lunes, 24 de junio de 2013

Vender humo: el negocio del CO2


El CO2, el gas que más contribuye al calentamiento global del Planeta, alcanzó en mayo el nivel más alto en millones de años. Un dato que revela el fracaso en la lucha contra las emisiones de gases de efecto invernadero, sobre todo en países emergentes. En Europa, ha entrado en crisis el mercado de CO2, donde el dióxido de carbono cotiza como el petróleo, el café o los cereales: las empresas que más contaminan tienen que comprar derechos y pagar por sus emisiones. Pero los precios se han desplomado y una tonelada de CO2 cuesta lo que una hamburguesa: ahora, contaminar es muy barato. Bruselas propone intervenir para subir la cotización del CO2, pero empresas y Parlamento europeo se oponen, porque temen arriesgar industrias y empleos. La prioridad debe ser salvar el Planeta: si nos lo cargamos, por no reducir las emisiones de CO2, entonces sí pondremos  en peligro la economía y el empleo.

enrique ortega

El evidente cambio climático es el síntoma, la fiebre que alerta de que la Tierra está enferma. Y el gas que más contribuye al calentamiento global, al retener parte del calor que emite la Tierra, es el CO2, producido por la combustión de combustibles sólidos (petróleo, gas carbón) utilizados para producir electricidad y cemento, las industrias, el transporte o las calefacciones. En mayo, la agencia norteamericana NOAA daba la alarma: la concentración de CO2 en la atmósfera superó la frontera de las 400 partículas por millón (ppm), por primera vez en los últimos tres millones de años. Y un documento del Banco Mundial alerta de que, si no se toman medidas urgentes, a finales de siglo, el CO2 alcanzará las 800 ppm, lo que causaría una subida de la temperatura de la Tierra de 4 grados, algo muy peligroso: provocaría sequías, inundaciones, malas cosechas, hambre, migraciones y una grave crisis mundial.

Para evitarlo se firmó en 1997 el protocolo de Kioto, para reducir las emisiones de CO2 y conseguir que la temperatura de la Tierra “solo” subiera 2 grados para 2050. Pero únicamente firmaron 35 países, quedando fuera los que más contaminan (China, Estados Unidos, India y Japón), a los que Europa quiere recuperar con otro gran Pacto en 2015. Pero mientras, las emisiones de CO2 han crecido un 30% en la última década, sobre todo por los países en desarrollo, que crecen produciendo el 54% del CO2 mundial.

Europa ha sido y sigue siendo la abanderada contra el cambio climático, aunque sólo produce el 12% del CO2 mundial. De hecho, lleva reduciendo sus emisiones desde 2005 (salvo en 2010) y está cerca del objetivo de recortarlas un 20% sobre 1990 (está en el -18,5%). Y mucho tiene que ver la puesta en marcha, en 2005, el mercado del CO2: Bolsas en la mayoría de países (en España, en Barcelona) donde lo que se negocia es dióxido de carbono, mejor dicho, derechos sobre CO2 (papelitos). En 2005, Europa repartió a 12.170 empresas europeas (1.130 españolas) unos derechos de CO2, según su nivel de contaminación. Y desde enero de 2012, también a 5.450 compañías aéreas que vuelan a Europa. Si emitían más CO2, tenían que comprar derechos en Bolsa a otras empresas que emitieran menos y vendieran sus derechos. El objetivo: quien contamina paga, quien emite menos cobra.

El mercado del CO2 se inició en Europa pero ahora es mundial (acaba de abrir en China) y las empresas pueden conseguir derechos invirtiendo en proyectos medioambientales en Latinoamérica, Asia o África, que consiguen así financiación. Es lo que han hecho empresas españolas, como Iberdrola o Repsol, que han conseguido derechos de CO2 construyendo hidroeléctricas en Guatemala o enterrando gas en una mina de Argentina. Además, hay un mercado voluntario de CO2, asentado sobre todo en la Bolsa de Chicago, donde se especula con el CO2 como con el petróleo o los alimentos (se han creado derivados sobre CO2), con empresas que consiguen derechos de CO2 haciendo inversiones medioambientales que les dan “imagen”.

El problema del mercado del CO2 en Europa es que  ahora funciona mal. Primero, porque se repartieron demasiados derechos de CO2 (demasiados papelitos) y con la crisis, las empresas contaminan menos y tienen derechos de sobra. Y los venden, hacen negocio con ellos. De hecho, las industrias españolas han ingresado 1.279 millones vendiendo derechos (sólo las cementeras, grandes contaminantes, han ganado 185 millones), mientras el Estado español ha tenido que pagar, por exceso de emisiones del país, 750 millones desde 2008 (y otros 550 hasta 2014). Y este exceso de derechos (también por operaciones medioambientales “infladas” en países en desarrollo) ha provocado un desplome de los precios en el mercado del CO2: si en 2005 cotizaba a 23 euros por tonelada (y llegó a 30€ en 2006), ahora cotiza a 3,99 euros: una tonelada de CO2 cuesta lo que una hamburguesa.

Y claro, así, contaminar sale muy barato y no compensa a las empresas invertir para emitir menos CO2. Para evitarlo, la Comisión Europea puso en marcha en enero el sistema de subastas de CO2: en vez de repartir gratis derechos como antes, se reparten la mitad y la otra mitad se subasta, para subir precios. Y ahora, las eléctricas ya no tienen derechos gratis y tienen que pujar por ellos, aunque nos trasladarán a los consumidores este mayor coste: se estima que, sólo por esto, el recibo de la luz subirá en Europa entre un 10 y un 15% hasta 2050.

Ni aun así han repuntado los precios del CO2. Por eso, la Comisión Europea ha propuesto ir más allá e intervenir directamente en el mercado, retrasando una subasta de derechos de 900 millones hasta 2019. Pero las industrias han puesto el grito en el cielo, quejándose de que si suben los derechos, si les cuesta más contaminar, no podrán competir con industrias de países no europeos, sobre todo emergentes. Y han conseguido que conservadores y liberales del Parlamento Europeo veten la propuesta de la Comisión, que ha trasladado el problema al Consejo Europeo. Pero hay muchos Gobiernos, como el español, contrarios a “intervenir” en el mercado del CO2: en la banca sí, para mejorar el medio ambiente no, como ha denunciando la Comisaria europea.

El debate se plantea en términos de elegir entre salvar a la industria europea o el medio ambiente. Pero es un falso dilema: si Europa no reduce sus emisiones de CO2, se acelerará el cambio climático y los problemas económicos que provocará sumirán al mundo en  otra grave crisis . Porque Europa es ahora mismo la región que lidera la lucha contra las emisiones de CO2 y si el resto del mundo ve que reculamos, no se decidirán a tomar medidas efectivas. Por eso es clave que los precios del CO2 suban, para que contaminar sea más caro y compense a industrias, particulares y países  recortar sus emisiones.

En este debate europeo, España debería cambiar de posición y apoyar los esfuerzos de la Comisión, porque somos el tercer país europeo que emite más CO2, junto a Grecia e Irlanda. Y aunque hemos reducido emisiones en 2012 (-1,4%, frente a -2,1% UE-27), por la crisis y el mayor uso de las renovables en producir electricidad, España ha sido el país europeo donde más han crecido las emisiones (+18,7% entre 1.990 y 2012, mientras caían un -18,5% en Europa). Y respiramos uno de los peores aires de Europa. Todo ello, porque tenemos una industria energéticamente ineficiente (gasta el triple que nuestros tres principales competidores UE), una electricidad donde todavía  pesan mucho el petróleo, gas y carbón (generó 8 millones de Tm de CO2 sólo en 2012) y un excesivo peso del transporte por carretera (83% mercancías en España y 45% en UE-27).

En resumen, Europa y España deberían seguir su lucha contra el cambio climático y para eso es vital que funcionen los mercados del CO2, que cueste más contaminar, porque no se puede sostener las industrias y el empleo a costa de cargarnos el Planeta. Lo caro no es reducir emisiones, lo realmente caro es destruir nuestro hábitat. No son locuras de ecologistas: si no crecemos de forma sostenible, vendrá una crisis peor que ésta. Y será irreparable.

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