lunes, 7 de abril de 2014

Deflación y estancamiento, un cocktail mortal


Los que hemos vivido una inflación del 27 % (1977), no acabamos de creer que los precios estén cayendo. Pero así es: la inflación anual está en el -0,2%. Algo que no pasaba desde 2009.Y lo mismo sucede en Portugal, Grecia, Irlanda y Chipre, lo que hace que Europa tenga un 0,5% de inflación mientras apenas crece. Inflación baja y débil crecimiento son un cocktail peligroso que dificulta la recuperación, porque  los precios bajos retraen las ventas y dificultan pagar las deudas, un problema grave para España. Por eso, políticos y expertos han pedido al BCE que actúe contra una posible deflación. Pero Draghi no ha hecho nada, a la espera de las elecciones y presionado por Alemania y los países acreedores del norte, a los que la deflación no preocupa como al sur. Otra vez más, Europa no toma medidas y deja que España y el sur peleen sin ayuda contra el estancamiento y la baja inflación. Al BCE, a Alemania y a Bruselas, les ciega su ideología y sus intereses. Así nos va 
 
enrique ortega

Lo normal es que los precios suban y se coman parte de nuestro sueldo. Cuando bajan, es que la economía está muy enferma, como pasó en la Gran Depresión: los precios cayeron un 24% entre agosto 1929 y marzo 1.933. O en Japón, donde los precios han caído un 25% desde mediados de los 90. En España, aunque ya no nos acordamos, los precios cayeron al principio de esta crisis: tuvimos 8 meses de inflación anual negativa, entre marzo y octubre de 2009, con un pico de -1,4% de inflación en julio 2009. Y también cayó en otros países europeos.

Ahora ha vuelto la baja inflación: si en junio de 2013 estaba en el 2,1% (un nivel “normal”), en septiembre cayó al 0,3% (por el efecto de la subida del IVA un año antes) y ha estado entre el 0 y el 0,2% desde entonces (-0,1% en octubre), para bajar al -0,2% en marzo. Una inflación negativa que se da también en los otros países europeos con problemas: Portugal (-0,1%), Grecia (-1,2%), Irlanda (-0,1%) y Chipre (-1,3%).Mientras, la Europa del norte tiene inflación positiva: +1% Alemania, +1,7% Reino Unido, Francia +0,9%, Austria +1,5%, Bélgica +1%, Holanda +1,1%, Finlandia +1,3% e Italia +0,5%. Con todo, la media de inflación europea ha bajado al +0,5%, lejos del tope-objetivo del 2% del Banco Central Europeo (BCE).

¿Por qué la inflación baja? La razón fundamental es la crisis, la falta de demanda y de consumo, que se ceba más en España y la Europa del sur: las empresas no venden y para conseguirlo, dentro y fuera, tiran los precios. Además, la política de austeridad, con los recortes y la bajada de salarios, junto a la subida de impuestos, hunden los ingresos de las familias, que reducen sus gastos y no consumen. Y para dar la puntilla, tenemos un euro fuerte, que lleva dos años subiendo por culpa de las restricciones monetarias europeas, con lo que se abaratan las importaciones, bajando los precios de la energía y los alimentos.

Mientras la economía y el consumo no mejoren, los precios van a seguir bajos por bastante tiempo. El BCE cree que acabarán en el 1% en 2014 y que no volverán al 1,5% hasta 2016. Y el Banco de España prevé una inflación del 0,4% en 2014 y el 0,8% en 2015. Es una inflación baja (la llaman desinflación), pero no es deflación, una palabra que sólo se puede aplicar cuando los precios bajan 6 meses seguidos (como en 2009). Pero aunque no estemos en deflación, el riesgo existe. Y la inflación baja también es una fuente de problemas.

Siempre hemos creído que tener los precios bajos es bueno, porque podemos comprar más con nuestros ingresos y ahorros. Y además, permite a las empresas competir mejor fuera, exportar. Es verdad. Pero los precios bajos tienen dos graves problemas, más para una economía que intenta salir de la crisis. El primero, que la baja inflación lleva a los consumidores a retrasar sus compras (más si les recortan sus ingresos), pensando que comprar mañana será más barato. Y con precios bajos, las empresas ganan menos, tienen menos márgenes, invierten menos, no crean empleo y pueden acabar cerrando.

Por otro lado, la inflación baja es mala para los que tienen deudas: si los tipos de interés están al 3% y la inflación es del 2%, estamos pagando unos tipos reales del 1%. Pero si la inflación baja al -0,2%, pagaremos entonces un tipo real del 2,2%, más del doble. Un dato real: España paga hoy por la deuda pública a 10 años el triple de interés real que en 2011 (3,42% frente a 1,21%), aunque ha bajado la prima de riesgo y el interés nominal (del 6% al 3,3%), por culpa de la bajísima inflación. Y además, nuestro patrimonio, nuestro sueldo, el PIB de nuestro país valen menos, con lo que el porcentaje (el peso) de la deuda a pagar es mayor. Esto es especialmente preocupante para un país como España, donde el Estado debe casi un billón de euros (961.555), las empresas otro billón (1.072.000) y las familias 787.400 millones. La baja inflación perjudica a los deudores: les aumenta la deuda pendiente de pagar. Y por si fuera poco, la desinflación mengua los ingresos públicos: a precios más bajos, menos recaudación (sobre todo por IVA). O sea, con precios bajos, más déficit público.

Menos consumo, menos crecimiento y empleo, más pago de intereses y más déficit público, los costes de tener una baja inflación. En definitiva, la desinflación agrava la crisis y dificulta la recuperación, además del riesgo de entrar en deflación. Por todo ello, tanto la Comisión Europea como el FMI, el Banco de España y los Gobiernos español e italiano habían pedido al BCE que tomara medidas para reanimar la inflación en Europa. Las más efectivas son bajar los tipos de interés y aumentar el dinero en circulación, para facilitar la actividad y, de paso, bajar la cotización del euro, que alimenta la desinflación y dificulta las exportaciones.

Pero el BCE se ha limitado a hacer declaraciones y no ha tomado medidas efectivas, que retrasa hasta que haya más riesgo de deflación (y hasta que pasen las elecciones europeas del 25 de mayo…). Y eso porque Alemania y los países del norte no están preocupados por la baja inflación. Primero, porque no la tienen tan baja. Y segundo, porque son países acreedores y como tales, les viene bien que haya una baja inflación, porque van a cobrar más y protegen a sus ahorradores. El problema lo tienen más los países del sur, que son deudores y con un alto paro: la desinflación nos mata.

Una vez más, el BCE y los fundamentalistas de Bruselas se pliegan a los intereses de la Europa del norte, que crece más, tiene poco paro y una inflación no preocupante. Y mientras, España no acaba de salir de la recesión: la economía está estancada, no hay consumo, baja la renta de las familias, se crea poco empleo precario (temporal, a tiempo parcial y autoempleo de autónomos), sube la deuda, el déficit público se estanca (sólo bajó 2.637 millones en 2013, a pesar de los recortes y subidas de impuestos), las exportaciones crecen menos y el crédito sigue cayendo, con lo que no hay dinero para una posible recuperación.

La baja inflación es un síntoma más de la profunda crisis que sufrimos pero puede ser muy peligrosa y llevarnos a una tercera recesión. Por eso, es urgente que Europa se tome en serio reanimar la economía y el crédito, con tipos bajos y liquidez suficiente, como han hecho Estados Unidos, Japón, China e incluso Gran  Bretaña, con bastante éxito. Hay que poner la vista en el paro, el más alto desde la postguerra mundial, y en la inflación, que ha bajado a niveles peligrosos. Alemania y los países del norte tienen que subir salarios, consumir y crecer más, tirando de la Europa del sur. Y necesitamos un Plan Marshall para reanimar la economía europea, compartir la deuda (eurobonos) para que no sea una losa para los países del sur y facilitar crédito a bajo interés, para que haya inversión y empleo. Acabar con la austeridad que nos ha llevado a la recesión y, ahora, a la desinflación.

Esto es lo que nos jugamos en los próximos meses. Y las soluciones van a depender mucho de los resultados de las próximas elecciones europeas. Pensémoslo al ir a votar.   

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