
(3,27% del total) y sólo
104 bajas por enfermedad (el 0,37%) fueron por cáncer (107 en 2022).
Precisamente, los sindicatos denuncian cada año el bajísimo reconocimiento del
cáncer como enfermedad profesional (104 casos en 2024, 54 por amianto) y que la
mayoría de los casos se reconocen porque el trabajador afectado acaba en los
Tribunales. UGT
considera que 1 de cada 3 casos de cáncer en España podrían estar relacionados
con la exposición a sustancias cancerígenas en el trabajo. Los trabajos
con más riesgo, según
detectó la Encuesta WES, son los relacionados con el amianto, la
sílice cristalina respirable, las emisiones de motores diesel y el polvo de
madera, aunque también el benceno, la radiación ultravioleta solar, el
formaldehido, el cromo hexavalente y el plomo y sus compuestos orgánicos.
Los sindicatos valoran positivamente la reducción
de muertes en el trabajo en 2025, aunque les
preocupa la alta peligrosidad de la construcción y el aumento
de las muertes “in itinere”. Pero reiteran que esas 735 muertes laborales son
“excesivas” y muchas
podrían evitarse si las empresas (y los trabajadores) cumplieran la
normativa de riesgos laborales y si las pymes dedicaran más medios y personal a
prevenir los riesgos laborales (que muchas empresas “subcontratan” fuera).
Y denuncian que, tras el COVID y las crisis posteriores, muchas
empresas “han bajado la guardia” y gastan menos en la prevención, a
pesar de que por cada euro invertido en seguridad recuperan 2 euros. Además,
los sindicatos se
quejan de la falta de control, porque la inspección de
Trabajo carece de medios para vigilar la seguridad en el trabajo (tienen 1
funcionario por cada 13.000 trabajadores, frente a 1 por 10.000 de media en la
UE). Y denuncian también la falta de medios judiciales para acabar con
la impunidad penal en los accidentes laborales: en 2023 hubo
sólo 406 sentencias por siniestralidad laboral, 235 condenatorias,
algunas sobre accidentes de hace 20 años (17 de 2001 a 2010).
En junio de 2021, la Comisión Europea aprobó un Marco
Estratégico de Seguridad y Salud en el Trabajo 2021-2027, para atajar
los accidentes y muertes laborales en Europa. Ahí se fijaba la obligación de
crear una Mesa tripartita (Gobierno, sindicatos y patronal) sobre
seguridad laboral dentro del diálogo social, Mesa que se
creó en España el 12 de febrero de 2024, con año y medio de retraso.
Tras diversas reuniones sobre medidas a tomar, dos años después (el 10 de
febrero de 2026) se ha alcanzado
un Pacto entre el Gobierno, UGT y CCOO (la patronal CEOE no lo ha
firmado) para mejorar y modernizar la vigente Ley de Prevención de Riesgos
Laborales, que es de 1995. El
objetivo es reforzar la normativa de seguridad laboral, mejorar la
detección de las enfermedades profesionales y reforzar la protección de los
trabajadores ante los riesgos
de salud mental (la 2ª causa de bajas laborales) y los problemas de
salud laboral que provocan la digitalización y el cambio climático.
Ahora, en un próximo Consejo de Ministros, el
Gobierno aprobará esta reforma de la normativa de seguridad laboral
pactada con los sindicatos, mientras la patronal reitera que no ha firmado
el acuerdo porque debería
tratarse en la negociación de los convenios. Como el Gobierno sabe los
problemas que tendrá esta reforma de la Ley en el Congreso (Junts, el PP y Vox
votarán en contra, como apoyo a la patronal), la estrategia será aprobar
también una serie de Decretos (que no haya que convalidar) para reformar
los actuales Reglamentos de prevención de riesgos laborales en materia de
riesgos psicosociales, digitales y climáticos, más cambios para lograr un mayor
control del cumplimiento de la normativa vigente.
Al final, se intenta adaptar una Ley del siglo XX a
los trabajos y riesgos laborales del siglo XXI, aunque la clave es que
la normativa se cumpla, no sólo por las empresas (las pymes
tienen menos medios) sino también por sus trabajadores (falta una
mayor “cultura de la seguridad”), apostando por la vigilancia y las
sanciones en caso contrario, porque se juegan vidas e incapacidades.
Habría que alcanzar acuerdos, como país y empresa a empresa, para
conseguir un objetivo a medio plazo: “muertes
cero” en el trabajo. Es una tarea de todos: no podemos consentir
que el trabajo mate.
Este lunes, un hombre de 56 años murió al caer desde el tejado de una empresa en la que estaba trabajando en Sant Fruitós de Bages (Barcelona). Es el penúltimo trabajador muerto este año por accidente laboral en España, tras los 735 fallecidos en 2025, en el trabajo (584 muertes) o yendo y viniendo de trabajar (otros 151 muertos “in itinere”), según los datos recién publicados por Trabajo. Una cifra que reduce en 61 los 776 muertos en accidentes laborales en 2024 y que es algo menor a los 721 muertos en accidente laboral en 2019, antes de la pandemia, aunque ahora hay 2,5 millones de personas más trabajando. Aún así, son muchos más que los 558 muertos laborales de 2013, el mínimo desde antes de la crisis financiera (hubo 841 muertos en 2007), y la mitad de las 1.580 muertes en el trabajo (más de 4 diarias) que se contabilizaron en España en el año 2000.
Centrándonos en la gravedad de los accidentes
laborales, en 2025 se produjeron en el trabajo 3.701 accidentes
graves, de los que 584
fueron mortales (62 muertes menos que en 2024). De estas muertes en el
trabajo, la mayoría fueron hombres (546 muertes, 62 menos que en 2024) y
38 fueron mujeres (igual que en 2024). Por edades, los
trabajadores mayores son quienes tienen más muertes en el trabajo: entre 55
y 59 años (121 muertes en 2025), de 60 a 64 (105) y de 50 a 54 años (102
muertes). La 1ª causa de estas muertes en el trabajo son los
infartos y derrames cerebrales y otras “causas naturales” (251 muertes,
15 menos que en 2024), que los sindicatos atribuyen en muchos casos al “estrés
laboral”. Le siguen los golpes y caídas (97 muertes, 3 más que en 2024), los
aplastamientos (82 muertes, 17 menos) y los accidentes de trafico (73 muertes,
23 menos). En el caso de las muertes
“in itinere” (151 fallecidos, 1
más que en 2024), la mayoría fueron por accidentes de tráfico
(138) y afectaron más a hombres (122 muertes,+2 que en 2024) que a mujeres
(29,-1).
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lunes, 9 de marzo de 2026
Vivienda: precios y compras récord
La compraventa de viviendas ha batido tres
récords en 2025: de pisos vendidos, de precios pagados y
de hipotecas firmadas. ¿Cómo se pueden comprar tantos pisos a precios
disparados? Básicamente, porque hay más población y más familias
buscando casa, porque ahora es más barato comprar que alquilar (si
se tiene dinero para la entrada y gastos) y porque hay muchos ahorradores,
inversores y extranjeros buscando una vivienda como inversión o 2ª
residencia, como lo demuestra que 3 de cada 10 viviendas se compran al
contado, sin hipoteca. Al final, se multiplica la demanda de
viviendas pero hay pocos pisos para vender y se construyen pocos cada
año. Así que lo normal es que la vivienda siga subiendo, mientras
los bancos miran con lupa la concesión de hipotecas, para evitar
otra burbuja. Entre tanto, el PP rechaza el Plan de Vivienda 2026-2030,
aunque triplica el gasto actual, y no hay colaboración entre Gobierno y autonomías
para resolver un problema que pone en peligro el crecimiento y angustia a
muchos españoles. Enrique Ortega
En 2025 se ha batido otro récord de venta de viviendas en España: 714.237 viviendas vendidas, +11,5% que en 2024 (640.401) y el doble que en 2015 (355.556), según el INE, una cifra sólo superada por las 775.300 viviendas vendidas en 2007, el año récord de ventas previo al estallido de la burbuja inmobiliaria (2008). La mayor parte de estas compraventas han sido entre particulares (7 de cada 10) y sólo el 17% de las ventas han sido de una empresa a un particular. La gran mayoría de viviendas vendidas son “libres” (93,2%) y sólo un 6,8% de las ventas son de viviendas “protegidas” (VPO). Y lo que más se venden son viviendas usadas (78,2%), siendo pocas las compraventas de viviendas nuevas (21,8%), porque no hay. Y los mayores aumentos de ventas se han dado en las regiones menos saturadas, como Castilla y León (+18,9%), Castilla la Mancha (+17,8%), La Rioja (+16,3%), Extremadura (+16,1%), Murcia (+16% ventas) y Cataluña (+13,9%), mientras crecen poco las ventas en las autonomías más saturadas, donde hay mucha demanda y poca oferta: Navarra (+2,2%), Canarias (+4,5%), Madrid (+4,8%), Baleares (+5,1%) y Comunidad Valenciana (+6,2%).
Sorprende este récord de ventas si sabemos que en 2025
se
han batido todos los récords de precios: el precio medio de las
viviendas compradas ha sido de 2.230 euros/m2, +13,07% que en 2024
(1.972,1 euros/m2), según
los datos del Ministerio de Vivienda, un récord histórico, ya que este
precio supera al anterior precio máximo, los 2.101 euros/m2 de marzo 2018. Un
precio de la vivienda que ha subido un +34,92% desde antes de la pandemia
(costaba 1.652 euros/m2 en diciembre de 2019) y un +52% sobre el precio
mínimo de diciembre de 2013 (1.466,9 euros/m2). O sea, que la compraventa
de vivienda ha subido en los últimos 12 años el doble que el IPC
(+28,5%).
Y el tercer dato récord, tras las ventas y precios, son las
hipotecas: en 2025 se firmaron en España 501.073 hipotecas, +17,8%
que en 2024 (425.522), según
el INE, el mejor dato de hipotecas firmadas desde 2010 (607.531), aunque
todavía lejos
de los máximos de hipotecas en 2006 (1.342.171), 2007 (1.238.890) y 2008
(836.419 hipotecas). Curiosamente, la
firma de hipotecas crece menos en las zonas más saturadas,
donde hay pocas viviendas en venta, como Madrid (+2,9% hipotecas), Navarra
(+5,7%) , Baleares (+12,8%), Asturias (+13,7%) y Canarias
(+16,8%), mientras crecen más las hipotecas firmadas en Cantabria (+42,8%), la
Rioja (+37%), Murcia (+28,6%), Extremadura (+24,9%), Castilla y León (+24,7%) y
Aragón (+24%), quedando en medio Andalucía (+18,4%) y Cataluña (+18,4% hipotecas).
El importe medio de las hipotecas firmadas en 2025 se
ha disparado, desde los 152.233 euros las firmadas en enero a los 172.535
euros las firmadas en diciembre,
reflejo de unos precios de venta disparados. El tipo medio de las
hipotecas firmadas (a un plazo medio de 25 años) ha sido del 2,87% en diciembre 2025, un
tipo menor al de un año antes (3,25%), aunque mayor que el que se pagaba por
las hipotecas en 2022 (2,66%) y 2019 (2,51%). Con estos tipos, el precio medio
de las hipotecas era en enero de 2026 el 2,76%, mucho más bajo que el
que cobraban los bancos de la zona euro (3,37%), según
el Banco de España. Y eso coloca nos coloca como el 2º país europeo con
las hipotecas más baratas, tras Malta.
¿Cómo es posible que se vendan tantas viviendas y se
pidan tantas hipotecas si los precios están por las nubes? Hay varias causas.
Una, que hay
mucha más población en España, concretamente 2.240.744 habitantes más
entre enero de 2020 y enero de 2026, según el INE, con lo que hay más familias,
jóvenes e inmigrantes necesitados de vivienda. Y además, hay también más
gente con trabajo: 2.496.400
ocupados más en estos últimos 6 años, trabajadores con mejores contratos y
con sueldos que les permiten pensar ahora en tener una vivienda o vender la que
tienen y buscar otra mejor. La tercera razón del “boom”, muy importante, es que
la compraventa de viviendas se ha convertido en una
inversión rentable, tanto para españoles ahorradores (que la
compran como inversión o para alquilarla) como para los que reciben una
herencia o inmobiliarias y Fondos de inversión, así como extranjeros que
buscan una segunda vivienda en España (en 2025, 1 de cada 7
compradores fueron extranjeros). Un dato que revela la importancia de
estas compras de ahorradores, inversores y extranjeros es que 3 de cada 10
viviendas compradas en 2025 se pagaron al contado, sin hipoteca, según
el Colegio de Registradores.
Una 4ª razón que explica también el tirón de las
compraventas es la bajada de los tipos de interés en los últimos dos
años, que facilita el pago de una hipoteca aunque hayan subido mucho los
precios, sobre todo si los alquileres están por las nubes. Mucha gente hace
cuentas y comprueba que sale más barato comprar que alquilar.
Veamos algunos ejemplos. En diciembre 2025, el alquiler medio en España
era de 1.323 euros (14,7 euros m2 y una casa de 90m2), según Idealista.
Y la hipoteca media era de 172.535 euros, según
el INE, que a un tipo medio del 2,87% supone un pago mensual
de 806,56 euros, mucho menos que el alquiler. Si vemos el caso de un piso en
Madrid, el alquiler costaría 2.043 euros (22,7 euros/m2 y una casa
de 90 m2), mientras que la hipoteca (277.680 euros) supondría una cuota de
1.296 euros mensuales. Y en Barcelona, el alquiler medio (90m2 a
23,8 euros/m2) costaría 2.142 euros y la hipoteca (205.160 euros) supondría una
mensualidad de 959 euros… Claro que para eso, el comprador debe tener
ahorrado (o pedir a sus padres) el 20% del precio que no cubre la
hipoteca y otro 10% para gastos e impuestos.
Y hay todavía otra 5ª razón que explica la actual “fiebre de
compras”: la mayoría de la gente piensa que mejor
comprar ahora que esperar unos meses o años, porque la vivienda va
a seguir subiendo. Y la clave de esta certidumbre es que falta
oferta, que hay muchas más personas que buscan comprar que pisos en venta,
sobre todo en las grandes ciudades. La realidad es que se compra todo lo que
sale a la venta, con rapidez (entre el 13 y el 20% se venden en menos de
una semana, según
Idealista) y sin “regatear” (incluso hay compradores que “pujan” por
la vivienda, ofreciendo más del precio que se pide).
Ahora, todo apunta a que en 2026 seguirán fuertes las
compras, aunque los expertos
no creen que estemos ante otra “burbuja”, porque la economía
está más saneada que en 2008, las familias tienen más empleo estable y los
bancos no conceden créditos a lo loco, como entonces. De hecho, el
BCE ha metido presión a los paises de la zona euro para que vigilen de
cerca la concesión de hipotecas, para evitar otra burbuja y otra crisis. Y ha
recomendado a todos los bancos centrales del euro que aprueben herramientas de
seguimiento y control (“macroprudenciales”) para poder restringir las
condiciones de las hipotecas si hace falta, herramientas implantadas ya en
todos los paises euro, salvo en España, Italia y Alemania. El Banco de
España lo está estudiando, pero antes de que tome medidas, los
propios bancos están frenando la concesión de hipotecas, por temor
a un aumento de la morosidad. Así que tras una cierta “guerra hipotecaria”
en 2023 y 2024, ahora miran las hipotecas con lupa…
Con todo, los expertos apuestan por nuevas subidas de las
viviendas este año, motivadas básicamente por una causa de fondo: seguirá
aumentando la demanda (se crean 250.000 hogares al año y hay un déficit
acumulado de 400.000 viviendas, según
el Banco de España) y falta oferta, porque apenas se
construyen nuevas viviendas: en
2025 (enero a septiembre) se iniciaron 87.624 viviendas libres y 11.567
protegidas, prácticamente las mismas que en ese periodo de 2024 (84.089 libres
y 12.355 VPO) y menos de la mitad de las que hacen falta (250.000
al año). Y la perspectiva a medio plazo es que la construcción está bastante
parada (por la falta de suelo y financiación, más los altos costes y la
escasez de mano de obra formada), frente a una demanda que sumará 3,7
millones de nuevos hogares en los próximos 15 años (246.000 nuevos
hogares al año), según
el INE.
Así que acceder a comprar una vivienda será más caro en
2026, año en que subirán también los alquileres y eso aumentará los
compradores, tanto los que deciden comprar antes que alquilar (aunque
tendrán más difícil conseguir una hipoteca, más cara además, sobre todo
por los conflictos geopolíticos, que pueden provocar una
subida de los tipos de interés) como los que compran para
invertir (alquilar y vender a medio plazo) y pagan al contado. Y mientras, los enfrentamientos políticos impiden acordar una mínima política de vivienda
que busque soluciones al problema nº1 de los españoles (Barómetro
CIS).
De hecho, el Gobierno aprobó en septiembre pasado el nuevo
Plan de Vivienda 2026-2030 y las autonomías del PP (11 de 17) ya
dijeron que no les gustaba… Así que nace muerto, como la Ley de Vivienda,
aunque este
Plan tiene aspectos muy positivos. El principal, que pretende invertir
7.000 millones en vivienda, el triple que el Plan actual 2021-2025, aunque
a cambio piden que el 40% lo aporten las autonomías. Otro elemento
positivo es que promueve la construcción (y la venta de viviendas privadas)
para el alquiler, obligando a que estas VPO no se pueden vender a precio
libre (como ha pasado: los 6,5 millones de VPO construidas desde los
años 50 se han “privatizado), para crear un parque público de viviendas en
alquiler (2,5%
en España, del 10 al 30% en Europa). Y además, se mejoran las ayudas a los
jóvenes para comprar y alquilar, más en zonas rurales.
Resolver el grave problema de la vivienda exige actuar
en varios frentes. Por un lado, promover
un Pacto político entre Gobierno, autonomías y ayuntamientos para
conseguir suelo y financiación a los promotores públicos y privados. Hay
suelo, pero hace falta catalogarlo y prepararlo para que sea urbanizable
y esté a disposición de los promotores, a los que hay que reducir burocracia y
plazos. Urge buscar financiación, pública (hay que territorializar
el ICO y especializarlo más en la vivienda) y privada, arrastrando a
los bancos ahora que no hay Cajas. Y hay que actuar sobre los
costes de construcción, mejorar la disponibilidad
de mano de obra y agilizar el proceso (se tardan 100 meses en
una promoción y habría que reducirlo a 50). Y el Estado (central y periférico)
debe gastar el doble en promover viviendas protegidas, directamente y con los promotores
privados, para crear un
parque de 1 millón de viviendas de VPO que ofrezca alquileres asumibles.
Hacen falta 250.000 nuevas viviendas al año para cobijar
a las nuevas familias y a los inmigrantes. Se puede
conseguir duplicar
la construcción de viviendas si los organismos públicos se ponen a la
tarea y facilitan suelo y financiación, agilizando las promociones privadas y
públicas. Y creando un parque de viviendas VPO, para alquilarlas a las
familias con menos ingresos. En paralelo, facilitar a los propietarios que
alquilen más y a precios razonables, sin
imposiciones, con incentivos fiscales y organismos que les ayuden a
gestionar su alquiler. En definitiva, medidas para conseguir que haya más
viviendas en el mercado, para compra y alquiler. Más oferta de pisos
es la clave.
Al final, el problema de los alquileres y la vivienda es
político: el Gobierno central, la autonomías y los Ayuntamientos
son incapaces de trabajar juntos para promover más vivienda, pública y
privada, pactando la promoción de suelo y los planes urbanísticos, la
financiación y la colaboración público privada, la promoción de viviendas
públicas para alquiler. Esta pelea política permanente impide poner en
marcha medidas eficaces y conseguir más viviendas, aumentar
significativamente la oferta, para rebajar precios y alquileres. Así que el
Gobierno tiene sus Planes, apoyados por la
empresa pública de vivienda (Casa 47), y las autonomías los suyos (con
pocos recursos), mientras los Ayuntamientos hacen lo que pueden
(poco). Y mientras, jóvenes y familias se ven incapaces para encontrar un
techo, un grave problema que acabará siendo “un cuello de botella” que frenará
la economía. Y lo sufriremos todos.
En 2025 se ha batido otro récord de venta de viviendas en España: 714.237 viviendas vendidas, +11,5% que en 2024 (640.401) y el doble que en 2015 (355.556), según el INE, una cifra sólo superada por las 775.300 viviendas vendidas en 2007, el año récord de ventas previo al estallido de la burbuja inmobiliaria (2008). La mayor parte de estas compraventas han sido entre particulares (7 de cada 10) y sólo el 17% de las ventas han sido de una empresa a un particular. La gran mayoría de viviendas vendidas son “libres” (93,2%) y sólo un 6,8% de las ventas son de viviendas “protegidas” (VPO). Y lo que más se venden son viviendas usadas (78,2%), siendo pocas las compraventas de viviendas nuevas (21,8%), porque no hay. Y los mayores aumentos de ventas se han dado en las regiones menos saturadas, como Castilla y León (+18,9%), Castilla la Mancha (+17,8%), La Rioja (+16,3%), Extremadura (+16,1%), Murcia (+16% ventas) y Cataluña (+13,9%), mientras crecen poco las ventas en las autonomías más saturadas, donde hay mucha demanda y poca oferta: Navarra (+2,2%), Canarias (+4,5%), Madrid (+4,8%), Baleares (+5,1%) y Comunidad Valenciana (+6,2%).
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jueves, 5 de marzo de 2026
8-M y discriminación mujeres: lenta mejoría
Este domingo se celebra el 8-M, el Día de la
Mujer, cuya discriminación olvidamos el resto del año. Este 8-M
celebramos que hay más mujeres que nunca trabajando, menos paradas
y que su “brecha” salarial con los hombres sigue
reduciéndose. Pero tenemos más mujeres inactivas, menos trabajando,
con peores contratos, empleos y sueldos, más paradas cobrando menos desempleo,
con pensiones más bajas y más mujeres mayores dependientes sin ayudas… Demasiadas
discriminaciones, que apenas mejoran. Y tienen varias causas, que
urge resolver: la atadura de los cuidados (a hijos y padres), el desigual
acceso al trabajo y a los mejores empleos junto a las interrupciones en
su carrera laboral, que recortan sus pensiones, además de la poca
colaboración en casa de los hombres (“ayudan” pero no comparten
tareas). Es hora de tomar medidas más efectivas, en los cuidados,
las guarderías, la selección de personal y la negociación de los convenios,
para mejorar de verdad la situación de las mujeres. Tenemos que acabar con la
discriminación de media España. Enrique Ortega
En España siguen viviendo más mujeres que hombres: a 1 de enero de 2026, había censadas 25.237.515 mujeres, frente a 24.333.210 hombres, según el INE. En 2025, la población femenina aumentó menos (+199.587 mujeres censadas) que la masculina (+242.841 hombres), aunque las mujeres han aumentado más desde 2020 (+1.130.133 frente a +1.122.542 hombres) y en lo que va de siglo (+4.593.672 mujeres desde el año 2000, frente a +4.506.871 hombres). Pero hay un dato importante: crecen las mujeres inmigrantes, no las nacidas en España, cuya población ha caído este siglo (-100.202 nacidas en España entre 2000 y 2025). Este ha sido el gran cambio demográfico: en el año 2.000 vivían en España 452.413 mujeres nacidas fuera (el 2,18% de todas las mujeres) y en 2026 están censadas 5.111.724 mujeres nacidas fuera (el 20,25%), 1 de cada 5 mujeres.
Hay pues más mujeres que hombres y también más
mujeres en edad de trabajar (con más de 16 años) : 21.702.500
mujeres frente a 20.612.700 hombres, en diciembre de 2025.
Pero este desequilibrio se corrige si miramos las personas que tienen entre
16 y 64 años, la franja de edad en que normalmente se trabaja: hay 15.974.600 mujeres y
16.115.000 hombres, porque hay muchas más mujeres que hombres con más
de 65 años (son más longevas). A partir de aquí, empiezan las
discriminaciones a la mujer. La primera, que hay más mujeres “inactivas”,
que ni trabajan ni buscan trabajo, que “tiran la toalla” aunque están en
edad laboral, básicamente porque se dedican a “las tareas de la casa, a cuidar
a los hijos (y maridos) o a padres y adolescentes “dependientes” (el 75% de los
cuidadores son mujeres). A finales de 2025 había 9.921.300 mujeres inactivas
frente a 7.453.600 hombres. A lo claro: hay 2,5 millones de mujeres que han
renunciado de entrada a trabajar fuera de casa.
A causa de esta alta inactividad, la tasa de
actividad de las mujeres españolas (trabajan o buscan trabajo entre los 16
y 64 años) es del 72,30%, frente al 80,08% de los hombres: son 11.781.300
mujeres “activas” frente a 13.159.100 hombres, según la EPA 2025. Una
tasa de actividad algo superior a la de las mujeres europeas: allí
eran “activas” el 75,3% de las mujeres de 20 a 64 años, frente al 75,8% en
España en esa edad, muy inferior a la tasa de actividad femenina en Alemania
(80,2%) o Francia (77,5%), aunque es menor en Italia (61,9%), según
Eurostat (2024). Tras la pandemia aumentaron más las mujeres “activas”
(+937.200 desde 2019) que los hombres (+844.400), por la llegada de mujeres
inmigrantes y porque más mujeres mayores, con hijos “criados”, buscan ahora trabajo.
La 2ª gran discriminación es que hay menos mujeres
trabajando. No sólo porque hay menos mujeres “activas” (buscando trabajo) que hombres sino porque las que buscan tardan más en encontrar trabajo y lo
encuentran peor que los hombres, a pesar de estar más formadas (según
las estadísticas educativas), aunque tienen menos estudios “técnicos” (carreras
STEM: Ciencia, Tecnología,
Ingeniería y Matemáticas). A finales de 2025 había 10.457.500 mujeres
ocupadas, frente a 12.005.800 hombres, según la EPA. Son más
mujeres que nunca trabajando (eran 5,8 millones ocupadas en el año
2000, frente a 9,9 millones de hombres), pero sigue habiendo más hombres
trabajando (+1,54 millones), aunque hay más mujeres. Y otra vez, la tasa
de empleo femenino en España (66,5% población de 20 a 64 años)
es inferior
a la europea (70,8%) y a la de Alemania (77,7%) o Francia (72,2%),
superando a Italia (57,4%).
Con todo, las mujeres han conseguido llevarse
más nuevos empleos que los hombres tras la pandemia: trabajan ahora 1.299.200
mujeres más que a finales de 2019, frente a 1.197.200
nuevos empleos conseguidos por los hombres estos 6 años. Eso sí,
la mayor parte de estos nuevos empleos “ganados” por las mujeres han sido para
las mayores de 50 años (+920.500 empleos, el 70,85% del total), junto a
las de 45 a 49 años (+176.100), mientras perdieron empleo las mujeres de 35 a
44 años (-284.700 entre 2019 y 2025) y apenas ganaban empleo las chicas más
jóvenes (+158.800 empleos). En resumen, quienes consiguieron trabajo
estos 6 años son mujeres mayores, que dejaron de trabajar en
su momento y han vuelto, sobre todo en los servicios: empleo doméstico y
cuidados mayores y niños, hostelería, comercio, campo y trabajos eventuales,
muchas mujeres inmigrantes.
Los datos revelan que las mujeres copan menos del 50% de los
empleos en 73 de los 100 sectores económicos. Y aquí tropezamos con la 3ª
gran discriminación de las mujeres: trabajan en sectores más precarios y
peor pagados, con contratos de menos calidad, peores puestos y categorías. El
tipo de contrato es clave. Primero, las mujeres copan los contratos a
tiempo parcial, por horas o días: de los 3.089.700 asalariados a tiempo
parcial (menos jornada) que había a finales de 2025, 2.250.700 eran mujeres
(el 72,84%), según la
EPA . Y si trabajan mucho más a tiempo parcial que los hombres no es
porque quieran: la mayoría dicen que es porque no han encontrado trabajo a tiempo completo. Y 389.371 mujeres trabajan a tiempo parcial para
cuidar a un familiar (11 veces más que los hombres).
Y segundo, las mujeres tienen más contratos temporales
que los hombres: 1.633.600 mujeres con contrato temporal a finales de
2025, frente a 1.265.500 hombres “temporales. Y aunque han caído con la reforma
laboral (había 2,21 millones de mujeres con contrato temporal en 2019), crece
el porcentaje (eran el 50,31% del total en 2019 y ahora son el 56,34%).
Además, el 44% de las mujeres trabaja en los 7 sectores
económicos con los sueldos más bajos. Y de las 10 actividades con peores
nóminas, 7 tienen una mayor proporción de mujeres que de hombres
trabajando, según un
estudio de CCOO: servicio doméstico, hostelería, sanidad, cuidados,
actividades auxiliares, actividades artísticas y recreativas, comercio.
Pero además, hay muchas más mujeres que hombres trabajando en las
categorías laborales más bajas y en los empleos menos cualificados,
ocupando también menos puestos directivos, una muestra de la
menor promoción de la mujer en las empresas: sólo el 34,5% de las mujeres
trabajadoras ocupan puestos de gerentes y directivos.
Esta mayor precariedad de los contratos y la mayor actividad
en sectores y puestos peor pagados conduce a la 4ª gran discriminación de
las mujeres: tienen peores sueldos que los hombres. El sueldo medio bruto
de los hombres era de 2.593 euros mensuales en 2024, frente a 2.163,2
euros las mujeres, según
el Decil de Salarios de la EPA. Eso supone una “brecha salarial” para
las mujeres del 16,58%, “brecha” que ha ido bajando tras la pandemia, ya
que era del 18,58% en 2019. Una mejoría que se explica por la fuerte subida
del salario mínimo (SMI) desde 2018 (+66%, de 735 a 1.221 euros en
2026), que afecta sobre todo a las mujeres (son
el 61% de los 2,5 millones que cobran el SMI), y por los Planes de igualdad en algunas empresas (no en la mayoría). Una mejora de la
brecha salarial que se está dando en toda Europa, donde es más baja (12%).
La “brecha salarial”, aunque ha mejorado,
sigue siendo muy desigual por edad, nivel de estudios,
sectores y empleos, tamaño empresa, tipos de contrato, puestos de trabajo y
sector de actividad, complementos y autonomías, según
este estudio del Instituto de las Mujeres. La brecha salarial de las
mujeres es mayor entre los trabajadores más jóvenes (20-24 años) y entre
los mayores de 40 años, más entre las inmigrantes (22,7%) que
entre las españolas (16,30%), más entre los que tienen poca formación
(29,5%) que entre los universitarios (16,7%), más en la industria y los
servicios que en la construcción, más en las actividades
administrativas (29,55%), sanidad y
servicios sociales (23,8%), actividades científicas y técnicas (22,8%),
comercio (22,44%), finanzas y seguros (20,52%), inmobiliarias (19,89%),
industria (17,10%), energía (16,67%) y hostelería (16,18%), más según la antigüedad,
pluses y complementos (que cobran menos las mujeres) y más en las pymes
que en las grandes empresas. Y por
autonomías, la mayor brecha salarial se da en Navarra (20,68%),
Asturias (20,06%), Murcia (19,15%), Aragón (19,14%) y Cantabria (18,59%),
siendo intermedia en la Comunidad Valenciana (16,92%), Cataluña (16,75%),
Madrid (16,55%) y Andalucía (16,14%) y baja en Canarias (4,74%), Baleares
(8,76%), Extremadura (11,91% y País Vasco (12,81%).
Y pasamos a otra gran discriminación de las mujeres, la
5ª: hay más mujeres en paro que hombres. A finales de 2025 había en España 2.477.100 parados EPA, de
los que 1.323.800 eran mujeres paradas y 1.153.300 hombres
desempleados. El paro femenino cayó en 2025 la mitad que el
masculino (-38.800 frente a -79.500), aunque ha caído algo más
desde 2019 (-362.000 frente a -352.800 el masculino), sobre todo entre
las mujeres de 25 a 54 años (-354.500 paradas) , mientras subió el paro entre
las mujeres mayores de 55 años ( +19.900 paradas), porque intentan ahora
recolocarse y aportar ingresos al hogar. Con todo, la tasa de paro femenina (11,24% en 2025) es mayor que la masculina
(8,76%) y casi duplica la tasa de paro
de las mujeres europeas (6%), siendo mucho mayor el paro en las
mujeres jóvenes (24,1% de paro en España y 14,8% en la UE-27).
No es solo que haya más paradas que parados, es que
además, las mujeres cobran menos desempleo, la 6ª discriminación, porque
la mayoría han cotizado menos años y por sueldos más bajos. Así, en 2025, había
452.994 mujeres cobrando una prestación de desempleo contributiva y 410.820
hombres. Y estas paradas cobraban de media 31,24 euros de paro al día (937,20
euros mensuales), frente a 36,35 euros diarios que cobraban los
parados hombres (1.087,5 euros mensuales). Eso supone una “brecha en
el desempleo” del -13,83% (en 2024 era el -14,20%), según
los datos del SEPE. Pero hay más: esta brecha en el desempleo contributivo
(el paro asistencial es igual para hombres y mujeres: 480 euros mensuales) es mayor
entre las paradas con más edad: sube al -17,2% en las paradas
de 50 a 54 años, al -20,72% en las de 55 a 59 años y al -21,72% en las paradas de
más de 60 años.
Y tras una vida con menos actividad y menos empleo peor
pagado, las mujeres se jubilan con peores pensiones, la 7ª discriminación. Por
un lado, la pensión media de los hombres es de 1.629,91 euros
frente a los 1.130,24 euros de las mujeres, según
los datos de la Seguridad Social al 1 de febrero de 2026. Una “brecha
de pensiones” del -30,66%, que se ha reducido los últimos años
gracias a la subida del SMI y de algunos sueldos, más el
complemento de brecha de género que el Gobierno aplica desde febrero de
2021. Y en las pensiones de jubilación, la pensión media de las
mujeres es de 1.259,6 euros, una “brecha” del -29,56% sobre
la jubilación media de los hombres (1.778,08 euros mensuales). Sólo en las pensiones
de viudedad, las mujeres cobran más que los hombres (1.003,89
euros frente a 666,10 euros).
Queda otra discriminación, la 8ª: la desigualdad en Dependencia,
debido a que las mujeres viven más años que los hombres (86,53 años de
media frente a 81,38 años) y por tanto tienen más riesgo de ser
dependientes al final de su vida y necesitar ayuda. De hecho, casi
2 de cada 3 dependientes con más de 80 años son mujeres (el 62,66% en
2025). Y por eso, sufren más que los hombres los problemas
de la Dependencia, tanto el retraso en las ayudas (a finales de 2025 había
258.167 dependientes en listas de espera y 32.704 mayores murieron
el año pasado antes de recibirlas) como en su escasa cuantía o servicio
(pocas residencias y más ayudas low cost, como la teleasistencia o la ayuda a
domicilio).
Y por si fueran pocas estas discriminaciones, las mujeres
sufren otra más, la 9ª de la lista: la discriminación que sufren en su
propia casa, porque cargan con la mayor parte de las tareas del hogar y de
los cuidados de niños y padres, complicando más su vida laboral. De hecho, el
45,86% de las mujeres cargan con la mayor parte de las tareas del hogar,
algo que sólo hacen el 14,92% de los hombres. Y otro 34,96% realizan una
parte importante de las tareas,
aunque compartida. Esto significa que el 80,82% de las mujeres cargan con
las tareas del hogar, frente al 48,61% de los hombres. Y un 51,37% de los
hombres (unos 12 millones) confiesan que “hacen poco o nada”, según la última Encuesta
del INE (2021). Además, el 40,2% de las mujeres se ocupan “mayoritariamente”
de los niños, frente al 4,8% de los hombres. Y un 48,3% cuida a los mayores
(frente al 20,5% de los hombres).
En resumen, un preocupante panorama, donde
persisten las discriminaciones año tras año, aunque algunas mejoren lentamente,
por lo que la igualdad tardará décadas. Por eso, urge
tomar medidas en tres terrenos claves. Uno, en los cuidados, tanto de
los niños como de los mayores dependientes. Eso exige mejorar la
atención a la infancia, desde las guarderías a la gratuidad de la
enseñanza de 0 a 3 años, junto a la multiplicación de guarderías en empresas y
centros públicos, para facilitar el trabajo de las mujeres y la conciliación
familiar. Por otro lado, hay que dotar de más financiación y mejorar la
gestión de la Dependencia, para reducir las listas de espera y facilitar la
atención externa a los mayores dependientes en sus casas, quitando presión a
las mujeres. En segundo lugar, hay que lograr un pacto laboral en las
empresas para mejorar el acceso laboral de las mujeres y reducir
las diferencias laborales y salariales en los convenios. Y en tercer
lugar, todas las políticas públicas deben fijarse como objetivo reducir
las discriminaciones de las mujeres, desde la educación al empleo, el desempleo,
las ayudas sociales y la jubilación.
Al final, cada año pasa lo mismo con el 8-M: se
habla mucho de la discriminación de la mujer y se hacen manifestaciones
de protesta, pero se
avanza poco. Y menos cuando la derecha y la ultraderecha
ponen en duda esta desigualdad y promueven que a los hombres no les
preocupe. Estamos ante uno
de los grandes retos de este siglo, junto a la emergencia climática,
la demografía o la tecnología. Afrontarlo y resolverlo a medio plazo no
debería depender de las posturas políticas porque es un objetivo justo
y necesario: lograr que nadie sea discriminado por nacer mujer. Conseguir
la igualdad para media España. Ganaríamos todos.
En España siguen viviendo más mujeres que hombres: a 1 de enero de 2026, había censadas 25.237.515 mujeres, frente a 24.333.210 hombres, según el INE. En 2025, la población femenina aumentó menos (+199.587 mujeres censadas) que la masculina (+242.841 hombres), aunque las mujeres han aumentado más desde 2020 (+1.130.133 frente a +1.122.542 hombres) y en lo que va de siglo (+4.593.672 mujeres desde el año 2000, frente a +4.506.871 hombres). Pero hay un dato importante: crecen las mujeres inmigrantes, no las nacidas en España, cuya población ha caído este siglo (-100.202 nacidas en España entre 2000 y 2025). Este ha sido el gran cambio demográfico: en el año 2.000 vivían en España 452.413 mujeres nacidas fuera (el 2,18% de todas las mujeres) y en 2026 están censadas 5.111.724 mujeres nacidas fuera (el 20,25%), 1 de cada 5 mujeres.
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