El pasado 1 de enero se cumplieron 19 años de la entrada en vigor de la Ley de Dependencia, la 4ª pata del Estado del Bienestar (tras la sanidad, la educación y las pensiones), que regula las ayudas públicas a los dependientes, en su mayoría mayores. Tras estos años, el balance de la Ley es agridulce, como reflejan dos datos: se han atendido a más de 4 millones de dependientes, pero 900.000 dependientes mayores han muerto sin recibir ninguna ayuda, por el retraso en los expedientes o en la concesión de ayudas y servicios. Los expertos consideran que la Ley de Dependencia nos ha concedido un nuevo derecho pero que está pendiente de ser efectivo, por falta de financiación, exceso de burocracia, escasa cuantía de las prestaciones y servicios “low cost” de baja calidad, que además son muy desiguales por autonomías, según donde vivan los dependientes.
jueves, 19 de marzo de 2026
Dependencia: un derecho pendiente tras 19 años
Mucha gente protesta por los problemas en sanidad, educación,
vivienda o transportes. Pero no hay un clamor social para mejorar la
situación de los mayores dependientes, que esperan años para recibir
ayudas ridículas: hay 258.167 dependientes esperando que les valoren o
recibir una ayuda reconocida. Y como son muy mayores, 32.704 fallecen
cada año sin ser atendidos (90 cada día). Un dato escandaloso,
que refleja los graves problemas de la Dependencia, tras 19 años de
vigencia de la Ley. Problemas causados por la falta de financiación del Estado y
las autonomías, que reaccionan (desigualmente) a la falta de recursos con retrasos
y ayudas “low cost” (264,55 euros mensuales de media a las familias con un
dependiente). Los Directores de Servicios Sociales proponen un Pacto
para gastar el doble en Dependencia y reducir en dos años las
listas de espera, ofreciendo ayudas dignas. Un reto urgente y
necesario, porque aumentarán los dependientes: si ahora hay 3 millones de
personas con más de 80 años, en 2050 serán 6 millones. Ayudémosles.
Enrique Ortega
El pasado 1 de enero se cumplieron 19 años de la entrada en vigor de la Ley de Dependencia, la 4ª pata del Estado del Bienestar (tras la sanidad, la educación y las pensiones), que regula las ayudas públicas a los dependientes, en su mayoría mayores. Tras estos años, el balance de la Ley es agridulce, como reflejan dos datos: se han atendido a más de 4 millones de dependientes, pero 900.000 dependientes mayores han muerto sin recibir ninguna ayuda, por el retraso en los expedientes o en la concesión de ayudas y servicios. Los expertos consideran que la Ley de Dependencia nos ha concedido un nuevo derecho pero que está pendiente de ser efectivo, por falta de financiación, exceso de burocracia, escasa cuantía de las prestaciones y servicios “low cost” de baja calidad, que además son muy desiguales por autonomías, según donde vivan los dependientes.
El gran problema de la Ley de Dependencia, que
entró en vigor el 1 de enero de 2007, es que aprobó derechos para los
dependientes y sus familias pero no aseguró la financiación necesaria
para cumplirlos. Y tras la crisis financiera y de la deuda, los dependientes
sufrieron duramente los recortes impuestos por Bruselas y Rajoy: se
estima que la financiación a la Dependencia se redujo -6.321 millones entre
2012 y 2020, con una baja aportación del Estado central y las autonomías.
En 2021, el Gobierno Sánchez aprobó un Plan de choque para la
Dependencia, aportando 600 millones extras al año en 2021, 2022 y 2023, además
de aumentar los Presupuestos: la inversión del Estado en Dependencia
alcanzó los 3.478 millones en 2024, el triple que en 2014 (1.130
millones). Las autonomías aumentaron algo su aportación, pero varias
aprovecharon el aumento del Estado para aportar menos. Y en 2025, tras dos años
sin Presupuestos, la financiación pública a la Dependencia apenas aumentó: se
destinaron 13.506 millones de euros, el 0,8% del PIB, la mitad del
gasto medio que hacen los paises europeos, según
los Directores de Servicios Sociales (DGSS).
Casi dos tercios de esta financiación pública a la Dependencia
(el 60,5%) procedió en 2025 de las autonomías, mientras el Estado central
aportó el 39,5% restante, aunque la Ley fijaba que el reparto iba a ser 50%/50%
(en 2009, antes de los recortes, el Estado central aportaba el 52,5%). Pero la
mayoría de las autonomías no tienen a la Dependencia como una prioridad
y por eso gastan poco y de forma muy desigual. De hecho, en 2025,
hubo
9 autonomías que recibieron del Estado Central menos recursos
que en 2024 porque incumplieron los compromisos de gestión acordados:
Aragón (-8,3 millones), Castilla y León (-5,8), Madrid (-3,6), Canarias (-2,3),
Castilla la Mancha (-1,3), Cataluña (-1,18), Baleares (-899.000 euros), Asturias
(-363.000 euros) y Murcia (-323.000). Y hay una gran diferencia regional en el gasto
en dependencia por habitante: gastan más que la media (6.015
euros anuales) la Rioja (7.537 euros/habitante), País Vasco
(6.567) y Castilla la Mancha (6.432 euros), mientras están a la cola
del gasto Aragón (4.020 euros/habitante), Asturias (4.045),
Ceuta y Melilla (4.418) Castilla y León (4.418), Madrid (5.821) y Cataluña
(5.918 euros/habitante).
Ante una escasa financiación, mientras crecen los
dependientes (por el envejecimiento de la población), las autonomías
(que gestionan la Dependencia) llevan
casi dos décadas utilizando 2
vías de salida, dos “trucos” para conseguir que el sistema medio
funcione: retrasar la concesión de las ayudas y dar servicios más
baratos (“low cost”) para atender con poco dinero a más dependientes:
en
2025 había 1.677.042 dependientes atendidos
con ayudas, más del doble que en 2011 (752.005). Veamos cómo lo hacen.
Por un lado, retrasan la entrada de nuevos dependientes,
multiplicando
la burocracia en un proceso larguísimo para reconocer las ayudas:
revisión documentos e informes, valoración de cada persona, valoración
provisional, resolución de grado de dependencia (I, II y III, los dependientes
más graves), trámite para proponer una ayuda o servicio, cálculo de los
ingresos y lo que tendrá que pagar el dependiente (copago), resolución y
entrega de los servicios, que aún se retrasan porque los han de prestar los
Ayuntamientos (más demora). En total, la tramitación de un expediente, desde
que se solicita la ayuda hasta que se concede son 341 días de media, según
los Directores de Servicios Sociales, cuando la Ley fija un plazo máximo de
180 días. Y hay una gran desigualdad de plazos por autonomías: tres superan
el año (559 días Murcia, 496 días Andalucía y 430 días Canarias),
mientras sólo 6 autonomías cumplen la Ley (113 días tardan los
expedientes en Castilla y León, 129 en el País Vasco,141 en Aragón, 151 en
Ceuta y Melilla, 165 en Castilla la Mancha y 174 en La Rioja).
Pero los retrasos no acaban ahí. A veces, las autonomías
revisan un expediente ya aprobado, para modificar el grado. En total, a finales
de 2025 había 109.260 expedientes pendientes de valoración, con los
dependientes y sus familias esperando… Y hay otro retraso posterior, también
para reducir el gasto: no dar las ayudas a los dependientes que las tienen
reconocidas: a finales de 2025 había 148.907 dependientes (+6.461 que en
2024) “en lista de espera” para recibir una ayuda o servicio que ya tienen
reconocido. Es lo que se llama “el
limbo” de la Dependencia y afecta al 8,3% de los dependientes
reconocidos, un porcentaje que es mucho mayor en algunas autonomías, las peor
gestionadas: Canarias (28,6% de los dependientes con derecho reconocido
no reciben ayudas ni servicios), País Vasco (15%), Cataluña (13,4%),
Murcia (13,3%), Extremadura (11,9%), Baleares (10,1%) y Ceuta y Melilla (10,6%).
Y que es bajo en Aragón (sólo el 1,3% dependientes en el limbo),
Galicia (1,5%), Cantabria(2,3%), Navarra (3,4%), Asturias (3,9%) y Castilla y León
(4%).
Sumando los expedientes pendientes de valoración (109.260) y
los dependientes reconocidos que esperan la ayuda o servicio (148.907 en el
limbo), da un total de 258.167 dependientes “desatendidos” a finales de 2025,
según
el estudio de los Directores de Servicios Sociales (DGSS). Una cifra que baja
algo cada año pero que se mantiene demasiado alta. Y la peor consecuencia es
que muchos de los dependientes desatendidos son muy mayores (4 de
cada 5 tienen más de 80 años) y se mueren antes de que les reconozcan
las ayudas o se las concedan: el
reciente estudio de DGSS cifra en 32.704 los dependientes que
murieron en 2025 esperando que les valorasen (17.994) o que les llegue la ayuda o
servicio reconocido (otros 14.710 fallecidos). Son 90 muertes diarias, el gran
fracaso del sistema de Dependencia.
El otro camino (junto a los retrasos) que utilizan
las autonomías para afrontar la falta de financiación es conceder
ayudas y servicios baratos (“low cost”) para poder “atender” así a
más dependientes (en las estadísticas). La principal ayuda que conceden son
las prestaciones económicas por cuidados familiares, que reciben ahora
728.851 familias (el 45% de los dependientes atendidos) por cuidar ellos a sus
dependientes en casa. Y la ayuda es ridícula: 262 euros al mes
de media (385 para los Dependientes de Grado III, que necesitan ayuda 24 horas…).
Y encima, hay varias autonomías que pagan mucho menos de media: 171
euros Navarra, 185 Asturias, 200 euros Castilla y León, 203 Cantabria, 221
Aragón, 223 euros mensuales Extremadura. Y la que más paga Galicia, son 377
euros.
La 2ª ayuda más concedida es la
teleasistencia, la más barata, que reciben 628.736 dependientes, el 55%
de los dependientes atendidos en su domicilio (hay autonomías como Madrid
donde el 51% de los dependientes graves son “atendidos” con teleasistencia).
Además de ser “vergonzoso” que la teleasistencia se considere como una “ayuda”,
en 2023 se aprobó un Decreto para que la teleasistencia llegara al 100%
de los dependientes, pero todas las autonomías lo incumplen.
Otro servicio que se concede es la
ayuda a domicilio (71.028 prestaciones), más una ayuda sobre el
papel que real, por su escasa intensidad: la media son 37,5horas al mes,
lo que supone una media de 1,24 horas diarias (2 horas y 15 minutos diarios
para los grandes dependientes…). Y aquí hay también una gran desigualdad en
las autonomías: en Navarra se ofrecen 76,9 horas al mes o 53,5 en Galicia,
mientras sólo se conceden 18,6 horas al mes (37 minutos diarios) en Aragón,
24,8 en el País Vasco o 25,6 en Castilla la Mancha y Cataluña. Y casi
todas las autonomías incumplen las horas mínimas que fijó el Decreto de
2023 (37 horas para Grado I, de 38 a 64 para Grado II y de 65 a 94 para Grado
III).
Seguimos con otros
servicios, los más caros y que menos se conceden. Uno son los centros
de día (que sólo se conceden a 33.701 dependientes). Y el otro, la
atención residencial (la tienen 108.015 dependientes), una ayuda para que
el dependiente vaya a una residencia (si la encuentra: faltan 90.000 plazas). La
ayuda supone entre 549,8 euros al mes (Grado II) y 566,9 euros
(Grado III), subvención que sólo paga un tercio del coste real de la
residencia. Y lo mismo pasa con otras prestaciones por servicio:
la autonomía da una ayuda (un cheque) y las familias “se buscan la vida” para
contratar el servicio con una empresa o cuidadora y paga la diferencia. Son los
famosos “copagos” que pagan las familias. En conjunto, del
coste total de los servicios de la dependencia (11.847 millones en
2025, el resto hasta los 13.506 millones es el coste de gestión), las
familias pagan ya 2.326 millones, casi el 20%.
Como se ve, tras 19 años, el sistema de la dependencia “hace
aguas”: mantiene a muchos dependientes en lista de espera y los que
reciben ayudas, son mínimas y sus familias tienen que buscarse ayuda por
su cuenta (contratar una cuidadora) o dejar de trabajar para
atender a padres, hijos o familiares dependientes (el 72,3% de los
cuidadores familiares son mujeres), lo que trunca sus carreras
profesionales. Por eso, expertos como los Directores de Servicios Sociales
(DGSS) dicen
que la Dependencia “es un derecho pendiente”, que está
sobre el papel (la Ley) pero que no se cumple con eficacia tras 19 años. Y
que a este ritmo, tardaríamos 20 años en acabar con las listas de espera
de la Dependencia.
En diciembre de 2016, los Directores de Servicios Sociales (DGSS) consiguieron que la mayoría del Parlamento (salvo el PP y PNV) firmaran un
Pacto por la Dependencia, para mejorar su financiación y sus resultados.
Pero ha sido papel mojado. En febrero de 2025, el Gobierno aprobó
una reforma de la Ley de Dependencia que está parada en el
Congreso. Esta reforma mejora algunos de los problemas actuales de la
dependencia, según reconocen los expertos de DGSS, pero tiene un problema de
fondo: no asegura más financiación para la Dependencia. Por eso, los
Directores de Servicios Sociales hacen
varias propuestas: duplicar la financiación a la Dependencia
(aportar a medio plazo el 2% del PIB, 32.000 millones frente a los 13.500 millones
de gasto en 2025), simplificar los trámites y la burocracia, mejorar la
calidad y cuantía de las ayudas y servicios, universalizar la teleasistencia,
reformar las residencias y mejorar la economía de los cuidados, con más
personal y mejores salarios.
Además, lanzan otra propuesta: aprovechar que este año 2026
se cumplen los 20 años de la Ley de Dependencia para alcanzar
un nuevo Pacto por la Dependencia, con 5 puntos: aumentar la
aportación del Estado hasta el 50% del coste total, reducir a cero en dos años las listas de espera (el “limbo”
de la Dependencia), aprobar medidas para mejorar la intensidad y la calidad de
los servicios apoyando más a las familias, comprometerse a que no se recortará
la Dependencia y que los cambios se aprobarán por Ley y apostar por una mayor
transparencia, para conseguir una información actualizada y completa, con mayor
seguimiento y control.
En las actuales circunstancias políticas, será difícil conseguir
este Pacto por la Dependencia, pero es una necesidad urgente, porque
la población española envejece y aumentarán año tras
año los mayores dependientes. De hecho, hoy hay 3 millones de personas
con más de 80 años (el 6% de la población), que acabarán necesitando ayuda,
pero en 2050
habrá ya 6 millones con más de 80 años (el 11%) y necesitaremos un
sistema de Dependencia que sea eficaz y no tenga listas de espera ni servicios low
cost. O nos preparamos desde ahora, con financiación,
personal, medios, ayudas y centros de atención (distintos, por favor, a las
siniestras residencias actuales) o la Dependencia será uno de los grandes
dramas de las familias este siglo. Y, sobre todo, una losa para las
mujeres.
El pasado 1 de enero se cumplieron 19 años de la entrada en vigor de la Ley de Dependencia, la 4ª pata del Estado del Bienestar (tras la sanidad, la educación y las pensiones), que regula las ayudas públicas a los dependientes, en su mayoría mayores. Tras estos años, el balance de la Ley es agridulce, como reflejan dos datos: se han atendido a más de 4 millones de dependientes, pero 900.000 dependientes mayores han muerto sin recibir ninguna ayuda, por el retraso en los expedientes o en la concesión de ayudas y servicios. Los expertos consideran que la Ley de Dependencia nos ha concedido un nuevo derecho pero que está pendiente de ser efectivo, por falta de financiación, exceso de burocracia, escasa cuantía de las prestaciones y servicios “low cost” de baja calidad, que además son muy desiguales por autonomías, según donde vivan los dependientes.
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